Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
18 de octubre de 2024
*Más allá de lo imposible, la mente humana siempre ha encontrado formas de conectarse con lo extraordinario. Entre los misterios más profundos que habitan en los recovecos de las creencias ancestrales, encontramos la figura fascinante y enigmática de los hombres rayo, *seres capaces de trascender la forma humana para convertirse en fuerzas naturales indomables. En las comunidades de Mecayapan, Tatahuicapan y Soteapan, Veracruz, esta creencia está viva, entrelazándose con el viento y la lluvia, con la tierra y los cielos, para formar parte del ciclo eterno de la vida campesina.*
Desde tiempos inmemoriales, las historias de hombres rayo han recorrido los valles y montañas del sur de Veracruz, arraigadas en la memoria colectiva de aquellos que viven en una relación simbiótica con la naturaleza. Los hombres rayo no son simples mortales; son elegidos por el destino o los dioses del trueno. Algunos son tocados por un rayo, otros encuentran su poder en sueños, y otros más reciben el don a través de un riguroso proceso de iniciación.
Sea cual sea el camino que los conduzca a este don, el resultado es siempre el mismo: el dominio sobre las fuerzas del clima, la lluvia y los vientos.
Estos seres místicos, guardianes del equilibrio natural, son esenciales para la vida agrícola de las comunidades. No solo conocen los secretos de los ciclos de la siembra, sino que, a través de rituales y ceremonias, pueden atraer o desviar tormentas, disipar nubes o provocar lluvias necesarias para las cosechas.
Los hombres rayo representan un puente entre lo humano y lo divino, entre la tierra y el cielo, en un pacto ancestral que asegura la continuidad de la vida.
La ciencia de los dioses.
Lejos de ser simples supersticiones, el conocimiento de los hombres rayo ha sido valorado a lo largo de los siglos como una forma de ciencia indígena tradicional. Estos sabios del clima no solo interpretan los patrones atmosféricos; los controlan. A lo largo de las generaciones, han desarrollado una comprensión profunda de los vientos, los huracanes y las tormentas, protegiendo así a sus comunidades de los desastres naturales que han asolado la región.
En el imaginario colectivo de la sierra de Santa Marta, los hombres rayo se han enfrentado a poderosos enemigos: los brujos de Tabasco, quienes también son considerados poseedores de conocimientos oscuros sobre el clima. Las historias hablan de violentas batallas entre estos seres extraordinarios, donde las centellas cruzan los cielos y las tormentas rugen en un choque épico de fuerzas.
Estas batallas, aunque metafóricas, simbolizan la eterna lucha entre lo benéfico y lo destructivo, entre el orden y el caos, que caracteriza la relación de los humanos con la naturaleza.
El fin de una era.
Sin embargo, en el presente, los hombres rayo enfrentan una amenaza que ningún rayo puede desviar. El campo, como concepto de vida, está en peligro. La ganadería extensiva, el uso indiscriminado de agroquímicos y las semillas modificadas genéticamente han comenzado a transformar la relación entre el hombre y la tierra. Las cosechas, antes parte de un ciclo de renovación natural, ahora se limitan a productos destinados exclusivamente a la venta, sin posibilidad de replantarse. Los suelos, cada vez más exhaustos, ya no responden al llamado de la lluvia, y los antiguos rituales para atraer la fertilidad de la tierra se pierden en el olvido.
Los hombres rayo, esos guardianes del conocimiento ancestral, observan con pesar cómo la ciencia moderna desplaza su sabiduría. Pero, ¿realmente se está ganando la batalla? Mientras los químicos parecen ofrecer soluciones rápidas, la tierra se resiente, los ciclos de vida se interrumpen, y las comunidades pierden su esencia y tradición, una parte milenaria del mundo está muriendo, en el futuro puede ser que los hombres rayo existan solo en un cómic.

El fin de los hombres rayo.
En sus manos se deposita la confianza de los campesinos, quienes, año tras año, acuden a ellos para saber cuándo iniciar la siembra o cómo proteger sus tierras de las inclemencias del clima.
Sin embargo, la figura del hombre rayo no solo es de respeto; también es temida. Se dice que los más poderosos pueden invocar tormentas de proporciones épicas, capaces de arrasar con todo a su paso.
*En la cosmovisión de estas comunidades, existen verdaderas batallas celestiales entre los *hombres rayo de Veracruz y los brujos de Tabasco, quienes también tienen poder sobre los elementos. Las centellas que cruzan los cielos no son simples fenómenos atmosféricos, sino guerreros de luz, luchando por el dominio del clima, por el control de las lluvias y los vientos que definirán la prosperidad o el desastre de sus pueblos.
El relato sobre estas batallas ancestrales, donde el cielo se convierte en el campo de batalla de seres de poder inconmensurable, forma parte de un imaginario que desafía cualquier noción moderna de la naturaleza. En tiempos antiguos, los hombres rayo podían cambiar el destino de una comunidad, transformando una sequía devastadora en una temporada de abundancia o desatando la furia del viento para proteger sus tierras de las invasiones extranjeras. Esta profunda conexión con el entorno muestra cómo las culturas indígenas han entendido y venerado la naturaleza de una manera que, para el mundo contemporáneo, parece mágica, pero que está sustentada en una sabiduría ancestral.
Hoy, aunque la influencia de los hombres rayo parece haber disminuido, su legado persiste. En el sur de Veracruz, todavía se habla de ellos, de sus poderes y de cómo, en un mundo cada vez más dominado por la ciencia y la tecnología, sus conocimientos sobre el clima y los vientos continúan siendo relevantes. Los agricultores que conservan esta tradición saben que los ciclos de la tierra no solo dependen de los insumos modernos, sino también de una profunda observación de la naturaleza y de las fuerzas invisibles que la gobiernan.
Sin embargo, este conocimiento ancestral está en peligro. La creciente industrialización del campo, el uso intensivo de agroquímicos y las semillas modificadas están transformando radicalmente la forma en que se entiende la agricultura en estas comunidades. La ciencia indígena, con sus rituales y su conocimiento detallado de los vientos y la lluvia, se enfrenta a una realidad donde el monocultivo y la explotación de la tierra han desplazado las antiguas prácticas de siembra.
Las comunidades de Mecayapan, Tatahuicapan y Soteapan, que durante generaciones han dependido de los hombres rayo para guiar sus ciclos agrícolas, ahora se encuentran en una encrucijada. La modernidad ha traído consigo una nueva lógica, una que privilegia la productividad a corto plazo por encima de la sostenibilidad, dejando de lado la conexión simbólica y espiritual con la tierra. Y aunque los hombres rayo todavía pueden influir en el clima, su poder es cada vez más ignorado, eclipsado por una mentalidad que ve el campo solo como una fuente de ganancias.
La historia de los hombres rayo nos recuerda que hay formas de conocimiento que trascienden las fronteras de lo que entendemos como ciencia. Nos enseña que, en los pueblos indígenas de Veracruz, la naturaleza no es una fuerza a ser dominada, sino una entidad viva con la que se debe interactuar y respetar. Las tormentas que ellos controlan no son solo fenómenos meteorológicos, sino una manifestación del poder que reside en la interacción humana con el mundo natural.
En un mundo que avanza hacia la industrialización y la explotación desmedida de los recursos, la historia de los hombres rayo es una llamada de atención. Nos invita a reconsiderar nuestra relación con el medio ambiente y a recordar que el conocimiento ancestral, aunque misterioso y envuelto en mitos, tiene un valor incalculable para la supervivencia de nuestras futuras generaciones. Porque, al final, los hombres rayo no son solo mitos; son el reflejo de una profunda sabiduría que, al igual que las centellas en el cielo, sigue iluminando el camino de aquellos que saben escuchar a la tierra.
Juan, un hombre rayo:
Juan no sabía exactamente cuándo había comenzado a sentir esa extraña conexión con las tormentas. Había crecido en Mecayapan, un pequeño pueblo rodeado de montañas y selvas, donde las nubes parecían colgar a ras del suelo, y los truenos eran una presencia constante. Los ancianos contaban que algunos hombres, si eran tocados por un rayo o soñaban con él, adquirían un poder inusual sobre los elementos. Al principio, Juan pensó que eran solo leyendas.
Pero una noche, cuando tenía diecisiete años, una tormenta inesperada se abatió sobre el pueblo. Los cielos rugieron, y el viento arrancaba las hojas de los árboles como si fueran papeles. Juan, desesperado por proteger las cosechas de su familia, corrió al campo. En medio de la tormenta, algo lo golpeó. No fue un rayo, pero sintió la descarga eléctrica recorrer su cuerpo, y en ese instante supo que algo había cambiado.
Desde entonces, podía sentir el viento antes de que llegara. Las nubes le hablaban en susurros de tormenta. Y en los años siguientes, cuando las sequías amenazaban las cosechas, los vecinos empezaron a acudir a él. “Juan, ayúdanos. Sabes cuándo lloverá.” Juan se convertía en el rayo mismo, en la centella que cruzaba el cielo, luchando contra los elementos, luchando por su gente.
Juan vivió 102 años, vio transformarse la región y protagonizó mil batallas contra sus enemigos brujos de Tabasco, dejó a su pueblo todo un prontuario de rituales y ofrendas y la posibilidad de que alguien, cualquiera, pueda dedicar su vida a la naturaleza, a los rayos y las sentellas.
Esta columna sobre los hombres rayo explora no solo la mitología indígena, sino también la importancia de las tradiciones ancestrales que conectan al ser humano con la naturaleza. La figura del hombre rayo sigue siendo un símbolo poderoso, una muestra de que el misterio y la sabiduría se entrelazan en los rincones más recónditos de nuestras culturas.
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Querido lectora y lector (los puritanos del lenguaje me van querer achicharrar en leña verde por el uso de lectora y lector, en fin), les invito a compartir esta columna y ayudar a desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, leer desarrolla la mente y hace mejor el espíritu, muchas gracias
Arturo.


