Apunte diario sobre letras hipnóticas

Por Arturo David Vásquez Urdiales

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  • Fábululas de Urdiales # 3

“El decreto de la selva”
(Crónica legal del hermano Zenzontle y el hermano Zorro)


Una mañana cualquiera, de esas en que el rocío todavía canta en las hojas, el hermano Zenzontle se hallaba en un claro del bosque. Cantaba bajito, componiendo versos sin métrica, feliz y quitado de la pena, como sólo canta quien no debe ni teme.

Pero la paz no dura mucho en los confines de la selva.

Desde entre los helechos altos, llegó acechando el hermano Zorro, de dientes agudos y paso engañoso. Sin saludar, se lanzó hacia el cantor con hambre en la barriga y lujuria en el hocico.

Pero el Zenzontle, más ojo que ala, lo vio con el rabillo del ojo —ese que tienen los que cantan y no se fían— y voló en un parpadeo hasta la copa de una zeiba gruesa y sabia.

—¡Hermano Zenzontle! —dijo entonces el Zorro, alzando la voz con falsedades suaves como terciopelo mojado—. ¿Por qué has volado tan rápido? Yo solo venía a… jugar contigo.

El Zenzontle, con las plumas erizadas de desconfianza, le respondió:

—No te hagas el inocente, hermano Zorro. Tú venías a comerme. No disimules tu aliento.

—¡Ay, no es así! —suspiró el Zorro, abriendo una vieja carpeta mordida que traía bajo el sobaco—. Mira, aquí tengo una copia auténtica y sellada del Diario Oficial de la Federación del Bosque.

Abrió el papel con solemnidad fingida, lo estiró sobre una piedra, y leyó en voz alta y engolada:

SEXAGÉSIMA SEXTA LEGISLATURA DEL HONORABLE CONGRESO DEL BOSQUE
Ha tenido a bien emitir el siguiente:

DECRETO

Artículo único:
Los animales grandes del bosque no podrán comerse a los animales pequeños del bosque.

Transitorio único:
El presente decreto entrará en vigor el día de su publicación en el Diario Oficial del Bosque.

—¿Ves, hermanito? —dijo el Zorro, con la lengua chorreando saliva legalista—. Está claro. Ya no puedo comerte. ¡Baja! Juguemos a la rayuela, al escondite… o al columpio de enredadera.

—Ajá… —respondió el Zenzontle, picoteando con desdén una fruta del ramaje más alto—. Mejor aquí me quedo. En la seguridad de la copa de esta robusta zeiba… y en la seguridad de mis alas.

Y justo en ese instante, como si la selva tuviera oídos y también sentido del humor, un enorme jaguar moteado surgió desde el corazón del monte con el rugido de los antiguos. No traía decretos. Traía hambre, garras, y una fuerza hecha de sombra y músculo.

Saltó sobre el hermano Zorro como el trueno cae sobre el pasto seco.

El Zorro chilló, brincó y salió corriendo en círculos como espiral de miedo, dando vueltas alrededor del tronco donde estaba el Zenzontle.

—¡Hermano Zenzontle, hermano Zenzontle! ¡Ayúdame! ¡Que el jaguar me va a comer!

El Zenzontle, sin moverse de su trono verde, le gritó entre trinos, carcajadas y eco de ironía:

—¡Léele el decreto, hermanito! ¡Léele el decreto!

Y la selva entera, hasta las hormigas, se carcajeó con el canto burlón del ave.


Fábulula final

Quien usa la ley como disfraz para el engaño, termina implorando justicia en la boca del más fuerte.
Y quien desprecia las alas de la verdad, termina dando vueltas alrededor del mismo tronco que usó para atrapar a otros.

La ley escrita no basta si no va acompañada de conciencia.
Porque la selva tiene memoria.
Y aunque se publique el decreto… el jaguar no lee.


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