Apunte diario sobre letras hipnóticas

Por el Dr. Arturo David Vásquez Urdiales

Venid vos acá, compañero mío y amigo mío y conllevador de mis trabajos y miserias.

Mirad querido lector la imagen de Sancho del extraordinario grabador
Gustave Doré.

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Esta ilustración es profundamente emotiva. Representa a Sancho Panza , el fiel escudero de Don Quijote, abrazado con desesperación y ternura a su burro Rucio . La escena es del capítulo LIII del segundo tomo de “Don Quijote de la Mancha” , escrito por Miguel de Cervantes. El texto que acompaña la imagen lo dice todo:

“ Venid vos acá, compañero mío y amigo mío y portador de mis trabajos y miserias .”

Sancho pronuncia estas palabras en un momento de quietud emocional. Después de haber sido gobernador de la Ínsula Barataria y haber vivido en carne propia los sinsabores del poder, regresa a su humilde realidad. Esa carga de desengaño y fatiga lo lleva a volcar su afecto en su burro, el único ser que ha estado con él de forma constante y desinteresada.

En la imagen, grabada con técnica impecable por Gustave Doré (uno de los ilustradores más célebres del Quijote), se capta ese instante con potencia: el rostro de Sancho, desencajado por el llanto, se hunde en el cuello de Rucio, mientras su mano lo aprieta con ternura. Hay una belleza tremenda en esa escena, porque encierra la fraternidad entre un hombre sencillo y su animal , en un mundo que muchas veces se burla de los humildes.

Este gesto —acaricizar al burro y llamarlo “conllevador de mis miserias”— convierte a Rucio en el símbolo del consuelo fiel en medio de la adversidad, un compañero silencioso en las locuras y desventuras que Sancho ha vivido.

Acordeon :

Esa frase, lanzada desde las entrañas humildes de Sancho Panza en el capítulo LIII del segundo tomo del Quijote, ha cruzado el tiempo como cruzan las almas al Mictlán: dolida, fiel, envuelta en polvo. Pero hoy no hay Rucio. O, mejor dicho, hay miles de Rucios tirados en las banquetas de este mundo o mundos sin justicia, y nadie los llama con ese amor de escudero que conoce el barro.

Hoy el escudero es el albañil que duerme en el metro, la señora que vende tamales sin permiso, el niño que cuida carros en la esquina, el anciano que reza frente al OXXO mientras limpia parabrisas con una camiseta vieja. Y Rucio es la caja de herramientas, el triciclo desvencijado, la carreta que lleva el gas, el costal donde caben botellas de pet y esperanzas. En todos ellos, la ternura de Cervantes sigue viva, aunque nadie se atreva ya a decirlo en voz alta.

Sancho abrazó a su burro como quien abraza la infancia perdida, la única criatura que jamás lo traicionó. Le pidió perdón sin decirlo. Le habló como a un igual, sin fantasías ni discursos, sino con la garganta temblando de humanidad. Y en esa escena, el castellano se hizo carne, la lengua fue lágrima.

Hoy, en cambio, el castellano se atora en el plástico de las campañas políticas y de redes interminables, en los trámites también interminables, en las quejas sin acento de los influencers, en los boletines vacíos. El verbo se nos seca como el campo sin agua. Y nadie abraza a su Rucio. Nadie.

Ayer, Hoy, Mañana y Siempre!

Un joven con tenis rotos me dijo ayer en la calle:
—“Mi compa el diablo ya no jala el triciclo. Se le quebró la llanta.”
Y se refería a su burro mecánico, ese cacharro de fierros con el que recoge fierro.
Pensé en Sancho.
Pensé en México.
Pensé en la lengua.
Pensé en que Rucio aún nos mira desde los márgenes,
con su ojo de bestia buena,
esperando que le digamos,
al menos una vez:
“Venid vos acá, compañero mío…”

al Rucio sin nombre:

Oh Rucio de los días quemados,
bestia de la esquina,
vehículo del hombre sencillo,
músculo del pobre.

Tú, que nunca fuiste metáfora
sino costilla del jornalero,
te amarraron al poste de la ciudad
como se amarran los sueños rotos.

¿Dónde quedó tu albergue?
¿Dónde la paja limpia del descanso?
¿Quién besa hoy tu hocico con ternura?
¿Quién te llora sin vergüenza?

Fuiste silencio en un mundo de ruido,
amigo del que ya no tiene nombre,
sombrero del sol cruel,
y testigo de todos los desprecios.

Te dejaron ahí,
sin discurso ni aplauso,
como se deja a los fieles:
olvidados.

Pero yo te canto,
porque en tu sombra,
vive aún
la dignidad del barro.

En nuestro mundo:

Esta imagen —Sancho llorando en el cuello de Rucio— no es una escena antigua: es un espejo, es una bandera, es un susurro que debemos recuperar. No para vivir del pasado, sino para honrar el presente con el idioma del afecto, ese que no se enseña en escuelas ni se legisla en congresos.

El castellano es grande no por sus academias, sino por sus callejones. Porque allí se siguen diciendo cosas como “compañero mío”, “conllevador de mis miserias”, con una boca llena de polvo y dulzura. El castellano, cuando abraza, salva.

Y tú, lector, cuando veas a tu Rucio —sea persona, objeto o memoria— abrázalo, aunque nadie te entienda. Porque en ese gesto se conserva la llama.

Porque sin Rucio,
Sancho no es más
que un corazón
cargando soledad.

Fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.

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