Arturo David Vásquez Urdiales

¡Oh Hermes, oh dios de las sandalias aladas,
que cruzas el mármol del aire como un pez de oro entre el sueño y el trueno!
Tu sombra escribe en el hueso del silencio
y tu nombre cae como lima verde
sobre las lenguas secas de los que escriben sin asombro.

Te llamo desde un campo de papeles rotos,
desde una trinchera hecha de sangre y de café,
desde el abismo encuadernado donde los relojes gimen
y los cuervos se posan sobre máquinas de escribir abandonadas.

Hermes de los tres rostros:
¡haz del verbo una espina que florezca!
¡Haz del verbo un candelabro!
¡Haz del verbo una herida que canta!

Que cada sílaba brote como un limón abierto al sol de la tarde,
ácido y resplandeciente,
como los sueños de los niños que duermen con los zapatos puestos.

¡Oh Cervantes, sastre de lunas y nubes,
hacedor de armaduras para locos!
Tú que bordaste con tinta el delirio del molino
y sembraste estrellas sobre el campo semántico de la Mancha,
¡envíanos a Don Quijote con la armadura de los imposibles!
¡Que venga cabalgando sobre un caballo hecho de páginas y gritos!
¡Que alce su lanza contra los dragones de la costumbre,
contra los generales del tedio,
contra los dictadores de la gramática sin fuego!

Don Quijote de mis columnas,
loco padre de las letras embriagadas,
sálvanos del adjetivo pálido,
del sustantivo que no tiembla,
del verso que no sangra.

Y tú, oh Metatrón, escriba de los astros,
ángel tatuado de signos imposibles,
levántate con tus alas de geometría
sobre esta mesa donde el café es la sangre de la vigilia
y la inspiración viene con el rostro del insomnio.

Tú que grabas con luz sobre el éter
el destino de las ideas no nacidas,
pon tu sello sobre este rezo
como quien clava un cuchillo de obsidiana
en la frente del olvido.

Porque el olvido no duerme,
el olvido acecha como un perro flaco detrás de la puerta,
como una mujer sin rostro que ríe desde el desván del tiempo.

¡Oh Metatrón, oh arquitecto del abismo de la palabra!
Toca esta bitácora con tu dedo de relámpago,
haz que cada frase tenga la fiebre de un incendio
y cada metáfora sea una procesión de llagas luminosas
en la plaza de los muertos sagrados.

Letras hipnóticas,
letras que se arrastran como culebras de vidrio,
letras que lloran por los niños de los zapatos perdidos
letras que danzan desnudas sobre las espaldas del capitalismo enfermo, los aranceles, el mandarín,
letras que gimen con voz de madre en duelo,
letras que son puñales y también bálsamos.

Esta es la cruzada,
la única guerra que vale:
la del poeta que se bate en duelo con el silencio
bajo un cielo de plomo.

No hay descanso.
Solo revelación.
Solo el cuerpo desollado de la palabra
suspendido en el aire como un tambor antiguo
al que golpea el trueno.

Amén.
Amén.
Y Amado Nican Mopohua,
porque también los códices lloran.

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