Apunte diario sobre letras hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

El petrificador de almas: Efisio Marini, el inmortal de Cagliari

“La muerte es solo una pausa en el laboratorio de los dioses.”
– Apócrifo atribuido a Hermes Trimegisto, hallado en los márgenes de un cuaderno de Efisio Marini.

Cuenta la historia –que es terrible, y por tanto cierta– que un hombre nacido en 1835 en la isla de Cerdeña, de nombre Efisio Marini, halló el secreto que toda la humanidad ha buscado entre catacumbas, espejos rotos, sangre menstrual y piedras filosofales: el arte de detener la corrupción del cuerpo humano. Pero no con simples bálsamos o hiel de serpiente, sino con una fórmula que podía convertir la carne en mármol, y luego, cuando se quisiera, devolverle su suavidad y color.

Este invento, bautizado sin poesía pero con verdad como El Petrificador, desafiaba a la tumba y a la eternidad misma.

Con él, Marini podía fijar en el tiempo no sólo la forma, sino también la memoria de un cuerpo. Tal vez por eso Napoleón III asistió personalmente a la Exposición Universal de 1867, en París, para ver con sus propios ojos cómo un pedazo de momia egipcia se convertía en piedra… y luego, ante un suspiro colectivo, volvía a respirar su forma original, tibia, casi viva.

Pero es aquí donde la historia se tuerce como víbora y se vuelve más interesante.

La insólita petición parisina

Cierta tarde en Montmartre, mientras Marini recogía muestras para su museo de horrores, una señora viuda, acicalada y con un aire de melancolía perfumada de gardenias, se le acercó con una petición singular.

—Monsieur Marini —le dijo—, mi marido cayó en México, durante esa guerra absurda que quiso el emperador. Era un hombre valeroso… y viril. Su miembro era digno de escultor. ¿Podría usted… conservarlo?

El alquimista no se inmutó. Dio un sorbo a su ajenjo y contestó con voz apagada:

—Madame, todo puede conservarse… incluso el deseo.

Dicen que lo hizo. Que el miembro viril fue traído desde Veracruz, mantenido en salmuera hasta llegar a Marsella. Que Marini lo petrificó con manos de monje y lo entregó dentro de una urna de ónix negro, con la inscripción en latín: “Virtus aeternum”.

Lo curioso es que esa urna nunca fue reclamada por la viuda, pero sí apareció, años después, en los aposentos de una secta parisina de médiums libertinos que practicaban la necrofilia simbólica. Y fue allí, bajo los vitrales rotos de una antigua iglesia, donde Marini habría entregado parte de su fórmula. A cambio, pidió silencio… y algo más.

El alquimista inmortal

Hay quienes afirman que Efisio Marini no murió en Nápoles en 1900, como dice la lápida. Que su cuerpo petrificado en el ataúd fue solo una copia, una figura de él mismo, y que la verdadera mente del químico se trasladó, gracias a antiguos secretos sumerios, al interior de un libro encuadernado en piel humana: el Codex Petrofilus.

Otros aseguran que Marini no era un hombre del siglo XIX, sino un inmortal que venía errando desde la Edad Media, disfrazado de monje, hereje, médico o boticario. Que había aprendido a convertir el plomo en oro no con fuego, sino con sangre de inocente. Que conoció a Paracelso y discutió con Flamel sobre los límites de la transmutación.

—No es el oro lo que buscamos —decía Marini—, sino el poder de reanimar lo que ya se ha ido.

El secreto de su fórmula, según un manuscrito escondido en la Biblioteca Secreta del Vaticano, tiene tres componentes:

  1. Un líquido viscoso extraído de los ojos de ahogados.
  2. Un mineral solo hallado en un cráter oculto del desierto del Gobi.
  3. Y una palabra: un nombre impronunciable que invoca al Guardián de la Piedra, ser que habita en la frontera entre el silencio y la muerte.

Diálogo final

Años más tarde, un joven estudiante de medicina en Nápoles aseguró haber encontrado en su guardapolvo una nota con caligrafía antigua:

“El cuerpo es barro moldeable. El alma es fuego petrificado. No temas conservar lo que amas, aunque ya no te mire”.

Firmaba simplemente: E. M.

Hoy, en ciertos laboratorios de conservación forense, aún se habla en susurros de una sustancia imposible que transforma tejidos en piedra sin dañarlos. Algunos la llaman Marinite. Otros, simplemente, la sustancia del silencio.

Pero tú y yo, lector de letras hipnóticas, sabemos que no es una sustancia.

Es un conjuro.

Y quizás, esta noche, si cierras los ojos y pronuncias “Virtus aeternum” tres veces, un susurro llegará desde Cerdeña… o desde mucho más atrás.

Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC ©® quienes les invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.

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