Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por el Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Hoy se puso de moda declarar qué “no es sano”.
Lo proclaman como una sentencia, como si la vida fuera un manual clínico, como si el alma fuera una tabla de Excel.
No es sano esto, no es sano lo otro. Como si vivir fuera una receta que no admite variaciones, como si el dolor no fuera parte esencial del amor, como si el error no fuera el único maestro legítimo que tenemos. Y uno lee:
Estar soltero y buscar a tu ex para tener relaciones no es sano.
Tener pareja y escribirle a otro para contarle tus problemas de la relación, no es sano.
Saber que no has superado a tu ex y comenzar con otra persona, no es sano.
Aceptar tener algo casual de quien tú querías algo formal, no es sano.
Negarte una oportunidad por pensar que todas las personas son iguales, no es sano.
Seguir dándole oportunidades a una persona que no cambia, no es sano.
No hacerle caso a tu intuición o vibras, no es sano.
Estar con una persona solo porque te brinda comodidades, no es sano.
Estar con una persona para que tus hijos sean felices, no es sano.
Aceptar menos de lo que mereces, no es sano.
Uno tras otro, los latigazos de una moralina de consultorio en TikTok.
Pero, ¿quién lo dictó? ¿Quién puso las reglas del juego? ¿Quién tiene el monopolio de la salud emocional? ¿Quién se cree con el derecho de decir que todo eso, todo eso que millones han vivido en carne propia, “no es sano”?
No nos confundamos: el dolor no siempre es sinónimo de enfermedad. El conflicto no siempre es desvío. El deseo, aunque contradictorio, no siempre es patología. A veces es humanidad pura, cruda, innegociable.

No coincidimos con esa narrativa porque creemos en algo más hondo, más real. Creemos en el libre albedrío.
Creemos en el derecho a equivocarse, a amar mal, a amar pronto, a amar a destiempo. A arrepentirse y volver. A insistir cuando todos dicen que no. A callarse cuando la intuición grita. A hablar cuando nadie escucha.
Creemos en el derecho a enamorarse, incluso de quien no nos conviene, incluso de quien no nos ama de vuelta.
A amar y desamar con la misma intensidad.
Creemos en el derecho a querer, sin explicaciones clínicas, sin etiquetas de salud emocional.
Querer con ternura, con caos, con miedo, con contradicción.
Creemos en el derecho a vivir, y vivir no es una secuencia de actos perfectos. Vivir es tropezar, es hundirse, es abrazar lo que no tiene sentido y aún así sostenerlo.
Creemos en el derecho a confiar, aunque te hayan traicionado antes. En confiar sabiendo que podrían romperte.
Creemos en el derecho a crecer, incluso desde lo que “no es sano”. Porque a veces hay que romperse para florecer.
Creemos en el derecho a amar, y amar no siempre es limpio, porque los seres humanos solo somos seres humanos, ni angeles ni demonios: humanos, y en el sentir está el amar y en el equivocarse está el crecer, y en el dolor la maestría. Cómo el crisol que funde el acero más duro. Un chilar sin estrés da chiles dulces, un agave sin tormentas no da ni mezcal ni pencas dulces, al hombre que no gateo en la infancia le faltan los tropezones del aprender a caminar.
El amar es humano, veces es confuso, a veces duele, pero es amar al fin.
Creemos en el derecho a encontrarse, incluso en brazos equivocados, en noches erráticas, en confesiones ajenas.
Creemos en el derecho a buscar, incluso sin saber qué.
A buscar sin brújula, sin GPS emocional.
Encerrarse con la falsa imagen de que cualquier paso que des no es sano, eso sí que no es sano.
Porque si todo lo que haces por necesidad, por deseo, por debilidad o por amor “no es sano”, entonces ¿dónde queda tu historia? ¿Dónde queda tu voz? ¿Dónde queda tu humanidad?
Al final, nadie tiene el termómetro de tu alma. Solo tú sabes lo que es necesario, lo que te salva, lo que te destruye y aun así eliges. Eso, eso es vivir y vivir es sano.
Y vivir… nunca será una receta. Vivir es escribir tu propio diagnóstico con tinta borrosa, con tachones, con lágrimas, con fuego. Y aún así firmarlo con tu nombre. Porque es tuyo. Y punto.
Le invito a compartir esta columna.


