Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales

Estáis condenados a salvaros: una lectura hipnótica de El Libro de Samahel

Todavía recuerdo la frase como un golpe de viento en la cara: “Estáis condenados a salvaros”. No viene de un tratado teológico ni de una novela apocalíptica, sino de un ángel. Uno de esos que, según El Libro de Samahel, se aparecieron en Paiporta, una localidad valenciana, a un grupo de cuatro jóvenes entre 1987 y 1990. No en visiones ni sueños, sino en cuerpo físico, con pantalones vaqueros, pelo largo y la costumbre insólita de fumar cigarrillos como quien huele una flor. Es decir, sin solemnidad, sin aureola, sin trompetas celestiales. ¿Y si los ángeles vinieran en chándal y se sentaran a tomar horchata contigo?

Esta obra, firmada desde las sombras por múltiples manos y voces, se presenta como una recopilación de enseñanzas dictadas directamente por seres que se autonombran “Virtudes de Dios”. Dicen no haber nacido de mujer, sino materializarse por pura manipulación de energía, como si fueran chispa condensada de consciencia. Hablan en un español claro, sin adornos, a veces con ternura, otras con una contundencia que desarma. El libro no es sólo un compendio de revelaciones cósmicas; es, sobre todo, un texto que interroga radicalmente nuestra comprensión de la divinidad, la materia, la muerte y la voluntad humana.

No hay duda: El Libro de Samahel es literatura hipnótica. No por su estilo, que es directo y a veces incluso torpe, sino por la arquitectura que levanta: una realidad paralela que se instala sobre la nuestra sin pedir permiso, con los ladrillos de lo cotidiano. Cuatro jóvenes —Paqui, Miguel Ángel, José y Luis Miguel— que no tienen nada de profetas ni de iluminados, reciben durante dos años a más de cincuenta ángeles que tocan a la puerta como cualquier vendedor de enciclopedias. El lector no sabe si reír, llorar o comenzar a escribir su propio evangelio apócrifo.

Este libro —o mejor dicho, este fragmento de un libro mayor, de 2000 páginas que sólo se divulgará íntegramente en 2050— se sitúa entre el testimonio místico y el tratado de metafísica experimental. No pretende convencerte, pero te mete un dedo en el pecho y te pregunta: “¿Y tú, qué harías si un ángel te ofreciera sangre de su herida y te pidiera que la probaras con tus labios?”. Porque eso ocurrió. Humiel, uno de los más mencionados entre los ángeles visitantes, le mostró una llaga abierta a uno de los jóvenes, le colocó los dedos sobre la sangre caliente y le hizo llevarlos a la boca. Y sí, sabía a sangre.

Y sin embargo, ni siquiera eso bastó como prueba definitiva. Porque lo hipnótico de este libro no está en los milagros —que hay muchos—, sino en la duda que permanece. El lector, como los protagonistas, transita por un vaivén constante entre el asombro y el escepticismo, la fe y la sospecha, la entrega y la sospecha de locura compartida. Pero El Libro de Samahel no exige creencia. Exige silencio. Exige, como dijo Joanis Dee y se cita en la portada: Qui non intelligit, aut taceat, aut discat —“El que no comprenda, calle o aprenda”.

Uno de los mayores méritos de esta obra es su capacidad de convertir lo invisible en relato, sin los ornamentos del dogma ni la pretensión del mesías. Es un texto que, como los mejores del misticismo sucio de Juan de la Cruz o los pasajes más crudos del Antiguo Testamento, te deja lleno de preguntas. ¿Y si los ángeles fueran más humanos que nosotros? ¿Y si la materia no fuera más que energía disminuida? ¿Y si la muerte fuera sólo el paso hacia otra forma de frío? ¿Y si Dios no fuera una persona sino una voluntad que danza en las cosas?

Pero este no es un libro sobre el más allá. Es un libro sobre el más adentro. Porque lo que repiten una y otra vez los ángeles es que la Luz no está fuera, ni en ellos, ni en los templos, ni en los cielos: está dentro de cada ser humano. Y que esa es la única salvación posible. Por eso no vinieron —dicen ellos— a salvarnos, sino a recordarnos que ya estamos condenados a hacerlo por nosotros mismos. Que la única certeza no es la existencia de Dios, sino la posibilidad de amar. Que la muerte no es un final, sino un espejo.

Como lector, me he acercado al texto con cautela. No por miedo, sino por respeto. Porque aquí no hay fábulas para niños ni sermones para devotos. Hay una experiencia de ruptura, una literatura del borde. Lo que este libro propone no es una religión ni una secta, sino un desgarro interior, un llamado a mirar sin parpadear la herida del mundo, y asumir que esa herida —como la del ángel Humiel— es también nuestra.

Lo que más me perturba, sin embargo, no son los prodigios ni las afirmaciones cósmicas. Es la normalidad con la que se narran. La paz con la que se acepta lo inaudito. El lenguaje casi burocrático con el que se describen encuentros con Metatrón, Anael, Rafael, Zedekiel, y tantos otros. Como si lo divino estuviera harto de altares y quisiera sentarse a conversar en una cocina modesta mientras un bebé llora en la habitación contigua.

Y es que El Libro de Samahel no es un libro para creyentes, sino para caminantes. Para aquellos que no quieren certezas sino preguntas que brillan en la oscuridad. Para quienes entienden que la fe no es una respuesta, sino una forma de caminar con el corazón abierto y la mente descalza.

Queda en mí una última imagen: la Mola de Segart, esa montaña cercana a Valencia, donde uno de los ángeles —Metatrón— sólo se dejaba ver. Dicen que allí dictó enseñanzas sobre la fragilidad humana y luego desapareció sin dejar rastro. ¿Qué sentido tiene buscar ángeles si no sabemos escuchar la voz que susurra en nosotros cada vez que elegimos la ternura, la justicia o el silencio?

Sí, puede ser que todo esto haya sido un montaje, una alucinación compartida, un delirio colectivo. Pero si el delirio nos empuja a amar más, a comprender mejor, a vivir con más atención… entonces bendito delirio. Porque no hay peor enfermedad que la certidumbre.

Estáis condenados a salvaros, dijo un ángel. Yo, por mi parte, me conformo con estar condenado a seguir leyendo. Y a escuchar, con los oídos del alma, cada vez que la realidad me golpea con una pregunta que no sé responder. Porque ahí, justo ahí, empieza lo verdaderamente hipnótico de la letra viva.

Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Apunte diario sobre letras hipnóticas
25 de marzo de 2025

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