Por Arturo Vásquez Urdiales
PARTE V (Final)
El eco de los gritos franceses los perseguía en la oscuridad, mientras Ilhuicamina, Hutzilopochtli, Pánfilo y Eleuterio corrían por el lecho pedregoso del arroyo seco, con las provisiones a cuestas y el corazón al galope. La adrenalina de haber burlado la guardia les mantenía en vilo; sentían en la nuca la respiración del enemigo, como si un tropel de jinetes pudiera aparecer en cualquier recodo. La noche, sin embargo, les ofrecía complicidad. Bajo la bóveda estrellada, avanzaban sin apenas ver más que siluetas y sombras, guiados por la memoria de Hutzilopochtli sobre los senderos montañosos.
—Este arroyo se ensancha más adelante. A su izquierda hay una vereda que asciende al bosque de encinos —susurró Hutzilopochtli, respirando con dificultad.
—Seguiremos tu consejo —repuso Ilhuicamina—. Si nos mantenemos aquí, será más fácil que nos encuentren desde el borde del barranco.
El grupo caminó a paso ligero, descalzo de voces pero calzado de determinación. Solo se escuchaba el ruido de piedras sueltas, el roce de ropa y el agitado latido de los fugitivos. Ahora que el primer impulso de la huida se atenuaba, notaban el cansancio acumulado por los días de trabajos forzados y el hambre que, pese a las provisiones robadas, ya empezaba a morderles el estómago.
Tras un par de horas de marcha, el arroyo les condujo a un punto donde el terreno se abría en una hondanada más amable, con arbustos y pequeños árboles. No obstante, seguía siendo difícil orientarse en plena noche. Hutzilopochtli enfiló a la izquierda, tal como había anunciado, y empezó a ascender por una ladera salpicada de rocas. Sus compañeros le siguieron. Se sentían anónimos en la inmensidad de la Sierra Madre; aunque extenuados, el hecho de no cargar ya con grillos en las muñecas les insuflaba coraje para proseguir.
Primeras luces del alba
Cuando el cielo comenzó a teñirse con la palidez del amanecer, los cuatro se hallaban en un promontorio boscoso. Desde allí se divisaba, en la lejanía, el contorno de riscos y barrancos que habían quedado atrás. Observaban con atención, temiendo ver filas de soldados franceses escalando las lomas, pero nada se movía más allá de las aves que sobrevolaban la arboleda.
—Debemos encontrar un lugar donde refugiarnos y descansar —sugirió Eleuterio.
—Y ver cómo redistribuir nuestras provisiones —añadió Pánfilo—. El tasajo y el maíz nos alcanzarán para un par de días, si racionamos bien.
Buscando una protección natural, subieron un poco más. Al cabo, encontraron un claro rocoso rodeado de peñascos y matorrales. Allí se refugiaron y, antes de echarse a dormir por turnos, se repartieron unos bocados de tasajo y sorbos de agua. El cuerpo les exigía reposo. Ilhuicamina asumió la primera guardia, vigilando cualquier ruido inusual mientras el sol despuntaba entre los cerros.
Pese a su extrema fatiga, sentía su corazón encendido por la convicción de haber dado un paso crucial hacia la libertad. Pensaba en el capitán Moctezuma y en la posibilidad de reunirse con las tropas republicanas. Recordó también el rostro del soldado francés de cejas claras, aquel que les ofreciera un ungüento, y lo imaginó acaso lamentándose de participar en una guerra ajena. Involuntariamente, Ilhuicamina tuvo un atisbo de compasión hacia esos hombres que, obligados por sus mandos, luchaban en un territorio extraño.
El rastro de la persecución
Al caer la tarde, reanudaron la marcha con cautela. Su objetivo era llegar a un paraje desde donde pudieran descender hacia el valle, donde con un poco de suerte encontrarían a fuerzas republicanas o, al menos, a paisanos que los guiasen a un lugar seguro. A medida que avanzaban entre los pinos y encinos, el sol proyectaba sombras alargadas, y una brisa fresca aliviaba el calor diurno.

Sin embargo, poco después de retomar el camino, Hutzilopochtli tropezó al saltar un tronco caído y cayó de bruces. Ilhuicamina corrió a auxiliarlo, y al levantarlo sintió en su mano la sangre caliente que manaba del costado de su compañero: la antigua herida de bala se había reabierto.
—No… se preocupen. Puedo continuar —jadeó Hutzilopochtli, con el rostro pálido.
Eleuterio improvisó un vendaje con parte de su camisa, apretándolo contra la herida para contener la hemorragia. Se dieron cuenta de que la marcha debía ser más lenta, o el compañero no resistiría. Esto aumentaba la incertidumbre: si los franceses venían tras ellos, los alcanzarían con facilidad.
Para colmo, no habían caminado mucho más cuando divisaron, en un collado cercano, varias figuras montadas. A la distancia, por sus uniformes y brillantes equipamientos, se adivinaba la presencia del enemigo. El corazón de los fugitivos dio un vuelco: los galos, en efecto, los estaban buscando por la sierra. Quizá un explorador había hallado sus huellas o unas pisadas descuidadas en el arroyo seco.
—Debemos ocultarnos en la maleza —musitó Pánfilo—, o nos verán.
Con un esfuerzo supremo, Hutzilopochtli logró sostenerse en pie, apoyándose en un hombro de Ilhuicamina. Los cuatro se sumergieron en un denso matorral y se arrastraron por un declive, internándose en el sotobosque. Permanecieron allí, conteniendo la respiración. Escucharon relinchos, pasos de caballos y voces de mando. Durante unos eternos segundos, el crujir de ramas quebradas sonó a escasos metros de donde se ocultaban.
—Rien, rien! —gritó uno de los jinetes, en francés, a sus compañeros. Al parecer, no habían logrado dar con la pista exacta. Unos minutos más tarde, los cascos se alejaron en dirección contraria, perdiéndose entre las hondonadas.
Eleuterio soltó por fin el aire contenido. —Esa estuvo cerca —susurró.
Ilhuicamina cerró los ojos en un ruego silencioso: la sierra seguía siéndoles propicia… por ahora.
Encuentro inesperado
Ya en la noche cerrada, hallaron un estrecho sendero con huellas de pezuñas de burro, señal de que algún arriero debía transitarlo con frecuencia. Lo siguieron con prudencia, esperando que condujese a algún asentamiento de rancheros. A cada paso, Hutzilopochtli sufría un poco más. La fiebre le quemaba las sienes, y Eleuterio debía sostenerlo de un costado para que no cayera.
Poco antes de la medianoche, un destello de luciérnagas apareció entre los matorrales. Al acercarse, se dieron cuenta de que no eran luciérnagas, sino faroles: un grupo de hombres armados con sombreros de ala ancha y cananas cruzadas, encabezados por un individuo de porte gallardo que los apuntó con un fusil.
—¡Alto ahí! ¿Quién vive?
Los cuatro alzaron las manos, agotados. Unos segundos después, oyeron una voz profunda y, para su asombro, familiar:
—¿Ilhuicamina, Pánfilo, Eleuterio? ¿Son ustedes?
La voz pertenecía al capitán Moctezuma. Ilhuicamina casi no daba crédito a sus oídos. Incapaz de contener la emoción, exclamó:
—¡Mi capitán! ¡Hemos escapado de los franceses!
Los hombres de Moctezuma corrieron a sostenerlos, al ver el estado en que estaban. Hutzilopochtli se desvaneció en los brazos de uno de los soldados republicanos, como si su último aliento de resistencia se consumiera. El capitán, con voz grave, ordenó:
—Tiendan a ese hombre; busquemos un curandero en el pueblo más cercano.
De la alegría al dolor
La pequeña columna del capitán Moctezuma conducía a los fugitivos por un sendero oculto hasta un rancho donde podrían guarecerse. Durante el trayecto, les contaron cómo se habían internado en la sierra para rescatarlos, aunque la geografía escarpada y los continuos movimientos de los galos lo habían dificultado todo. Las noticias eran agridulces: aunque el ejército republicano resistía, las tropas francesas aún controlaban varias posiciones importantes.
Aun así, el reencuentro con sus camaradas era la mayor bocanada de esperanza que habían sentido en semanas. Con cada paso, Ilhuicamina y los suyos recuperaban la sensación de pertenecer a algo más grande que su penosa odisea. La lucha seguía, pero al menos ahora ya no estaban solos.
La dicha, sin embargo, se vio empañada cuando Hutzilopochtli, abatido por la fiebre, dejó escapar un gemido lastimero y quedó inconsciente de nuevo. Al llegar al rancho, un anciano con conocimientos de hierbas medicinales le atendió con esmero, pero la bala incrustada y la infección complicaban la curación. Pese a los esfuerzos, al alba siguiente, el guerrero expiró, rodeado por los compañeros que poco podían hacer salvo acompañarlo hasta su último suspiro.
Al ver a Hutzilopochtli inmóvil, con la mirada vidriosa clavada en el techo de palma, un nudo de pena anudó las gargantas de Ilhuicamina, Pánfilo y Eleuterio. Ese hombre, casi un extraño para ellos al principio, se había vuelto su hermano en la adversidad. Sus ansias de libertad habían estado a punto de cumplirse del todo, mas la guerra, implacable, se lo llevó en sus fauces.
—Que su sacrificio no sea en vano —murmuró Moctezuma, santiguándose.
Un final agridulce, al modo de Tolstói
Los días siguientes trascendieron con los tres supervivientes integrados de nuevo a las filas republicanas. Sanaron sus magulladuras y recobraron fuerzas. Ilhuicamina, con la mente anclada en las experiencias del cautiverio, comprendió que la línea entre victimarios y víctimas en una guerra podía difuminarse. Recordaba al soldado francés que les ofreció ayuda, y al mismo tiempo las injusticias de Montparnase y sus oficiales. Sentía una mezcla de rencor, compasión y fatiga moral que le resultaba difícil conciliar.
El capitán Moctezuma, tras escucharlos, insistía en que la lucha debía continuar mientras los invasores pisaran suelo mexicano. Eleuterio y Pánfilo, encendidos por el patriotismo y la rabia por la muerte de Hutzilopochtli, asintieron resueltos. Ilhuicamina, aunque compartía la causa, sentía un peso nuevo en el corazón: un anhelo de paz, de que la gente sencilla no tuviera que verse arrastrada a la violencia.
La campaña militar siguió su curso, y se libraron escaramuzas esporádicas en distintos rincones de la sierra. El general Montparnase y sus lugartenientes, con las tropas merma das, debieron replegarse en otra plaza. Mientras, Ilhuicamina y los suyos participaron en batallas que resonarían como parte de la resistencia republicana. Aun así, cada vez que cerraba los ojos, en la penumbra de las noches de campaña, evocaba la crudeza del cautiverio y el vacío que dejó la muerte de su amigo.
Conforme pasaron los meses, la intervención francesa fue perdiendo ímpetu. Finalmente, la causa republicana triunfaría en 1867, devolviendo la soberanía a México. Pero para Ilhuicamina, Pánfilo, Eleuterio y tantos otros, nada volvería a ser igual. La guerra deja huellas que no borran ni los cantos de victoria ni la serenidad de los campos recuperados.
Así, como en un cuento de Tolstói, el heroísmo y la desdicha se entrelazaron en su memoria. Entre la desesperación y la esperanza, el cautiverio y la libertad, la vida y la muerte, quedó un aprendizaje: la guerra desnuda los abismos y las grandezas del alma humana, y en ese contraste cada uno decide su camino. Algunos, como Hutzilopochtli, ofrendan su vida por la patria; otros, como Ilhuicamina, aprenden que la compasión puede anidar incluso en el corazón de un enemigo; y todos, al final, anhelan que la paz sea algo más que un fugaz espejismo en el horizonte.
Cuando, tiempo después, Ilhuicamina regresó a su comunidad, se arrodilló ante la tumba de su madre —fallecida de pena durante los últimos meses de la guerra— y dejó caer una rosa blanca sobre la tierra reseca. Susurró una plegaria, pidiendo descanso para ella y para quienes se habían ido en el fragor de la contienda. Se levantó sintiendo, en lo más profundo, una gratitud humilde: al menos él tenía la oportunidad de seguir adelante y de soñar con un mañana libre de cadenas. Con esa luz interior, se alejó entre los surcos del campo, llevando en el pecho el recuerdo de su lucha y la llama de la vida que, a pesar de todo, seguía resplandeciendo.
FIN DEL LIBRO PRIMERO.


