Por Arturo Vásquez Urdiales

28 de diciembre de 2024

Expondremos día a día, una leyenda o una fascinante historia, de acá hasta el mismo 31, me preguntan por las fuentes de las historias, y yo respondo, son las mismas fuentes animaron las historias de Cervantes, García Márquez, Rulfo y todo aquel que ejerce por oficio el arte de la ficción. Algo oímos, algo escuchamos, algo imaginamos, y el resultado son las historias y leyendas que circulan por todos lados.

El patrullero y el abismo del tiempo

Existen diversas leyendas y creencias en el espacio y ámbito de los últimos minutos del año, cada 31 de diciembre de cada año, algo pasa, algo sucede.

Ciudad de México, Colonia Roma. Últimos minutos del 31 de diciembre de 1988.

El patrullero Cosme Jiménez, un hombre curtido por las noches interminables de la gran ciudad, recorría junto a su compañero, el oficial Guillermo González, las calles semivacías de la Roma. El aire olía a pólvora anticipada; los primeros cohetes chisporroteaban en el cielo. El motor de la patrulla retumbaba en el eco de la nostalgia de otro año que moría.

Cerca del cruce de Álvaro Obregón y Orizaba, una mujer salió corriendo, agitada, gritando que un hombre la había golpeado. González bajó de la patrulla para seguir al agresor, que corría por la banqueta con torpeza.

—¡Deténgalo! Yo lo sigo con la unidad —dijo Cosme antes de arrancar hacia la esquina.

Pero cuando giró hacia Medellín, algo imposible sucedió. Una luz cegadora, un círculo perfecto, surgió de la nada. Era como si el aire vibrara, como si el tiempo mismo se plegara y torciera. Antes de entender qué ocurría, la luz envolvió a la patrulla.

Cuando Cosme abrió los ojos, seguía en su asiento, con las manos aferradas al volante. El cruce seguía siendo el mismo, pero todo lo demás había cambiado. Los autos que circulaban eran extraños, de líneas curvas y futuristas. Las personas que caminaban vestían ropa que le parecía salida de una película de ciencia ficción, y los anuncios luminosos que parpadeaban en las fachadas hablaban en un lenguaje que, aunque español, sonaba ajeno.

Intentó usar su radio, pero solo escuchaba estática. Aturdido, condujo hasta la Central de Policía. Sin embargo, al llegar encontró un edificio completamente distinto, moderno, brillante. Al entrar, fue recibido por miradas desconfiadas.

—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó un oficial uniformado, con un tono de irritación.

—Soy el patrullero Cosme Jiménez, número de placa 2473, asignado a la Colonia Roma. Busco a mi superior inmediato.

El hombre lo miró con incredulidad.

—¿Qué clase de broma es esta? ¿De dónde sacó ese uniforme?

Cosme, confundido y ofendido, trató de explicar, pero fue detenido por un guardia que notó su pistola de cargo. Lo llevaron a un interrogatorio y, para sorpresa de todos, un aparato desconocido para él escaneó sus huellas digitales.

“…Plataforma México si tiene sus datos …”

Minutos después, una voz autoritaria anunció:

—Es el agente Cosme Jiménez, reportado como desaparecido… hace 36 años.

Cosme fue trasladado ante el Superintendente Abrim Jafud, un hombre de rostro surcado por los años, quien recordó vagamente el caso del agente desaparecido. Según los archivos, testigos habían visto cómo la patrulla de Cosme fue “tragada por la nada” en una noche similar, en el mismo cruce, en 1988.

Los interrogatorios se alargaron por días. Cosme relató todo con una precisión que dejaba helados a los mandos. Sabía de casos olvidados, nombres de criminales y secretos enterrados entre 1970 y 1988. Fue entonces cuando agentes de una organización desconocida —hombres de trajes oscuros y gafas impenetrables— llegaron para llevárselo.

Su patrulla, dijeron, había sido recuperada en un campo de pruebas en Nevada, Estados Unidos. Su funcionamiento intrigaba a científicos, pero los misterios que guardaba Cosme eran aún más valiosos.

Fue trasladado a una instalación secreta, decían que es de los altos mandos de seguridad nacional, algo que sonaba como moreno o algo asi, el no lo entendía, era donde terminó como asesor de seguridad nacional.

El sabia del PRI. Y de los personajes dueños de las calles de allá por 1980 a 88. Conoció personalmente al Negro Durazo, a las camarillas y élites de los momentos negros y lo poco que podía saber un patrullero de un momento en que no existían carteles, o eran de otra forma.

Conocía las entrañas de la política y la corrupción de una época que, para el resto del mundo, ya era historia.

En ese lugar sin nombre, Cosme encontró su propósito: descifrar los recovecos del tiempo, los misterios de los saltos interdimensionales que, de vez en cuando, envolvían a personas como él. Decía, con una calma inquietante, que “el tiempo no es una línea, sino un océano”, y que en noches como la del 31 de diciembre, cuando el reloj parece detenerse, las corrientes del tiempo se entremezclan, abriendo puertas hacia lo desconocido.


Algunos dicen que el patrullero Cosme Jiménez aún está ahí, vigilando esas grietas del tiempo, entre dimensiones y recuerdos. Otros creen que volvió, en silencio, a caminar las calles de la Colonia Roma, buscando cerrar un ciclo que nunca debió abrirse.

De la serie:

Hombres, historias y leyendas.

(Continuarán…)

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