Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
Hay frases que consiguen un apellido ilustre sin presentar acta de nacimiento.
Se repiten en sobremesas, discursos y columnas; alguien les coloca unas comillas y, cuando queremos averiguar su procedencia, descubrimos que llevan años viviendo en una casa donde nunca nacieron.
Así ocurre con «Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos»: tiene caballo, escudero y aire de sentencia. Le falta una cosa decisiva: estar en el Quijote.
Cervantes no escribió esa frase en su novela. Tampoco resuelve el problema cambiarla por «Si los perros ladran, es señal de que avanzamos» o «Ladran, luego cabalgamos».
Estamos ante una atribución apócrifa: palabras que la tradición ha puesto en boca de un personaje sin que aparezcan en el texto que lo creó.
La memoria colectiva también sabe inventar diálogos.
Para examinar el asunto desde sus cimientos hay que distinguir los dos impresos originales.
La primera parte apareció en Madrid, en 1605, con el título El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha; la segunda, también en Madrid, en 1615, como Segunda parte del ingenioso caballero don Quixote de la Mancha.
Ambas salieron de la imprenta de Juan de la Cuesta.
La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ofrece reproducciones de esos testimonios conservados en la Biblioteca Nacional de España.
Conviene precisar qué significa aquí «versiones».
Las impresiones antiguas, las ediciones modernas y las adaptaciones no son intercambiables.
Una adaptación puede añadir parlamentos; una edición del texto cervantino debe dar cuenta de lo transmitido y de sus variantes.
No hay fundamento para explicar nuestra sentencia como una frase original que los editores modernos hubieran borrado.
La búsqueda en el texto íntegro de ambas partes tampoco devuelve la fórmula atribuida al caballero.
Lo delicioso es que los perros sí están allí. En el capítulo IX de la segunda parte, don Quijote y Sancho entran de noche en el Toboso. El narrador menciona «ladridos de perros»; también se oyen un jumento, puercos y gatos. Los sonidos inquietan a Sancho, y el caballero interpreta aquel conjunto como «mal agüero». En ese pasaje, el ruido anuncia inquietud, no una victoria sobre los críticos.
No podemos demostrar que esa escena haya provocado la confusión. Sería otra conjetura disfrazada de hallazgo.
Pero la diferencia merece conservarse: el libro presenta una noche incierta; el dicho popular ofrece una seguridad rotunda. Donde Cervantes deja temblar la realidad, la memoria instala una consigna.
El rastro más próximo conduce a Goethe.

Su poema Kläffer, cuyo título puede traducirse como El ladrador, reúne los elementos fundamentales: unos jinetes recorren su camino y un perro ladra detrás. El verso final dice: «Beweist nur, daß wir reiten». En traducción propia: «Solo demuestra que cabalgamos».
El parentesco con nuestra frase es evidente; Sancho todavía no aparece.
Aquí hay que corregir otra comodidad de la divulgación.
Muchas notas repiten que Goethe publicó el poema en 1808. Sin embargo, la ficha editorial de TextGrid lo registra sin fecha de composición y señala 1815 como primera impresión.
El proyecto Goethes Lyrik digital también lo sitúa en la colección de poemas de 1815.
No conviene convertir 1808 en fecha segura de publicación solo porque la encontramos repetida. Investigar una atribución exige revisar también las certezas de quienes la desmienten.
Goethe proporciona, por tanto, un antecedente textual concreto y muy cercano.
Eso permite avanzar bastante, pero todavía no reconstruye cada eslabón de la transmisión al español. Una cosa es localizar el poema; otra, identificar la traducción, la conversación o el artículo que produjo exactamente la fórmula hoy popular. La semejanza puede orientar una investigación; por sí sola no completa una genealogía.
Existe una pista española anterior al testimonio sobre Darío que veremos enseguida. Un artículo difundido por el blog de la Biblioteca de la Universidad de Alicante remite a «Los dos catolicismos», de Edmundo González Blanco, publicado en Nuestro Tiempo en agosto de 1903. Según esa referencia, el autor relacionaba expresamente con Goethe los ladridos que prueban que seguimos cabalgando. Debe conservarse como pista bibliográfica: aquí no se ha cotejado directamente aquel impreso de 1903.
La conexión con Rubén Darío cuenta con un testimonio más preciso. Nilo Fabra escribió «Rubén Darío, íntimo», publicado en El Imparcial el 10 de febrero de 1916.
El texto, reproducido por el investigador Jordi Doménech, recuerda la respuesta del poeta ante burlas e injurias: «Ladran; señal de que cabalgamos».
El testigo atribuye a Darío el uso de la sentencia, sin nombrar a Sancho.
Ese detalle cambia la historia que tantas veces se cuenta. El pasaje respalda que Darío la empleaba; no demuestra que la inventara.
Tampoco acredita que añadiera el nombre del escudero. Y no sitúa aquella respuesta específicamente ante ataques a su origen mestizo: habla de burlas e injurias.
Un testimonio debe declarar hasta donde sabe; nosotros debemos citarlo hasta donde dice.
¿Quién llamó entonces a Sancho? Con las pruebas reunidas, no podemos identificarlo. Cabe proponer una explicación del mecanismo, señalándola como hipótesis: bastó añadir ese nombre para que una sentencia sobre jinetes adquiriera apariencia cervantina. «Sancho» funciona como una pequeña escenografía.
Lo pronunciamos y ya vemos el camino, la lanza, el rocín y al escudero escuchando. La imaginación termina poniendo el resto.
Hay, además, una huella material que permite salir del circuito de páginas que se copian unas a otras.
El Museo Nacional de Artes Visuales de Uruguay registra una xilografía sobre papel de Adela Caballero, fechada en 1966, titulada Ladran Sancho, señal que cabalgamos. Su número de inventario es 2650. El catálogo documenta así el uso de la fórmula con Sancho a mediados del siglo XX; no establece cuándo nació ni quién la acuñó.
Ese dato tiene su belleza: la frase no solo pasó de boca en boca; también encontró madera, tinta y papel.
Pero el grabado no puede convertirse en una nueva partida de nacimiento. Un testimonio fechado demuestra presencia en una época; no demuestra invención en esa fecha. Esta distinción, tan pequeña en apariencia, separa una pesquisa de otra leyenda.
Hasta aquí llega lo firme: la sentencia no pertenece al Quijote; Goethe escribió un poema de sentido muy próximo; Fabra recordó a Darío usando una fórmula sin Sancho; y el catálogo uruguayo documenta una obra de 1966 cuyo título ya lo incluye.
La identidad de quien incorporó al escudero y el recorrido exacto de esa incorporación siguen abiertos.
La incertidumbre bien delimitada también es conocimiento.
Queda preguntarnos por qué nos gusta tanto. La frase promete que el ruido de los adversarios acredita nuestro avance.
Es una defensa breve, sonora, casi invulnerable: cuanto más nos atacan, más razón creemos tener. Y ahí empieza un problema que va más allá de la literatura.
Ser criticado no demuestra, por sí mismo, que se esté obrando bien.
También recibe advertencias quien se equivoca de camino.
La dignidad permite resistir la injuria; el juicio obliga a examinar la objeción.
No todo reproche merece detenernos, pero ninguno se vuelve falso únicamente porque nos incomode.
Si hacemos de cada crítica un ladrido, terminaremos celebrando nuestra sordera como si fuera una virtud.
Los perros también pueden avisar de un peligro.
Podemos seguir usando el dicho. Tiene fuerza y pertenece ya al repertorio popular.
Basta presentarlo con honradez: sentencia popular atribuida erróneamente al Quijote, con un antecedente cercano en Goethe.
Cervantes no necesita que le aumentemos la obra mediante préstamos anónimos; nosotros necesitamos aprender a distinguir entre una frase memorable y una cita comprobada.
En los años que vienen circularán todavía más voces sin cuerpo, imágenes sin instante y citas sin página. Habrá que conservar una costumbre humilde: abrir el libro. Buscar el capítulo. Preguntar por el testimonio. Una palabra hermosa puede acompañarnos durante toda la vida; su belleza no le concede derecho a falsificar la firma de otro.
Razonamiento Urdiales hipnótico:
Que ladren no demuestra que llevemos razón; que todos repitan tampoco demuestra que Cervantes lo escribiera. Sigamos cabalgando, sí, pero con la verdad en las riendas.
Segunda parte
Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
EL QUIJOTE DEL MUNDO AL REVÉS
Tercera parte apócrifa, en un solo poema
Volvió del polvo de un libro
con la armadura abollada;
la luna le dio en el yelmo
como quien llama a una casa.
Sancho venía detrás,
sacudiéndose las páginas:
traía un mendrugo duro
y las alpargatas gastadas.
Hallaron sobre el camino
un aparato que hablaba.
Don Quijote oyó su nombre
y se acomodó la espada.
—Aquí os conocen, señor.
—La fama también alcanza.
—Os conocen por un perro
que nunca estuvo en sus páginas.
Siguieron. Sobre los cerros
giraban enormes aspas;
cada vuelta de molino
daba cuerda a una campaña.
—¡Gigantes! —clamó el hidalgo.
—Más grandes, señor: son marcas.
Los vencéis por la mañana
y por la tarde os contratan.
Uno vendía justicia;
otro, libertad en cajas;
el más alto prometía
ponerle precio a la nada.
Don Quijote alzó la lanza,
Rocinante dio la carga;
un anuncio les dio alcance:
«Su aventura ha sido pausada».
Llegó un ministro del habla,
se desplegó la solapa
y leyó, con voz de bronce,
la nueva ordenanza:
«¡Ladran los perros y las perras,
Sancho y Sancha;
señal y señale
de que cabalgemes!».
Sancho contó los vocablos,
se rascó tras una oreja:
—Para nombrarme dos veces,
¿me pagan doble la dieta?
—Y si cambia cabalgamos
por ese raro cabalgemes,
¿también cambian los salarios
o nada más los papeles?
Le ofrecieron una guía
sobre cómo llamar al hambre.
Sancho pidió una tortilla.
Hubo que convocar un debate.
Vio el hidalgo una bacía
con relumbrantes escamas:
—¡El yelmo de Mambrino!
¡Nadie toque esa alhaja!
—Es una olla, mi señor.
—¡Es una joya encantada!
—Pues le han puesto tres logotipos
y ahora sí cuesta una casa.
Y encontraron a Dulcinea
saliendo de una jornada;
llevaba jabón en las uñas
y la noche bajo la espalda.
—¡Princesa de mis desvelos!
Ella se detuvo, cansada:
—Ayudadme con este bulto.
Ya me diréis cómo me llamaba.
Don Quijote tomó el saco.
Le dolieron las palabras.
Pesaba más aquel bulto
que cien torres encantadas.
Una venta les dio techo.
Cobró por abrir la entrada,
por dejar afuera al rucio
y por permitir la almohada.
—Este castillo es extraño.
—Señor, así son las posadas:
el sueño viene incluido;
se paga aparte la cama.
Al fondo había un enfermo.
Su madre le humedecía
la boca con una punta
de su pañuelo de niña.
La medicina esperaba
en un almacén cerrado;
la llave estaba de viaje,
comiendo con un diputado.
Sancho repartió el mendrugo.
El hidalgo buscó al amo.
Lo encontraron inaugurando
la fotografía del cuarto.
Cuatro heraldos lo seguían
con sus trompetas de lata;
el primero dijo «milagro»
antes de mirar la cama.
Preguntó una periodista:
—¿Quién pagó por esta farsa?
Su director le hizo señas:
tenía la nómina en la garganta.
Pasaron unos galeotes.
Sus cadenas relumbraban.
Uno robó dos naranjas.
Otro no supo qué firmaba.
Por la orilla de la marcha
iba un coche de ventanas
tan negras que ni la culpa
pudo mirarse la cara.
Dentro viajaba el que había
robado el huerto y el agua.
Le abrieron paso los mismos
que a los otros encadenaban.
Don Quijote rompió un hierro.
Al preso le abrió las manos.
Detrás aguardó un escribiente
con otro nombre para el candado.
—Señor —dijo Sancho—, a veces
se cambia la cerradura
para que siga siendo dueño
quien se quedó con la escritura.
A Sancho le dieron ínsula,
bastón, despacho y comitiva;
la mañana del gobierno
la pasó buscando harina.
—¿Dónde guardan las reservas?
—En la cuenta de otra isla.
—¿Y el trigo?
Le enseñaron las estadísticas.
El doctor Recio dispuso
retirarle la comida:
había expertos que demostraban
que el hambre se corregía.
Sancho bajó hasta la plaza
con las fuentes todavía llenas;
puso el pan sobre una tabla
y se sentó con las abuelas.
Un consejero gritaba:
—¡No conoce usted doctrina!
Sancho siguió cortando
las rebanadas más finas.
Y renunció. En el despacho
dejaron puesto su retrato.
Le atribuyeron la deuda
y se repartieron el cargo.
Caminaban en silencio
cuando el hidalgo, pensativo,
se volvió hacia su escudero
con un asunto distinto:
—¿Sancho es lo mismo que suplente?
¿Y suplente es igual que amante?
¿O es que ahora el adulterio
se tramita como vacante?
—Suplente espera su turno;
el amante se lo salta.
Y hay quien toma una ausencia
por concurso para plaza.
—Mi ex me sanchó, don Quijote.
Eso pasa y se me pasa.
Lo que me tiene jodido
es que el Sancho se llevó mis chanclas.
—¡Pues le exigiremos cuentas!
¡Que ante las leyes se abra!
—Antes de que nos concilien,
que me devuelvan las chanclas.
Un licenciado escuchaba.
Sacó tres hojas en blanco:
—Para acreditar las chanclas,
dos testigos y un adelanto.
El rucio movió una oreja.
Rocinante miró a Sancho.
Los cuatro siguieron juntos.
El licenciado, cobrando.
Los duques les dieron fiesta,
vino, música y abrazos;
pusieron cámaras ocultas
debajo de los aplausos.
Los subieron a Clavileño,
les vendaron bien los ojos;
prometieron las estrellas
y prepararon los focos.
Un criado sopló con fuelles.
Otro les acercó una llama.
—¡Ya estamos tocando el cielo!
Y el duque vendió la entrada.
—¿Qué queda del otro lado?
—preguntó Sancho, temblando.
—Hay una nube que guarda
todo cuanto vais pensando.
El escudero, asustado,
se protegió las alforjas:
—¡Pues que me guarden las chanclas,
si es tan segura esa cosa!
De pronto se abrió una plaza
donde ardía una biblioteca.
Cada bando echaba un libro
y conservaba su antorcha.
Una muchacha escondía
un volumen bajo el pecho;
el guardia pidió que dijera
si lo había leído entero.
—Todavía no —dijo ella—.
Me faltan vidas para eso.
El hidalgo abrió su capa.
La muchacha pasó dentro.
Y en un balcón, un tribuno
agitando un pergamino
citó la frase del perro
como si hubiera leído.
Desde el fondo de una imprenta
se oyó crujir una silla.
Cervantes dejó la pluma
y se acercó a la mirilla.
—Me vais llenando la casa
con palabras de otros dueños.
Como sigáis de esa forma,
me echaréis de mis propios cuentos.
Sancho se quitó el sombrero.
El hidalgo bajó el hierro.
El tribuno siguió hablando:
no le funcionaba el silencio.
—¿Y si ladran? —dijo Sancho.
Un perro, al pie de una puerta,
ladró hasta que se acercaron:
su dueño yacía en la tierra.
Lo levantaron entre ambos,
le buscaron una manta;
el animal se echó junto
a las dos piernas cansadas.
Don Quijote miró al perro.
Ya se le había ido la rabia.
El rucio olió al caminante
y le rozó con la cara.
Al doblar junto a la venta
vieron a un niño que andaba
descalzo sobre las piedras,
con una astilla en la planta.
Sancho aflojó las correas
de sus alpargatas gastadas.
Le quedaban grandes al niño,
pero apartaban la escarcha.
El hidalgo se inclinó
a retirar la astilla;
para alcanzar aquel pie
tuvo que soltar su pica.
El niño probó dos pasos,
luego tres, luego una carrera.
Sancho le gritó, riendo:
—¡Esas sí que me las llevas!
Bajo un puente se acostaron.
Don Quijote tuvo fiebre.
Sancho le cambió los paños
hasta que cantó un jilguero.
—Estoy cansado, escudero.
Me pesan hasta los nombres.
Alonso Quijano quiere
dormir un rato entre hombres.
Sancho le sostuvo el vaso.
La luz le temblaba adentro.
—Dormid. Yo cuido la puerta.
Que espere un poco el entierro.
—¿Y Dulcinea?
—Mañana trabaja temprano.
Le hemos dejado el camino
un poco menos cargado.
En la imprenta, Cervantes
volvió a sentarse a la mesa.
Había una mancha de barro
al margen de una página nueva.
Por la ventana entró el rucio,
asomó el hocico y resopló.
El autor apartó la tinta
y un puñado de hierba le dio.
Sancho soñó con su casa,
con el Sancho y con la ex.
Le contó la pena al rucio.
El rucio pidió de comer.
—¿Seguimos? —dijo el hidalgo.
Sancho se palpó las plantas.
Había tierra en los dedos
y un camino que lo llamaba.
Razonamiento Urdiales hipnótico:
Y amaneció. Don Quijote
cortó la luz con su lanza.
Sancho lo siguió descalzo.
La tierra estaba templada.


