Apunte diario sobre letras Hipnóticas.

LOS LIBROS DE LA SABIDURÍA

Segunda parte de Las leyes del poder para gobernar un México sin ley.

Por Arturo Vásquez Urdiales.

En el reino de México los emperadores duraban seis años. Entregaban la banda, conservaban sus retratos y dejaban a otro la tarea de explicar por qué todavía faltaba tanto.

Al emperador de esta historia lo llamaban el hombre del poder.

Era una manera de conservar el trono dentro del vocabulario de la república.

Aquella mañana navegaba por una comarca inundada. A lo lejos se oía de continuo el tableteo de las Uzi y los R-15. Nadie sabía si el Estado ponía orden o si el orden deponía al Estado.

Lo acompañaban un asesor, el jefe de gabinete, seis hombres armados y un fotógrafo.

Sobre una azotea colgaba una manta de campaña del partido imperial. Alguien había desatado una esquina para cubrir los cadáveres de una familia. Todavía podía leerse la palabra futuro.

Otra familia, de buitres, descendía sobre el techo. Inclinaban las cabezas como si agradecieran al buen Dios el almuerzo de aquella mañana.

Una campana sumergida golpeaba dentro de una iglesia. El río la hacía sonar por los muertos que seguía llevándose.

En la puerta de una tienda, un caballo flaco bebía agua entre bolsas de harina abiertas. Había sobrevivido al hambre para encontrar aquel banquete que se deshacía.

El asesor comenzó a temblar.

Nunca había navegado. Conocía el agua de las fuentes oficiales, donde hasta la corriente obedecía un plano. Ahora veía pasar puertas arrancadas, colchones, un zapato escolar. Buscaba con los ojos el otro.

Una ráfaga hizo bajar las cabezas. La lancha se inclinó.

—Regresemos —suplicó—. Aquí vamos a morir.

El hombre del poder miró al fotógrafo.

El jefe de gabinete, tenido por sabio porque encontraba razones para cuanto disponía su señor, se acercó a su oído.

—Tiene miedo porque todavía cree que esta lancha es el peligro. Permítame mostrarle lo que hay afuera. Después agradecerá el asiento que ahora desprecia.

El soberano miró las manos del asesor, aferradas a la borda.

Asintió.

—Arrójenlo.

Dos soldados lo sujetaron. El asesor alcanzó a pensar que iban a tranquilizarlo.

Cayó de espaldas.

El río le llenó la boca. Su credencial salió del bolsillo y quedó flotando con la fotografía hacia el cielo. El agua ignoraba a quién debía dejar pasar.

Trató de quitarse el saco. Una manga le aprisionó el brazo.

Sobre la borda aparecieron las manos de los soldados.

Esperaban.

El jefe de gabinete observaba su reloj.

Cuando el hombre del poder levantó dos dedos, lo sacaron.

El asesor vomitó agua entre las botas. Después abrazó un asiento.

—Gracias —dijo.

La palabra le salió mezclada con lodo.

—Ahora conoce el valor de estar a bordo —explicó el jefe de gabinete.

El soberano contempló las casas anegadas.

—¿Serviría para todo el reino?

El jefe de gabinete guardó silencio. Había visto nacer una idea a la que tendría que encontrarle razones.

En la popa, el lanchero apagó el motor. Una sábana se había enredado en la hélice.

Al inclinarse mostró una cicatriz en el cuello.

—¿También a ti te enseñaron? —preguntó el hombre del poder.

—Una creciente. Me sacó un vecino.

—¿Qué te pedía a cambio?

El lanchero tiró de la tela. Venía bordado un nombre.

—Que le ayudara a sacar a los demás.

Durante unos instantes se oyó el agua escurriendo de la sábana.

Entonces alguien golpeó una olla.

En otra azotea, un muchacho pedía auxilio. Tenía a su madre tendida junto a un tinaco. La mujer levantaba un brazo y lo dejaba caer.

Los soldados miraron al hombre del poder.

El jefe de gabinete miró al fotógrafo.

El lanchero encendió el motor.

—Espere instrucciones.

Metió la mano en el agua para liberar la última vuelta de tela. La hélice comenzó a girar.

El asesor se incorporó. Le faltaba un zapato. Encontró una cuerda debajo del asiento y se la pasó.

Tardaron en subir a la mujer. El muchacho traía dos panes húmedos y una bolsa de documentos que había mantenido sobre su cabeza.

Se arrodilló frente al soberano.

—Gracias, señor.

El hombre del poder miró aquella cabeza inclinada. Después miró al asesor, que todavía temblaba.

Por un momento tuvo delante dos gratitudes que sonaban iguales.

El fotógrafo bajó la cámara para sostener a la mujer.

La lancha emprendió el regreso.

Atrás quedaban los buitres sobre la promesa del futuro. Más lejos seguían las ráfagas. El altavoz de un vehículo anunciaba que la situación estaba bajo control.

—¿Qué aprendiste? —preguntó el jefe de gabinete al asesor.

El joven se miró las manos.

—Que mi vida cabe entre dos órdenes.

Nadie respondió.

El muchacho partió uno de los panes y ofreció la mitad al lanchero.

Razonamiento Urdiales hipnótico

El poder puede arrojar a un hombre al agua y recibir después su agradecimiento. La sabiduría empieza cuando alguien pregunta por qué había que arrojarlo.

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Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar es notario público, abogado y escritor oaxaqueño. Fundador de la serie Apunte diario sobre letras Hipnóticas y autor de obras como Los siete ojos del gato negro y La piedra del tiempo, su estilo mezcla historia, mística, crítica social y visión futurista. Con más de 35 años de trayectoria jurídica, ha sido Consejero Jurídico del Estado de Oaxaca y hoy encabeza la Notaría Pública número 100. Su escritura explora los umbrales entre lo real y lo invisible. También es creador del idioma universal Zawki y promotor de la Fundación de Letras Hipnóticas AC.

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