Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Semillas de girasol 🌻 del español en castellano.
El vertiginoso trayecto de la eñe.
El séptimo que se volvió noveno.
Por Arturo David Vásquez Urdiales.
Hoy, el Duende Urdiales —notario, escribano, escritor y caminante entrañable del vertiginoso sendero de la Ñ— hace un alto.
No un alto definitivo.
Los duendes no saben detenerse del todo.
Apoya acaso el bastón junto al camino, acomoda el sombrero, mira hacia atrás los ocho meses recorridos y descubre que, casi sin avisar, ha comenzado septiembre.

Y septiembre, para un mexicano, no es cualquier mes.
Septiembre tiene campanas.
Tiene plazas.
Tiene banderas.
Tiene noches que comienzan a oler a pólvora, pozole, maíz, chile en nogada y memoria.
Septiembre tiene un cura levantando la voz en Dolores; tiene conspiraciones, insurgentes, estandartes, derrotas, victorias y muertos que siguen cabalgando por nuestra imaginación.
Pero antes de llegar a México conviene hacer algo que al Duende Urdiales le encanta:
Preguntarle a la palabra de dónde viene.
Porque las palabras también tienen antepasados.
Y septiembre guarda una pequeña paradoja.
I. Septiembre no viene del septentrión.
Podría parecerlo.
Septiembre.
Septentrión.
Séptimo.
Hasta podríamos jugar con las siglas y pensar en nuestra SEP, la Secretaría de Educación Pública.
Pero no.
La genealogía verdadera es mucho más antigua.
Septiembre procede del latín September, relacionado con septem: siete.
Siete.
Ahí está la semilla.
Los romanos llamaron September al mes que ocupaba originalmente el séptimo lugar en una antigua organización del calendario cuyo año comenzaba en marzo.
Y de pronto todo empieza a tener sentido:
September: séptimo.
October: octavo.
November: noveno.
December: décimo.
Septiembre, octubre, noviembre y diciembre conservan todavía, como fósiles lingüísticos, la numeración de aquel calendario antiguo.
Después el calendario cambió.
Enero y febrero quedaron situados antes de marzo y septiembre terminó ocupando el lugar noveno.
Pero nadie le cambió el nombre.
Y qué extraordinaria lección nos dejó Roma sin proponérselo:
Septiembre es el séptimo que aprendió a vivir siendo noveno.
Cambió de lugar sin perder su memoria.
Quizá nosotros podamos hacer exactamente lo mismo.
II. Ser otro sin dejar de ser uno.
Aquí comienza la verdadera semilla de girasol.
Porque los seres humanos pasamos buena parte de nuestra existencia creyendo que nuestra identidad depende del lugar que ocupamos.
Soy esto.
Peso esto.
Tengo esto.
Vivo aquí.
Trabajo aquí.
Me conocen así.
Me ocurrió aquello.
Fui aquello otro.
Y creemos que cambiar significa traicionar nuestra historia.
Septiembre demuestra lo contrario.
Fue séptimo.
Ahora es noveno.
Y sigue llamándose septiembre.
No renunció a su origen para aceptar su nueva posición.
Cambió sin borrarse.
Tal vez ésa sea una de las formas más hermosas de transformación humana.
Uno no necesita asesinar al hombre que fue para construir al hombre que quiere ser.
Hay que agradecerle.
Fue él quien nos trajo hasta aquí.
Nuestro pasado puede tener equivocaciones, dolores, excesos, pérdidas, enfermedades, desencuentros, noches difíciles, caminos que parecían interminables.
Pero incluso aquello que hoy no repetiríamos forma parte del puente.
Septiembre parece susurrarnos:
—Puedes cambiar de lugar en tu propia vida sin cambiar la dignidad de tu nombre.
III. Y llegamos al nueve
Ahora septiembre ocupa el noveno mes.
Y el nueve tiene una fuerza simbólica extraordinaria.
No necesitamos convertir la numerología en ciencia para reconocer la belleza cultural de sus símbolos.
Nueve meses suele durar la gestación humana.
Nueve es, por ello, una cifra inevitablemente asociada con la maduración antes del nacimiento.
Algo ha permanecido oculto.
Algo se ha formado lentamente.
Algo todavía no vemos por completo.
Pero está creciendo.
Y finalmente nace.
Así podemos mirar septiembre:
como un mes de gestación cumplida.
No necesariamente para nacer físicamente.
Para nacer de otra manera.
Una nueva costumbre.
Una nueva disciplina.
Una reconciliación.
Un libro.
Un proyecto.
Una empresa.
Una vocación.
Una manera distinta de habitar nuestro cuerpo.
Una forma más serena de mirar la vida.
El noveno mes parece decir:
lo que has venido preparando durante el año ya debería comenzar a mostrar su rostro.
Enero prometió.
Febrero dudó.
Marzo caminó.
Abril abrió ventanas.
Mayo floreció.
Junio resistió.
Julio ardió.
Agosto maduró.
Y septiembre pregunta:
¿qué vas a hacer ahora con todo aquello que has aprendido?
IV. Septiembre mexicano
Pero para nosotros septiembre tiene otra respiración.
México entra en septiembre y cambia de color.
Las calles se llenan de verde, blanco y rojo.
Las plazas recuerdan el Grito.
Las campanas vuelven simbólicamente a Dolores.
Hidalgo aparece otra vez entre libros escolares, murales y balcones.
Allende, Aldama, Josefa Ortiz de Domínguez, Morelos, Guerrero y tantos otros regresan a conversar con nosotros.
Y aquí conviene recordar algo.
La Independencia no fue un instante.
No ocurrió mágicamente durante una noche.
El Grito de Dolores de septiembre de 1810 abrió una guerra larga, contradictoria, dolorosa, humana.
México tuvo que imaginarse antes de poder construirse.
También las personas.
Toda transformación profunda comienza primero como una insurrección interior.
Un día alguien se mira al espejo y declara su propia independencia.
Independencia del miedo.
Del resentimiento.
De los excesos.
De aquello que deteriora el cuerpo.
De relaciones que lastiman.
De costumbres que nos esclavizan.
De la idea terrible de que ya es demasiado tarde.
Y quizá allí exista una manera distinta de entender nuestras fiestas patrias:
la independencia también puede ser personal.
No para separarnos de quienes amamos.
Para liberarnos de aquello que nos impide amar mejor.
V. Reforma
Hay una palabra todavía más poderosa:
reforma.
Volver a formar.
Dar nueva forma.
No destruir necesariamente la materia anterior, sino trabajar sobre ella.
La vida humana también admite reformas.
Reforma del cuerpo.
Reforma del pensamiento.
Reforma de los hábitos.
Reforma de la alimentación.
Reforma de nuestras palabras.
Reforma de la manera en que tratamos a los demás.
Reforma de nuestras prioridades.
Y, acaso la más difícil:
reforma de la manera en que nos tratamos a nosotros mismos.
El Duende Urdiales comprende entonces por qué debía detenerse precisamente hoy.
No para descansar.
Para contemplar.
Hay momentos en los que caminar exige mirar cuánto camino hemos recorrido.
Y descubrir que ya no somos exactamente quienes comenzaron la vereda.
Eso no es pérdida.
Eso es vida.
El río continúa llamándose río aunque ninguna de sus aguas sea exactamente la misma.
El árbol sigue siendo árbol después de perder miles de hojas.
Septiembre sigue llamándose septiembre aunque haya pasado del séptimo al noveno lugar.
Y nosotros seguimos siendo nosotros después de transformarnos.
VI. ¿Qué debemos esperar de septiembre?
Nada.
Y todo.
No debemos sentarnos a esperar que septiembre haga por nosotros aquello que nosotros no estamos dispuestos a comenzar.
Los meses no tienen manos.
Nosotros sí.
El calendario no adelgaza nuestros pesares.
No abandona nuestros malos hábitos.
No termina nuestros libros.
No abraza a nuestros hijos.
No pide perdón.
No emprende negocios.
No estudia.
No camina.
No perdona.
No vuelve a empezar.
Nosotros sí.
Por eso quizá la pregunta correcta no sea:
—¿Qué me traerá septiembre?
Sino:
—¿Qué voy a llevar yo a septiembre?
Ahí cambia todo.
Voy a llevar disciplina.
Voy a llevar gratitud.
Voy a llevar lectura.
Voy a llevar trabajo.
Voy a llevar proyectos.
Voy a llevar misericordia.
Voy a llevar una versión de mí mismo un poco más consciente que aquella que entró en enero.
Entonces septiembre deja de ser una página del calendario.
Se convierte en territorio.
VII. Reflexión Hipnótica
El Duende Urdiales vuelve a ponerse el sombrero.
Los animalitos de la granja lo esperan.
Ñux parece impaciente.
Platero bosteza.
Mafalda rumia filosóficamente.
Fe, Esperanza y Caridad conocen desde hace siglos el secreto del camino.
El Duende mira entonces hacia el sendero de la Ñ.
Allá adelante septiembre comienza.
Hay banderas mexicanas moviéndose con el viento.
Hay girasoles.
Hay libros.
Hay una campana lejana.
Y detrás queda el hombre que fuimos.
No hay que despreciarlo.
No hay que esconderlo.
Mucho menos avergonzarse de él.
Hay que mirarlo con gratitud y decirle:
gracias por traerme hasta aquí; ahora me toca continuar.
Porque septiembre conserva una enseñanza que ha sobrevivido más de dos mil años escondida dentro de su propio nombre.
Fue siete.
Ahora es nueve.
Cambió su posición.
Cambió el calendario.
Cambió Roma.
Cambió el mundo.
Y septiembre permaneció.
Quizá ahí se encuentre nuestra pequeña enseñanza de hoy:
cambiar no significa dejar de ser.
A veces significa, precisamente, comenzar a ser aquello que siempre pudimos llegar a ser.
Que venga septiembre.
Que venga México.
Que venga el noveno mes.
Que suenen las campanas.
Que se levanten las banderas.
Que florezcan los girasoles.
Y que cada uno declare, silenciosamente, su propia independencia de aquello que ya no necesita cargar.
Porque todavía queda camino.
Porque aún podemos reformarnos.
Porque siempre puede escribirse una página mejor.
Y porque mientras exista un sendero por delante, nuestro querido Duende Urdiales no habrá terminado su viaje.
Solamente habrá hecho un pequeño alto.
Un alto para mirar.
Un alto para agradecer.
Un alto para cambiar.
Y después…
a seguir caminando por el vertiginoso trayecto de la Ñ. 🌻🇲🇽


