Apunte diario sobre letras hipnóticas: La Batalla de Miahuatlán y la lucha por la soberanía mexicana

Heróico 3 de octubre de 2024

Por Arturo Vásquez Urdiales

Miahuatlán, Oaxaca a 3 de Octubre de 1866

Capítulo I: El contexto de la intervención y la llegada de Porfirio Díaz

El 3 de octubre de 1866, las tierras de Miahuatlán, Oaxaca, fueron testigos de uno de los episodios más decisivos en la lucha por la soberanía de México: la Batalla de Miahuatlán. En medio de la intervención francesa, con un imperio impuesto sobre el suelo mexicano y una guerra civil aún latente, Porfirio Díaz se alzó como uno de los principales defensores del proyecto republicano de Benito Juárez.

La llegada de Díaz al mando del Ejército de Oriente, un día antes de la batalla, no fue un hecho menor. El general, conocido por su audacia militar, fue recibido con gran entusiasmo por el pueblo miahuateco, que no solo lo acogió con muestras de afecto, sino que también ofreció apoyo económico para sus tropas. En un momento de gran precariedad, la aportación de cinco mil pesos por parte de los comerciantes locales simbolizó la voluntad colectiva de luchar por la libertad y el futuro del país.

Mientras tanto, el ejército conservador imperialista, comandado por el general Carlos Oronoz, avanzaba confiado hacia Miahuatlán. Oronoz, con el respaldo de las tropas francesas, creía que las fuerzas republicanas eran numéricamente inferiores y mal equipadas, lo que le dio una confianza excesiva para enfrentarse a Díaz. Sin embargo, lo que no comprendía el líder imperialista era que el verdadero poder de los republicanos no residía solo en el número de hombres, sino en su determinación por defender su patria y su libertad, una voluntad que pronto mostraría su fuerza en el campo de batalla.

Capítulo II: El desarrollo de la batalla y el sacrificio miahuateco

La mañana del 3 de octubre, Porfirio Díaz organizó sus tropas en Miahuatlán, consciente del inminente peligro que se acercaba desde las tierras de la Hacienda de Monjas. Colocó su infantería en las posiciones estratégicas y, acompañado de un reducido grupo de 30 jinetes, se estableció en la Loma de los Zavaleta. El enfrentamiento que se desarrollaría más tarde no solo fue una prueba de su genio estratégico, sino también del valor de los habitantes de Miahuatlán y los pueblos aledaños.

El avance de las fuerzas imperialistas fue interceptado en las primeras casas del pueblo. Los miahuatecos, liderados por el capitán Apolinar García, resistieron ferozmente la embestida de la caballería enemiga. En un acto de valentía y sacrificio, García y muchos de sus hombres perdieron la vida, pero lograron detener momentáneamente al enemigo, infligiendo importantes bajas, incluida la del comandante francés Henri Testard.

El combate en Miahuatlán fue cruento, con ambos bandos separados por el río del pueblo. En un terreno accidentado, Porfirio Díaz ordenó el toque de avance desde la Loma de los Zavaleta, al frente de los batallones Fieles de Oaxaca y Lanceros de Puebla. La carga republicana fue devastadora para las fuerzas imperialistas, quienes, incapaces de resistir el ímpetu de las tropas de Díaz, comenzaron a retroceder desorganizados. La confusión se apoderó de la infantería conservadora, y, en medio del caos, el general Oronoz huyó del campo de batalla, dejando tras de sí a 70 muertos y 400 prisioneros. Las bajas republicanas fueron significativamente menores, pero el costo humano no dejó de ser doloroso para los miahuatecos.

Capítulo III: El impacto y la trascendencia histórica

La victoria en Miahuatlán fue mucho más que un triunfo militar; fue una afirmación del poder de la voluntad frente a la adversidad. Porfirio Díaz, enfrentando a un ejército superior en número y mejor armado, con sus propias tropas mal equipadas y con escasos recursos, logró inclinar la balanza a favor de los republicanos. Como él mismo afirmó años más tarde, esta batalla fue la más estratégica de todas las que libró durante la intervención, abriéndole las puertas no solo a la ciudad de Oaxaca, sino también a Puebla y, eventualmente, a la capital del país.

Pero más allá de los logros inmediatos, la Batalla de Miahuatlán simboliza la lucha continua de México por su soberanía. En un momento en el que la nación se encontraba dividida y bajo la amenaza de fuerzas extranjeras, el espíritu de resistencia que se mostró en Oaxaca demostró que la independencia y la libertad no son meras palabras, sino ideales que requieren del sacrificio de muchos. Los hombres y mujeres de Miahuatlán, aquellos que corrieron a refugiarse en el templo del Señor San Andrés y los que tomaron las armas para defender su tierra, representan el corazón de esta lucha.

Reflexiones finales

La Batalla de Miahuatlán, en su contexto más amplio, es una lección sobre la soberanía y la capacidad de un pueblo para defender lo que le pertenece. Frente a un imperio que buscaba subyugar a una nación, las fuerzas republicanas demostraron que la lucha por la libertad no depende solo de la cantidad de soldados o de la calidad de las armas, sino de la voluntad de resistir hasta el final.

Hoy, al recordar los sacrificios de aquellos hombres y mujeres que dieron su vida por la patria, debemos reflexionar sobre el valor de la soberanía en nuestros tiempos. En un mundo cada vez más globalizado y fragmentado, la lección de Miahuatlán sigue siendo relevante: un pueblo que no defiende su identidad y sus derechos está condenado a perderlos.

Este legado de lucha y resistencia es el que debemos honrar cada 3 de octubre, no solo como un hecho histórico, sino como un recordatorio de lo que significa ser verdaderamente libre.

Porfirio Diaz:

En sus memorias, Porfirio Díaz describió la Batalla de Miahuatlán de la siguiente manera:

  • “Teniendo en cuenta la desigualdad de los elementos, pues apenas contaba con cosa de 700 hombres mal armados, desnudos, sin disciplina y con parque que no alcanzaba para mantener el fuego ni por quince minutos y sin artillería, mientras que el enemigo tenía 1400 hombres bien organizados, disciplinados, vestidos, armados y elementos de todo género; consideré la victoria de Miahuatlán como la batalla más estratégica de las que sostuve durante la guerra de intervención y la más fructuosa en resultado. Ya que me abrió el camino a las ciudades de Oaxaca, Puebla y México.”

Comentario histórico:

La reflexión de Díaz en sus memorias resalta varios elementos clave que permiten comprender no solo el contexto de la batalla, sino también la naturaleza de su liderazgo militar. La mención de las condiciones adversas en las que se encontraba su ejército —mal armados, sin parque suficiente, y sin artillería— subraya el enorme desafío al que se enfrentaba. Este contraste con las fuerzas imperialistas, que contaban con tropas mejor equipadas, bien organizadas y disciplinadas, evidencia que la victoria de Miahuatlán no fue simplemente un éxito táctico, sino un ejemplo de ingenio estratégico y un liderazgo excepcional.

Históricamente, la Batalla de Miahuatlán marcó un punto de inflexión en la Guerra de Intervención Francesa. Hasta ese momento, las tropas francesas y conservadoras gozaban de varias victorias y controlaban gran parte del territorio mexicano. Sin embargo, el triunfo de Díaz rompió el cerco sobre el sur de México y despejó el camino hacia Oaxaca, Puebla y finalmente Ciudad de México, lo que permitió a las fuerzas republicanas consolidarse y seguir avanzando en su lucha contra el Imperio de Maximiliano.

Díaz reconoce en sus memorias la importancia de esta batalla no solo por el éxito inmediato, sino por lo que simbolizó a largo plazo: la capacidad de superar a un enemigo superior en número y armamento a través de la determinación, la astucia y el profundo sentido de patriotismo que él y sus tropas compartían. Su capacidad para aprovechar el terreno y motivar a sus soldados ante circunstancias extremadamente desventajosas lo consagró como uno de los grandes estrategas militares de la época.

Además, esta victoria no solo fue significativa para la liberación de territorios estratégicos, sino que también fue un golpe moral para el Imperio y sus aliados. Mostró que el espíritu republicano y la resistencia mexicana no se doblegarían ante un ejército mejor armado y entrenado. Fue una clara demostración de que la soberanía y libertad de México no podían ser anuladas por fuerzas extranjeras, independientemente de su poderío militar.

En conclusión, la Batalla de Miahuatlán, como lo expresa Díaz, fue más que una simple confrontación bélica. Fue un momento decisivo en la historia de México que consolidó la figura de Díaz como un líder militar y que contribuyó a cambiar el curso de la guerra en favor de los republicanos.

“Los calzones de manta de un indio miahuateco”: El día que Díaz abofeteó a un aristócrata fifi.*

Porfirio Díaz, ya en la cúspide de su poder como presidente de México, jamás olvidó a sus “compañeros” de armas, aquellos hombres de campo, indígenas y mestizos, que lucharon a su lado en batallas decisivas como la de Miahuatlán el 3 de octubre de 1866. Cada año, en la misma fecha, los recibía en el Palacio Nacional, les brindaba honores y compartía con ellos como iguales. Eran, en sus palabras, los verdaderos héroes de la patria, aquellos que lo habían acompañado en los días oscuros y desafiantes de la intervención francesa. Para Díaz, esos hombres no eran simples soldados, eran hermanos, compañeros que habían cargado con el peso de la patria en su lomo.

El paso del tiempo no disminuyó su respeto por esos veteranos. Incluso en sus momentos de mayor gloria, rodeado por la aristocracia mexicana y el ambiente refinado del Palacio de Chapultepec, recordaba con orgullo su origen humilde y su conexión con el pueblo. Pero esta humildad se encontraba profundamente entrelazada con un sentido férreo de disciplina y respeto, algo que lo marcaría toda su vida.

Fue durante una elegante recepción en el Palacio de Chapultepec, una noche destinada a celebrar a las élites de la sociedad mexicana, que ocurrió uno de los episodios más recordados de la presidencia de Díaz, aunque silenciado por muchos cronistas por su intensidad. En medio de conversaciones llenas de halagos y formalidades, un joven aristócrata de nombre Guillermo Eduardo Langley y del Solar, heredero de una prominente familia de terratenientes y conocido por su arrogancia, se acercó al presidente.

Langley, educado en Europa y habituado al trato informal de las cortes extranjeras, creyó que podía ganarse la simpatía del presidente con una ligera broma. En un tono que pretendía ser jocoso, levantó su copa y, refiriéndose a la reciente reunión de veteranos, exclamó con un aire de superioridad:

—¡Compañero Díaz, brindemos por sus viejos camaradas, brindemos por sus indios de Oaxaca!

Un silencio incómodo se extendió por la sala. Todos los presentes, miembros de la alta sociedad, sabían que algo grave acababa de suceder. Porfirio Díaz, quien hasta ese momento había mantenido una postura relajada, se tensó de inmediato. En los ojos del viejo general brilló una furia que pocos habían visto desde los tiempos de la guerra. Sin decir palabra, se levantó de su asiento con una rapidez inusitada para su edad, se acercó al joven Eduardo y sin previo aviso, le asestó un fuerte bofetón que resonó en todo el salón. El joven, aturdido y avergonzado, retrocedió varios pasos mientras los murmullos llenaban la sala.

El ambiente, que hasta ese momento había sido ligero y festivo, se volvió tenso y sofocante. La sala quedó paralizada. Díaz, con una mirada que desafiaba cualquier atisbo de irreverencia, se dirigió al aristócrata con una voz grave y cortante:

—¡Compañero! —repitió con desdén—. Para llamarme compañero, muchacho, primero te hacen falta huevos para llenar los calzones de manta de un indio miahuateco. A mis compañeros se les respeta, porque ellos han derramado su sangre por esta tierra. No se atreven ni tú ni ninguno de los que están aquí presentes a compararse con ellos.

La reprimenda fue tan dura como el bofetón. El joven Langley, humillado ante los ojos de toda la alta sociedad, no encontró palabras para replicar. Su rostro estaba enrojecido, no solo por el golpe físico, sino por la vergüenza que lo consumía. No era solo la cachetada lo que lo había derribado, sino la contundencia de las palabras de Díaz, que lo hacían ver como un niño malcriado frente a un hombre que había vivido los horrores de la guerra y que aún portaba consigo la dignidad de los soldados que lo acompañaron.

El momento psicológico de Díaz:

La reacción de Porfirio Díaz fue mucho más que una explosión de ira. En ese instante, el presidente volvió a ser el general, el hombre que, años atrás, había luchado al lado de campesinos e indígenas en batallas tan significativas como la de Miahuatlán. Para él, sus “compañeros” no eran figuras decorativas del pasado, sino parte esencial de su identidad y de su victoria personal sobre las adversidades. Llamar “compañero” a Díaz de manera despectiva era, en su mente, una afrenta directa a esos hombres que le habían dado todo por la patria.

Al escuchar esa palabra salir de la boca de un joven aristócrata que no conocía el hambre, el cansancio o el peligro de la guerra, Díaz debió sentir una mezcla de desprecio y profundo malestar. En ese instante, se removieron en él recuerdos de los sacrificios de sus soldados, de los miahuatecos que defendieron su tierra con la vida, y del respeto que les debía a aquellos hombres. No podía permitir que un símbolo tan importante fuera tratado con ligereza por alguien que nunca había caminado en los mismos zapatos.

Para Díaz, los “compañeros” no eran solo veteranos de guerra, eran los pilares sobre los que se había construido su éxito y el futuro de México. El gesto del bofetón fue la encarnación física de su deseo de recordar a todos, especialmente a la élite acomodada, que la patria no se había ganado en salones refinados, sino en los campos de batalla, con el sudor y la sangre de hombres humildes.

Conclusión:

El episodio refleja no solo la personalidad fuerte y rígida de Díaz, sino también su fidelidad inquebrantable a sus orígenes y su respeto profundo por los hombres que lo acompañaron en la guerra. Fue un recordatorio contundente de que, aunque los tiempos cambiaran y las élites gobernaran, el verdadero poder y la dignidad de México residían en aquellos que habían defendido su soberanía con valor. En esa bofetada no solo se encontraba la rabia de un viejo general, sino el eco de una historia de sacrificio, lucha y patriotismo que jamás debía ser olvidada.

URDIALES Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC ®©

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Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar es notario público, abogado y escritor oaxaqueño. Fundador de la serie Apunte diario sobre letras Hipnóticas y autor de obras como Los siete ojos del gato negro y La piedra del tiempo, su estilo mezcla historia, mística, crítica social y visión futurista. Con más de 35 años de trayectoria jurídica, ha sido Consejero Jurídico del Estado de Oaxaca y hoy encabeza la Notaría Pública número 100. Su escritura explora los umbrales entre lo real y lo invisible. También es creador del idioma universal Zawki y promotor de la Fundación de Letras Hipnóticas AC.

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