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*Apunte diario sobre letras hipnóticas:
Por Arturo Vásquez Urdiales.
David Livingstone, ha salvado la vida de más de 30 millones de seres humanos, por su contribución a la cura de la malaria.
Primera crónica: En busca del explorador perdido
El sol se posaba con lentitud sobre las tierras ardientes de África, extendiendo un manto dorado sobre la vasta sabana. Era noviembre de 1871, y la humedad tropical del lago Tanganica envolvía la pequeña aldea de Ujiji, en lo que hoy conocemos como Tanzania. Allí, entre los cantes y murmullos de la jungla, un hombre emergió de entre las sombras. Henry Morton Stanley, enviado especial del New York Herald, había recorrido más de 5 mil leguas para llegar hasta este rincón olvidado del mundo. Un viajero en busca de otro viajero.
Por años, el nombre de David Livingstone había resonado en los confines del mundo civilizado. Médico, misionero y explorador, se había aventurado en el corazón de África en 1866 con la ambición de descubrir las fuentes del Nilo, el río de los dioses. Pero desde su partida, las noticias se habían vuelto cada vez más escasas, hasta desaparecer por completo en un océano de incertidumbre. ¿Había perecido en las fauces de la selva? ¿O acaso había logrado desvelar los misterios del continente negro, tan vasto como inescrutable?
Stanley, un hombre de determinación inquebrantable, había sido enviado por el editor del Herald para resolver este enigma. Su misión no era sólo periodística; era una cruzada que encarnaba el espíritu de la época: el afán europeo de dominar lo desconocido, de llevar la luz de la razón a los rincones más oscuros de la Tierra. Así, con paso firme y un propósito claro, Stanley se acercó al hombre blanco que divisó en la orilla del lago.
“Dr. Livingstone, supongo,” pronunció, con una mezcla de asombro y alivio. Aquellas palabras, sencillas y al mismo tiempo profundas, marcaron el reencuentro con una leyenda viviente, un hombre que había sobrevivido no solo a las fieras y a las enfermedades, sino al implacable olvido de la historia.

Segundo plano: Una historia de conquista y destrucción
La aldea de Ujiji, con sus humildes chozas y sus habitantes nativos, era un microcosmos de un continente desgarrado por la avaricia y la ambición extranjera. Mientras Stanley y Livingstone se encontraban, el corazón de África latía con fuerza bajo las cicatrices infligidas por el colonialismo. Europa, en su afán de poseer, de conquistar, de civilizar, había arrasado con culturas ancestrales, había impuesto sus lenguas, sus dioses, y su visión del mundo sobre una tierra que no les pertenecía.
Livingstone, pese a su misión humanitaria, no estaba exento de esta sombra. Como misionero, buscaba convertir almas; como explorador, pretendía trazar mapas donde otros sólo veían tierra sin nombre. Su búsqueda de las fuentes del Nilo, aunque revestida de un manto de nobleza, estaba imbuida del mismo espíritu que llevó a Europa a desgarrar África en la Conferencia de Berlín de 1884-1885, donde las potencias occidentales dividieron el continente como si fuera un pastel, ignorando fronteras tribales, lenguas y culturas.
Sin embargo, en la figura de Livingstone también encontramos la contradicción de un hombre atrapado entre dos mundos. Admiraba las tierras que exploraba, respetaba a los pueblos que encontraba, y denunciaba con vehemencia la esclavitud, una lacra que él mismo había presenciado en carne viva. Pero su legado es, como todos los legados de su tiempo, ambiguo. Un héroe para algunos, un intruso para otros, Livingstone personifica la compleja relación entre el descubrimiento y la destrucción, entre la conquista y la comprensión.

Reflexiones finales: El alma de lo inalcanzable
Al mirar hacia atrás, hacia la figura de Livingstone y la gesta de Stanley, es imposible no preguntarse sobre el precio de la conquista. ¿Qué ganó Europa con su voraz expansión? ¿Qué perdió África en el proceso? Estas preguntas, que resuenan en el eco de la historia, nos llevan a reflexionar sobre el verdadero significado del logro humano.
Livingstone, en su búsqueda por las fuentes del Nilo, persiguió un ideal que era a la vez tangible e inalcanzable. Como los grandes soñadores, se adentró en lo desconocido con la esperanza de encontrar respuestas, pero también con la certeza de que algunas preguntas nunca podrán ser completamente resueltas. Su viaje no fue sólo a través de la geografía, sino del alma humana, esa inquebrantable voluntad de saber, de entender, de trascender.
Pero el logro del descubridor no puede separarse de su contexto. En su afán por conquistar lo inalcanzable, Europa no solo descubrió nuevas tierras, sino que también perdió parte de su humanidad al someter y despojar a otros pueblos de la suya. La grandeza de la exploración, entonces, se entrelaza con la tragedia de la dominación.
En última instancia, la figura de Livingstone nos recuerda que los verdaderos logros no se miden solo en términos de descubrimientos, sino en la capacidad de comprender el impacto de nuestras acciones sobre el mundo y sobre los demás. Porque conquistar lo inalcanzable no es solo una cuestión de geografía, sino de ética y de humanidad.
El mosco tse-tse, el piquete del sueño.
Tercer plano, el médico humanista que dió la vida por su hermano, el hombre negro.
David Livingstone, ha salvado la vida de más de 30 millones de seres humanos, por su contribución a la cura de la malaria.
Al final dió la vida por la humanidad.
Aportes médicos a la ciencia.
El doctor David Livingstone, de cuyo nacimiento se cumplieron recientemente 210 años, es bien conocido por sus exploraciones en África, como misionero que hizo campaña en contra de la esclavitud y por su contribución al combate de las enfermedades tropicales.
En la Gran Bretaña victoriana, ciertas zonas de África se conocían como “tumbas del hombre blanco”, por el número de misioneros que sucumbía a la malaria y otras enfermedades.
Pero cuando era Livingstone quien encabezaba las expediciones, la tasa de muerte era mucho menor. La diferencia la hacía el hecho de que el pionero había descifrado cuánta quinina hacía falta para tratar la malaria: mucha.
Las anotaciones del doctor sobre la enfermedad fueron vitales para la medicina moderna.
Su aporte fue la implementación de la quinina en el tratamiento de la enfermedad”, dice Mike Barret, profesor de Parasitología de la Universidad de Glasgow, quien ha estudiado el trabajo de Livingstone. “Llevaba consigo maletas llenas de quinina a sus expediciones. Habría muerto 100 veces sin ella”, explica.
Livingstone contrajo la malaria muchas veces en sus viajes. Pero no se dio cuenta, como sabemos hoy, de que los mosquitos eran los responsables de la propagación de la enfermedad.
“Compartía la idea comúnmente aceptada entonces de que se contraía la malaria al aspirar el aire pútrido de los pantanos”, explica Barret. “La palabra viene del vocablo italiano ‘mala aria’, que significa mal aire”, indica.
“Nunca estableció la conexión de la enfermedad a los mosquitos, pero notó que había una probabilidad más grande de enfermarse en las áreas donde estos se hallaban presente”.
“La quinina -continúa el especialista- mata el parásito de la malaria. Pero Livingstone pensaba que su receta limpiaba el sistema de la malaria al despejar los intestinos. Entonces no sabía por qué funcionaba, pero su diligente sistema de anotaciones ayudó a quienes le siguieron los pasos”.
Los remedios para la malaria del célebre viajero eran conocidos como “levantadores” por sus acompañantes, ya que los ayudaba a ponerse en pie cuando caían enfermos.
A partir del éxito de Livingstone con esta medicina, la compañía farmacéutica Burroughs-Wellcome comenzó a vender una fórmula basada en su receta. La mercadearon como “Levantadores de Livingstone” y estuvieron a la venta hasta los años 20.

Entrenamiento.
Livingstone estudió medicina en la Universidad de Anderson, en Glasgow, que ahora que se llama Universidad de Stratchlyde.
Comenzó sus estudios en 1836 a la edad de 23 años. Se financió su educación con el resultado de años de duro trabajo en un molino de algodón en el poblado de Blantyre.
Siempre mostró un gran deseo de aprender. Su padre le enseñó a leer y escribir. El molino ofrecía clases en las tardes y Livingstone disfrutaba leyendo libros de ciencias naturales y religión.
Fueron las creencias religiosas las que lo llevaron a África. Después de completar su entrenamiento como doctor en Londres, se unió a la Sociedad Misionera de esa ciudad. En 1840 se embarcó con destino a Ciudad del Cabo, en Suráfrica.
Livingstone viajó lejos a predicar. Aprendió lenguas tribales y se ganó un gran respeto por su trabajo médico. Se especializó en obstetricia y oftalmología.
Mientras que durante los primeros años se concentró en su trabajo como misionero médico, sus últimos viajes tenían por objetivo la exploración. En 1849 se convirtió en el primer europeo en cruzar el desierto del Kalahari hasta el Lago Ngami, y en 1851 alcanzó la parte alta del río Zambezi.
Enfermedad del sueño
De vuelta en Gran Bretaña, Livingstone publicó su best-seller “Viajes e Investigaciones misioneras en Suráfrica”.
Se trataba de más que un recuento de sus aventuras. Reveló descubrimientos importantes que ayudaron a científicos a desarrollar un tratamiento para la tripanosomiasis africana, también conocida como enfermedad del sueño.
Livingstone, contribución médica a la humanidad.
La enfermedad ataca a humanos y animales. Livingstone sospechaba que la versión animal se transmitía por la mordida de la mosca tse-tse.
Según el profesor Barret, sus anotaciones tuvieron una “influencia enorme” cuando se identificó la enfermedad en humanos, tiempo después.
“Livingstone escribió sobre cómo trató a un caballo que contrajo fiebre después de ser mordido por una mosca. Usó una solución que contenía arsénico, y el caballo se recuperó”, dice el especialista.
“Los investigadores leyeron sus notas 50 años después y determinaron que el arsénico había tenido un efecto. Jugando con su estructura química lograron desarrollar medicamentos para tratar la tripanosomiasis humana. Drogas con contenido de arsénico todavía se usan hoy”, señala.
Últimos años.
Los descubrimientos de Livingstone tuvieron un precio. El doctor regresó a África en 1858 para explorar la región de Zambezi. Lo acompañó su esposa Mary, pero en 1862 sucumbió a la malaria.
Para cuando Livingstone encabezó su última expedición en 1866 en busca del origen del río Nilo, también había caído gravemente enfermo.
Murió en la actual Zambia, en 1873, a la edad de 60 años, víctima de la malaria y la disentería. Nunca logró encontrar la fuente del Nilo.
Treinta años después, su compatriota Scot David Bruce identificó la causa de la enfermedad del sueño. Otro científico escocés, Ronald Ross, recibiría el premio Nobel por demostrar el vínculo entre los mosquitos y la malaria.
Livingstone nunca comprendería la importancia de sus anotaciones médicas para la investigación futura.
Muchos pacientes que reciben tratamiento hoy no tienen idea de cuánto le deben a Livingstone y a los primeros pasos que dio en dirección a lo desconocido.(+*+)
(+*+)Fuente de lo último: BBC News Mundo.
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