Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Escritor, escribano y notario: tres hermanos nacidos de la misma mano
Semillas de girasol 🌻 del español en castellano
Por Arturo David Vásquez Urdiales

Hay ocasiones en que una palabra llega sin hacer ruido, se posa sobre una hoja de papel y, desde ahí, cambia el rumbo entero de una historia. No necesita anunciarse con clarines ni presentarse revestida de solemnidad. Basta con que aparezca donde no esperábamos encontrarla para que abra una puerta en el pensamiento.
Hace unos días recibí una solicitud proveniente de San Andrés Nuxiño, en la entrañable Mixteca oaxaqueña. El Comité de Pro-Festejos del templo católico me invitaba a colaborar con la celebración dedicada a San Andrés Apóstol, programada del 25 de noviembre al primero de diciembre. En el documento se pedía mi apoyo con tres borregos para solventar los gastos de la cocina comunitaria. Era una de esas peticiones que todavía conservan la antigua respiración de los pueblos: la fiesta patronal, la cooperación, la cocina encendida desde la madrugada, las manos que preparan los alimentos, la música que se aproxima por las calles y la comunidad reunida alrededor de su santo, de su memoria y de su esperanza.
Sin embargo, hubo un detalle que capturó inmediatamente mi atención. El oficio no estaba dirigido al “señor notario”, como podría esperarse, sino al:
“C. Escritor Arturo David Vásquez Urdiales”.
La palabra quedó allí, escrita con tinta azul, humilde y luminosa: escritor.
La primera reacción podría ser pensar que se trata simplemente de un error. Quizá alguien quiso escribir “notario” y terminó poniendo “escritor”. Tal vez confundió escritor con escribano, o escribano con notario. Pero las palabras populares rara vez se equivocan por completo. A menudo tropiezan en la forma y aciertan en el fondo. Se desvían del diccionario, pero llegan directamente al corazón de las cosas.
Mis paisanos de San Andrés acaso no saben que escribo columnas. Probablemente ignoran que existe este Apunte diario sobre Letras Hipnóticas. Quizá nunca han leído las Semillas de girasol del español en castellano ni conocen las andanzas del Duende Urdiales por el vertiginoso trayecto de la eñe. Es muy posible que no sepan que, además de abogado y notario, cultivo la escritura literaria, publico libros y persigo palabras extraviadas entre los siglos.
Entonces, ¿por qué me llaman escritor?
La respuesta puede hallarse en una intuición más antigua y más profunda que cualquier clasificación profesional.
Para quienes viven en una comunidad y acuden ante el notario, el notario es, ante todo, el hombre que hace las escrituras. Es quien escribe el documento de la casa, del terreno, de la compraventa, del testamento o de la voluntad familiar. Es quien pone por escrito aquello que antes era únicamente palabra, recuerdo, promesa o acuerdo. En el imaginario de San Andrés, por tanto, quien hace escrituras bien puede ser llamado escritor.
No sería entonces un error, sino una traducción afectiva del oficio.
El pueblo observa la acción esencial y le da nombre. No se detiene en las diferencias técnicas entre literatura, fe pública, protocolo o función notarial. Mira al hombre inclinado sobre las hojas, escucha el sonido de las firmas y concluye con una lógica transparente: quien escribe nuestras escrituras es nuestro escritor.
Esa forma de nombrar posee una ternura extraordinaria. Es cálida, apapachable, grandiosa. No nace de la ignorancia, sino de una concepción del mundo en la que las profesiones todavía se reconocen por aquello que hacen y por el servicio que prestan a la comunidad. El carpintero trabaja la madera; el campesino trabaja la tierra; el panadero prepara el pan; el escritor escribe. Y si el notario hace escrituras, entonces también es escritor.
Tal vez, dentro de esa mirada originaria, no existe una frontera infranqueable entre escritor, escribano y notario. Los tres trabajan con la palabra. Los tres rescatan algo de la fugacidad. Los tres impiden que una voluntad se pierda en el aire. Los tres dejan constancia.
No debemos corregir con dureza esa manera de nombrar. Al contrario: debemos recibirla con afecto, con aprecio y con amor por la Mixteca, porque en ella hay una verdad que las facultades de derecho, las academias de la lengua y los tratados profesionales a veces olvidan: antes de ser una categoría jurídica, escribir es un acto de memoria.
Y así, desde aquella palabra manuscrita por mis paisanos, aparece la pregunta que merece convertirse en una nueva semilla de girasol:
¿Qué es un escritor, qué fue un escribano y qué hace un notario?
Las tres voces están unidas por una antigua fraternidad. Todas viven alrededor del mismo prodigio: transformar la voz en signo, el pensamiento en línea, la voluntad en documento y la memoria en permanencia.
La palabra escritor procede del latín scriptor, derivado de scribere, que significa escribir. En su origen, el escritor era simplemente aquel que escribía. No necesariamente un novelista, un poeta o un ensayista, como tendemos a imaginar hoy. Podía ser un copista, un secretario, un amanuense o cualquier persona dedicada a fijar palabras sobre una superficie.
Con el tiempo, el escritor se convirtió en el creador de obras literarias o intelectuales. Es el sembrador de ideas, el arquitecto de mundos invisibles, el ser humano que toma experiencias, recuerdos, dolores, sueños y preguntas para convertirlos en lenguaje. El escritor no necesita certificar jurídicamente los hechos. Puede incluso inventarlos. Sin embargo, mediante la ficción, la crónica, la poesía o el ensayo, en ocasiones alcanza verdades que ningún expediente podría contener.
El escritor crea memoria.
Toma aquello que estaba condenado a desaparecer y le concede otra vida. Un rostro perdido, una infancia, una calle, una batalla, un amor o una palabra antigua pueden sobrevivir durante siglos gracias a la mano de quien los escribió.
El escribano, por su parte, posee una historia especialmente larga y rica. La palabra deriva de escribir y durante siglos designó a quien sabía redactar documentos en sociedades donde la escritura era un conocimiento escaso y valioso. El escribano levantaba actas, preparaba contratos, copiaba manuscritos, registraba compraventas, testamentos, matrimonios, sentencias y acuerdos.
En la España medieval y renacentista existieron diversas clases de escribanos. Algunos prestaban servicio en las cortes; otros trabajaban para los concejos; otros intervenían en asuntos judiciales; y los escribanos públicos daban autenticidad a determinados actos y documentos. Eran depositarios de la memoria administrativa, judicial y patrimonial de pueblos enteros.
El escribano no se limitaba a mover la pluma. Escuchaba, ordenaba, redactaba y conservaba. Traducía la voluntad oral al lenguaje estable del documento. Allí donde dos personas habían hablado, él dejaba una escritura. Allí donde podía surgir una disputa, él dejaba una constancia.
Por eso, en varios países de América del Sur, especialmente Argentina, Uruguay y Paraguay, continúa utilizándose la palabra escribano para denominar al profesional que ejerce funciones semejantes a las del notario mexicano. La voz no murió. Cruzó el océano, echó raíces y permaneció viva.
El escribano conserva memoria.
La palabra notario sigue otro cauce etimológico. Proviene del latín notarius, relacionado con nota, es decir, signo, marca o anotación. En el mundo romano, los notarii eran personas capacitadas para escribir rápidamente mediante signos y abreviaturas. Podían registrar discursos, declaraciones o acontecimientos con una velocidad que resultaba extraordinaria para su época.
Con el paso de los siglos, aquella figura se transformó. La escritura rápida fue cediendo su lugar a una función más compleja: documentar con autoridad, autenticar actos, comprobar identidades, interpretar la voluntad de las personas y otorgar seguridad jurídica.
El notario moderno no es solamente quien redacta. También escucha, asesora, previene, examina, interpreta y da fe. Su labor consiste en procurar que la voluntad humana encuentre una forma jurídica válida, clara y perdurable.
Cuando una persona dispone de sus bienes mediante testamento, el notario protege esa última voluntad. Cuando una familia adquiere una casa, el notario convierte la operación en certeza documental. Cuando se constituye una sociedad, se transmite una propiedad o se formaliza un acuerdo, la intervención notarial busca evitar que el tiempo, la confusión o la mala fe destruyan aquello que las personas quisieron establecer.

El notario garantiza memoria.
De este modo, las tres palabras parecen hermanas separadas por los siglos. El escritor crea memoria; el escribano la conserva; el notario la autentica y la protege. Uno trabaja principalmente con la imaginación y el pensamiento; otro con la redacción y la constancia histórica; el tercero con la voluntad, la legalidad y la fe pública.
Pero los tres proceden de una misma escena: un ser humano frente a una superficie en blanco, dispuesto a impedir que las palabras se las lleve el viento.
Y aquí comienza otro tramo de nuestro viaje, porque el Duende Urdiales no camina solamente por la eñe. También recorre el pedregoso, empedrado, abrupto, voluptuoso, entrañable y en ocasiones tropezoso camino de la che.
Aunque desde 1994 la Real Academia Española decidió que la ch dejara de considerarse una letra independiente para efectos de la ordenación alfabética, muchos hispanohablantes seguimos sintiendo que posee personalidad propia. La Academia puede colocarla entre la c y la d según las reglas de ordenación modernas, pero no puede impedir que la memoria popular continúe reconociéndola como una unidad sonora y afectiva.
Para mí, la che seguirá siendo una sola letra.
Porque la che no es únicamente una combinación de dos signos. Es un golpe de voz. Es chocolate, chamaco, charro, chile, chicle, chapulín y Chihuahua. Es la chispa del idioma mexicano, el sonido que brinca, canta, protesta, juega y se ríe. Es también chamba, palabra imprescindible para comprender el esfuerzo cotidiano: la labor diaria, el oficio, el trabajo que sostiene la vida.
La chamba del escritor es escribir.
La chamba del escribano fue dejar constancia.
La chamba del notario es dar certeza.
La chamba del Duende Urdiales consiste en caminar, recoger palabras caídas en la vereda, quitarles el polvo, preguntarles de dónde vienen y volver a sembrarlas como girasoles.
Pero México todavía guarda otra letra que le pertenece de manera entrañable: la X.
¿Qué cosa puede ser más mexicana que la X?
México.
Oaxaca.
Xochimilco.
Xochipilli.
Xóchitl.
Mixteca.
Texcoco.
La X mexicana es una piedra antigua sobre la cual permanecen grabadas numerosas capas de nuestra historia. Algunas veces suena como jota, como en México y Oaxaca. Otras veces suena como ese, como en Xochimilco. En ciertas palabras conserva pronunciaciones vinculadas con las lenguas originarias, y en otras recuerda sonidos antiguos del castellano.
La X hermana territorios, lenguas y memorias. Une a México con Oaxaca; se asoma en Jalisco a través de su historia gráfica; aparece en nombres propios, apellidos y poblaciones. Es una encrucijada donde se encuentran el castellano medieval, el náhuatl, las lenguas de nuestros pueblos y las transformaciones de la pronunciación.
España posee como emblema entrañable la eñe. México guarda, al menos, dos letras del alma: la che y la X.
Y Oaxaca, donde las lenguas no solamente se hablan sino que respiran, podría levantar su propia constelación de signos.
Quizá mis paisanos de San Andrés creyeron que se habían equivocado cuando escribieron “escritor” en lugar de “notario”. Yo prefiero pensar que acertaron desde otro sitio.
Me llamaron por aquello que, a sus ojos, hago.
Escritor porque hago escrituras.
Escritor porque convierto la voluntad en palabras.
Escritor porque dejo sobre el papel aquello que no debe perderse.
Escritor porque, en la mirada limpia de una comunidad, el notario continúa siendo un descendiente del antiguo escribano.
Y escritor también, aunque acaso ellos no lo sepan, porque cada día recorro palabras, redacto historias y cultivo estas semillas de girasol del español en castellano.
No existe contradicción.
Existe continuidad.

Tal vez el escritor, el escribano y el notario nunca estuvieron verdaderamente separados. Los dividieron las academias, los oficios, las leyes y los siglos, pero los reúne el mismo gesto humano: inclinarse ante la página para salvar algo del olvido.
Por eso recibo aquella palabra no como una equivocación, sino como un abrazo de la Mixteca.
Un abrazo escrito con tinta azul.
Un nombramiento popular, espontáneo y afectuoso.
Una manera de decir: tú eres quien escribe lo nuestro, quien recoge nuestra voluntad y la deja caminando hacia el porvenir.
Y mientras exista una palabra extraviada, una escritura por otorgar, una voluntad por proteger, una historia por contar o una letra por rescatar del polvo de los siglos, el Duende Urdiales continuará avanzando por el impetérrito, abrupto, escabroso, pedregoso, tropezoso y entrañable trayecto de la eñe, de la che y de la inmortal X mexicana.


