DON CHICHO Y EL INMORTAL MAKAKIKUS

Apunte diario sobre Letras Hipnóticas

Semillas de girasol 🌻 del español en castellano

Para mi querido amigo y a su memoria: Narciso Reyes. El inmortal Chicho: Juan Diego

Hay palabras que nacieron para vivir en los diccionarios. Otras nacieron para vivir en la calle. Y unas cuantas, las más afortunadas, lograron conquistar ambos mundos: el de la lengua culta y el de la memoria popular. La semilla de girasol de hoy pertenece a esa estirpe luminosa. Se llama hipocorístico. Confieso que, la primera vez que la escuché, pensé que algún médico acababa de descubrir una enfermedad griega. Nada más lejos de la realidad. Un hipocorístico no es una dolencia; es una caricia convertida en palabra. Es el nombre que la lingüística da a esos apelativos afectuosos con los que una comunidad termina apropiándose de un nombre propio para hacerlo más cercano, más familiar, más humano.

Así nacieron Pepe, Paco, Pancho, Curro, Nacho, Chuy, Lupita, Conchita, Chema, Toño, Lola, Memo y centenares de nombres que muchas veces sobreviven al original. Llega un momento en que el hipocorístico deja de ser un diminutivo para convertirse en una identidad. Hay personas cuyo verdadero nombre casi nadie recuerda porque el apodo afectuoso terminó derrotando a la partida de nacimiento.

Y entonces apareció el cine mexicano.

La Época de Oro comprendió algo que ningún tratado de filología había explicado con tanta gracia: el pueblo ama las palabras que puede hacer suyas. Joaquín Pardavé lo sabía perfectamente. Bastaba verlo aparecer en pantalla para que el idioma comenzara a sonreír. Uno de sus personajes más queridos fue Don Chicho. Durante décadas, millones de mexicanos repitieron ese nombre con absoluta naturalidad. Muy pocos se preguntaron cómo se llamaba realmente aquel simpático personaje. La respuesta sorprende: Don Narciso Escalera. Sí, Chicho era el hipocorístico de Narciso. El cariño popular había hecho el resto.

Pero Pardavé todavía guardaba un último as bajo la manga.

Makakikus.

¿Qué significa?

Absolutamente nada.

¿Está en el diccionario?

No.

¿Tiene etimología?

Tampoco.

Y, sin embargo, varias generaciones de mexicanos la reconocen de inmediato. Esa es una de las mayores paradojas del idioma: existen palabras inexistentes que poseen más vida que muchas palabras perfectamente registradas por la Academia. Makakikus no necesitó definición porque encontró un hogar mucho más resistente que cualquier diccionario: la memoria colectiva.

El Duende Urdiales, caminante de la vereda del Vertiginoso Trayecto de la Eñe, sostiene hoy entre sus manos dos semillas extraordinarias. En la izquierda lleva HIPOCORÍSTICO, larga, solemne, casi doctoral. En la derecha sostiene MAKAKIKUS, juguetona, irreverente, imposible de domesticar. Sonríe. Las observa. Las hace girar bajo el sol. Y comprende que ambas pertenecen a la misma familia secreta: la de las palabras que producen felicidad.

Porque el idioma no solamente sirve para redactar constituciones, sentencias, tratados filosóficos o poemas inmortales. También sirve para provocar una carcajada. Para abrazar a un hijo con un apodo. Para que una abuela invente un nombre que nadie más comprenderá. Para que un actor genial haga inmortal una palabra que jamás había existido.

Quizá ahí reside el verdadero milagro del español. No es un museo de vocablos inmóviles. Es un jardín. Un inmenso campo de girasoles donde unas semillas nacen en latín, otras llegan del árabe, algunas viajan desde el náhuatl, otras brotan del griego y, de cuando en cuando, aparece un cómico extraordinario que siembra una palabra imposible… y el pueblo, con esa sabiduría que nunca necesita permiso de los académicos, decide regarla durante generaciones.

Por eso, cuando alguien pronuncie Don Chicho, recuerde que detrás sonríe un antiguo Narciso. Y cuando escuche Makakikus, no pregunte si existe. Pregunte cuántas sonrisas ha provocado. Porque hay palabras cuya definición no cabe en un diccionario: solamente caben en el corazón de un pueblo.

Así continúa su viaje el Duende Urdiales, sembrando girasoles donde otros solo ven letras, convencido de que cada palabra rescatada del olvido vuelve un poco más luminosa la lengua que hablamos y el mundo que compartimos.

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