APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS
Capitulo III
Por Arturo Vásquez Urdiales
La civilización humana produjo dos de las invenciones más extraordinarias de su historia: el derecho y el símbolo.
Sin el derecho no existiría la convivencia organizada.
Sin el símbolo no existiría el propio derecho.

Una firma vale porque simboliza una voluntad. Un sello vale porque representa una autoridad. Un escudo, una bandera, un acta de nacimiento, una escritura pública, un pasaporte o una sentencia judicial poseen eficacia porque los seres humanos aceptamos que determinados objetos materiales representan realidades invisibles.
La tinta es solamente tinta.
El papel es solamente papel.
El sello es únicamente un fragmento de caucho impregnado de pigmento.
Y, sin embargo, esos objetos transfieren propiedades, crean obligaciones, reconocen hijos, fundan empresas, protegen ejidos, transmiten herencias y garantizan libertades.
Vivimos inmersos en un océano de símbolos.
Sin ellos no existiría la civilización.
Pero toda gran creación humana encierra también un peligro.
El símbolo puede servir a la razón.
O puede reemplazarla.
Cuando el símbolo deja de ser un instrumento y se convierte en un fin, comienza a nacer una religión secular.
No una religión dedicada a Dios.
Sino una religión dedicada al expediente.
Los antiguos sacerdotes custodiaban templos.
Los nuevos sacerdotes custodian archivos.
Aquellos interpretaban signos sagrados.
Éstos interpretan reglamentos, formatos, sellos, firmas, códigos, anexos y requisitos.
Los primeros decidían quién podía entrar al santuario.
Los segundos deciden quién puede atravesar la puerta del trámite.
Naturalmente, toda sociedad necesita procedimientos. Ningún Estado moderno puede funcionar sin reglas, sin controles, sin formalidades y sin mecanismos que otorguen seguridad jurídica.
El problema comienza cuando la forma sustituye al propósito.
Cuando el expediente adquiere mayor importancia que la persona.
Cuando el sello pesa más que la verdad.
Cuando el color de una tinta parece importar más que la autenticidad de una voluntad.
Entonces el derecho deja de ser una herramienta para servir al ciudadano y comienza a comportarse como un ritual.
En ese instante aparece una liturgia silenciosa.
El ciudadano hace fila.
Presenta documentos.
Entrega copias.
Regresa por otra firma.
Obtiene una constancia para solicitar otra constancia.
Corrige un detalle insignificante.
Vuelve días después.
Recibe un nuevo requisito.
Regresa nuevamente.
No siempre porque la ley lo exija.
Muchas veces porque la costumbre terminó ocupando el lugar de la razón.
La burocracia posee sus propios objetos sagrados.
El sello.
La rúbrica.
El membrete.
La carpeta.
La copia certificada.
El oficio.
El folio.
El color autorizado de la tinta.
Cada uno de ellos cumple una función legítima mientras permanece subordinado al objetivo de impartir certeza y justicia.
Pero cuando el procedimiento se independiza de su finalidad, el expediente comienza a adquirir una especie de sacralidad.
Ya nadie pregunta por qué.
Simplemente se responde:
«Así se hace.»
Y esa frase, quizá la más peligrosa de toda administración pública, sustituye al razonamiento.
La filosofía nació precisamente para formular la pregunta que los rituales procuran evitar:
¿Por qué?
¿Por qué esa firma y no otra?
¿Por qué ese color y no otro?
¿Por qué ese requisito?
¿Por qué ese sello?
¿Por qué esa negativa?

Toda civilización progresa cuando se atreve a preguntar el origen de sus símbolos.
Porque solamente comprendiendo el origen de nuestros rituales podremos distinguir cuáles protegen la justicia y cuáles únicamente perpetúan la costumbre.
El derecho no fue creado para venerar expedientes.
Fue creado para proteger personas.
Y quizá la primera reforma que toda burocracia necesita no sea tecnológica ni administrativa.
Sea, simplemente, filosófica.
Recordar que detrás de cada hoja existe un ser humano.
Que detrás de cada firma existe una voluntad.
Y que detrás de cada expediente existe una historia que espera, no un rito que deba prolongarse indefinidamente.


