Plutarco Elías Calles, la Condecoración Masónica en Torreón (1926) y la Guerra Cristera
DAVID VÁSQUEZ TOVAR Historiador e Investigador Especializado en Historia Política y Religiosa de México | 23 de julio de 2026
El 16 de diciembre de 1926, la República Mexicana atravesaba la primera fase de una conflagración civil devastadora. Tras la promulgación del Decreto de Reforma al Código Penal para el Distrito y Territorios Federales —popularmente conocido como la Ley Calles— y la posterior suspensión del culto público por parte del episcopado mexicano en agosto de ese año, el campo de batalla del centro y occidente del país se cubrió de fuego. Mientras en los Altos de Jalisco, Michoacán y Colima la insurgencia cristera cobraba sus primeras miles de víctimas, en el norte, la diplomacia masónica rendía homenaje al arquitecto del Estado postrevolucionario. En el salón de la Respetable Logia Simbólica Benito Juárez N.º 7 de la ciudad de Torreón, Coahuila, el presidente Plutarco Elías Calles recibió una medalla de oro. La distinción, concedida por el taller que llevaba el nombre del gran reformador liberal del siglo XIX, era un reconocimiento público a su «fidelidad al proyecto masónico y anticlerical». La paradoja histórica resultaba brutal: mientras el jefe del Ejecutivo federal era honrado en un ritual masónico, miles de mexicanos —campesinos, operarios e intelectuales católicos— empuñaban las armas bajo la bandera de «¡Viva Cristo Rey!», dispuestos a entregar la vida frente al poder central. Este episodio, lejos de constituir una anécdota marginal en la crónica oficial, condensa las tensiones axiales del proceso de reconstrucción nacional: el antagonismo irreducible entre un Estado empeñado en la construcción de una nación laica y una sociedad tradicional que advertía en la legislación secularista una amenaza existencial a su identidad comunitaria.
I. LA MASONERÍA EN LA CONFIGURACIÓN HISTÓRICA DEL ESTADO MEXICANO Para comprender la significación del acto ceremonial de diciembre de 1926, resulta indispensable rastrear la génesis de la sociabilidad masónica en el desarrollo político de México. Lejos de constituir una sociedad meramente contemplativa, la masonería operó desde la alborada republicana como un vehículo de reclutamiento de élites, formación partidista e ingeniería institucional.
Yorkinos, Escoceses y el Rito Nacional Mexicano Durante la década de 1820, las logias masónicas sustituyeron la ausencia de partidos políticos formales. El Rito Escocés Antiguo y Aceptado, de sesgo conservador y centralista (encabezado por figuras como Lucas Alamán), rivalizó frontalmente con el Rito de York, promovido por el ministro estadounidense Joel R. Poinsett y adoptado por la facción federalista (Vicente Guerrero). Más adelante, la creación del Rito Nacional Mexicano (RNM) en 1825 buscó nacionalizar el movimiento. Benito Juárez y la generación de la Reforma abrevaron en la ideología de la ilustración secular, utilizando el instrumental legal del Estado para consumar la separación de las esferas secular y eclesiástica en las Leyes de 1859.
ÉPOCA HISTÓRICA
ROL DE LA MASONERÍA POLÍTICA EN MÉXICO
1820s
Yorkinos vs. Escoceses (Lucha por la estructura del Estado incipiente).
1850s
Rito Nacional Mexicano y la Generación de la Reforma (Separación Iglesia-Estado).
1880s – 1910s
Pax Porfiriana (Gran Dieta Simbólica bajo Díaz) y faccionalismo revolucionario (Madero, Carranza, Obregón).
1920s
Institucionalización anticlerical y consolidación del laicismo (Calles y el Maximato).
II. EL PROYECTO CALLISTA Y LA OFENSIVA LAICA (1924-1926) Plutarco Elías Calles asumió la presidencia en diciembre de 1924 con un programa claro: transformar a México en un Estado-nación moderno, capitalista e institucional. Desde la perspectiva de la élite sonorense, la Iglesia católica representaba un obstáculo estructural para la soberanía del Estado, el progreso educativo y la lealtad cívica de las masas. Calles, iniciado en la logia Helios de Guaymas, Sonora, concebía la religión como una manifestación de atraso que competía directamente con la autoridad estatal. Su biografía personal —huérfano de padre, casado por lo civil en 1899 en una ceremonia de tintes jacobinos— reforzaba una convicción que se volvió programa de gobierno.
«No estamos combatiendo a la religión ni a la fe de nuestro pueblo; estamos defendiendo la majestad de la ley y la supremacía de la autoridad civil sobre el fuero eclesiástico.» — Plutarco Elías Calles.
El detonante del enfrentamiento abierto se produjo tras la promulgación de la Ley Calles (14 de junio de 1926). Esta normativa penalizaba severamente el culto fuera de los templos, el uso de hábitos en la vía pública y la enseñanza confesional. La respuesta de la jerarquía eclesiástica y de la sociedad civil, organizada a través de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR), escaló desde el boicot económico hasta la suspensión general del culto (31 de julio). Para el otoño de 1926, el Bajío y el occidente del país ardían bajo el lema de «¡Viva Cristo Rey!».
III. LA CONDECORACIÓN EN TORREÓN Y EL CONTRASTE SIMBÓLICO En medio de este clima bélico y con la amenaza latente de intervencionismo exterior por la cuestión petrolera, Calles realizó una gira por el norte del país. En la Comarca Lagunera, el 16 de diciembre de 1926, la masonería local le entregó la mencionada medalla de oro. El otorgamiento poseía una carga simbólica indiscutible: implicaba el aval cerrado de las redes masónicas a la política de mano dura del gobierno federal. La simultaneidad entre el derramamiento de sangre en el frente cristero y el boato ceremonial masónico en Torreón revela las profundas fracturas culturales del México de los años veinte. Mientras la insurgencia rural defendía la libertad de culto y el martirio sacramental, el Estado aplicaba estrictamente la ley, buscando consolidar la modernización autoritaria y el «Triunfo de la Razón». La historiografía reciente ha comenzado a desentrañar los mecanismos de esta relación. La masonería actuó en realidad como el aparato ideológico no oficial del régimen, un actor político con intereses y una cultura propia que supo aprovechar la Revolución para consolidar su influencia. La medalla de oro concedida a Calles representó el reconocimiento formal de que la causa administrativa era, en última instancia, la consumación del proyecto iniciado en el siglo XIX: la subordinación total del clero al orden civil.
IV. CONCLUSIÓN: EL ECO DE LA MEDALLA El 16 de diciembre de 1926 condensa en un único instante la tragedia y la determinación de la reconstrucción nacional mexicana. La medalla de oro de la Logia Benito Juárez no fue un acontecimiento menor; fue la ratificación solemne de un pacto ideológico que definió la historia del país. La Guerra Cristera dejó un saldo humano inmenso, estimado en más de 200,000 muertos, y despobló regiones enteras. Mientras en las montañas miles de campesinos morían defendiendo su fe, en el recinto masónico se celebraba el avance del Estado secular. La medalla brilla aún hoy en los archivos como un recordatorio elocuente de que la construcción de una nación moderna nunca es un proceso exento de violencia, y que las ideas, cuando se imponen desde el poder absoluto, pueden convertirse en las armas más afiladas.
REFERENCIAS (ESTILO APA 2026)
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