Por Dr. David Vásquez Tovar
Letras Hipnóticas | 19 de julio de 2026
Valladolid — Iguala — Ciudad de México — Padilla


I. La hora de los fusiles

A las seis de la tarde del 19 de julio de 1824, en la polvorienta plaza de Padilla, Tamaulipas, un hombre de cuarenta y un años se arrodilló frente a un pelotón de fusileros. Llevaba una chaqueta azul oscura, pantalones blancos y un sombrero de copa que se negaba a caer, como si él mismo se resistiera a la gravedad del momento. Antes de que el oficial diera la orden, el condenado pidió la palabra. Se la concedieron. No había prisa: la muerte, como los buenos vinos, también espera su momento.

—Mexicanos —dijo, con la voz clara y firme de quien ha mandado ejércitos y ha firmado decretos con su puño y su letra—, en el acto mismo de mi muerte, os recomiendo amor a la patria y observancia a nuestra santa religión. Yo muero con honor, no como traidor.

Luego, con un gesto que desconcertó a sus verdugos, repartió entre los soldados las onzas de oro que llevaba consigo, monedas brillantes que caían sobre las manos callosas de quienes iban a matarlo. Un detalle que, si no fuera trágico, resultaría casi cómico: el hombre que había sido emperador pagaba a sus propios ejecutores. Aceptó que le vendaran los ojos. Se puso en pie, erguido, la espalda recta como un mástil. El pelotón disparó. Las balas le atravesaron el pecho y la cabeza.

Agustín de Iturbide, el primer emperador de México, el consumador de la Independencia, el hombre que había unificado a realistas e insurgentes bajo una sola bandera —la bandera que él mismo diseñó, con sus tres colores y su águila posada sobre el nopal—, cayó sobre el polvo de una villa que el tiempo terminaría tragando. El «pueblo sumergido» de Padilla, engullido décadas después por las aguas de la presa Vicente Guerrero, guarda aún en el fondo de su lago la memoria de aquel disparo. Hay cierta justicia poética en que el lugar donde murió el emperador terminara bajo el agua: como si la tierra misma quisiera borrar el pecado de haberlo fusilado.

Iturbide no murió como un traidor, aunque el Congreso se empeñó en llamarlo así. Murió como un hombre que, en sus últimas horas, se aferró a la dignidad de su propia leyenda. Pero el Congreso, que lo había declarado «traidor a la patria y enemigo público del Estado», se aseguró de que su nombre quedara marcado con el hierro del infame. No fue la justicia, sino la ley —una ley hecha a la medida del miedo— la que lo condenó. Como escribió la investigadora Silvia Martínez del Campo Rangel, a Iturbide «lo asesinó la ley, que no la justicia, y por órdenes del legislador, que no del juez». El Congreso lo degradó a una categoría subhumana, privándolo de toda posibilidad de ser oído ante un tribunal. Se actuó, en palabras de un crítico, «contra derecho, contra legem, contra justicia, contra gratitud y contra decoro».


II. El hijo de la Nueva España

Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu nació el 27 de septiembre de 1783 en Valladolid —hoy Morelia—, una ciudad de calles empedradas y campanas de iglesia que entonces era la capital de la intendencia de Michoacán. Era hijo de un inmigrante vasco de antepasados nobles, don José Joaquín de Iturbide y Arregui, y de una dama michoacana, doña Josefa de Arámburu y Carrillo de Figueroa, criolla. La familia, acomodada y orgullosa de su linaje, lo ingresó en el seminario de Valladolid, donde el joven Agustín estudió latinidad y filosofía. Pero la sotana no era para él. Pronto cambió la vocación religiosa por la carrera militar. Quizás intuyó que el poder de una espada es más inmediato que el de un sermón.

En 1797, con apenas catorce años —aunque algunas fuentes señalan que fue a los diecisiete—, ingresó como alférez en el regimiento de infantería provincial de su ciudad. A los veintidós, contrajo matrimonio con Ana María de Huarte, hija de un acaudalado michoacano. Era un joven apuesto, de mirada profunda y modales corteses, pero también de una ambición que no conocía límites. El ejército realista le ofrecía un camino de ascenso, y él lo recorrió con la velocidad de un cometa. Como escribió algún cronista, Iturbide no era un hombre que esperara que las cosas sucedieran; era un hombre que las hacía suceder, aunque para ello tuviera que empujar el destino con ambas manos.


III. El realista feroz

Cuando el cura Miguel Hidalgo lanzó el Grito de Dolores en 1810, Iturbide ya era alférez del regimiento provincial de Valladolid. Recibió una carta del propio Hidalgo ofreciéndole el grado de teniente general de los ejércitos insurgentes. Iturbide rechazó la oferta. En sus memorias, escritas durante su exilio en Liorna, explicó que los planes de Hidalgo, «mal concebidos, llevarían a la ruina a la Nueva España». Era un realista convencido, o al menos un realista que sabía de qué lado estaban el poder y el dinero.

Los siguientes diez años los dedicó a perseguir a los insurgentes con una ferocidad que le valdría el odio de los independentistas y el respeto de los virreyes. Combatió en el Monte de las Cruces, capturó al temible guerrillero Albino García, tomó Valle de Santiago mediante una estratagema que hizo creer a los insurgentes que atacaba con toda una división, y liquidó las tropas de Ramón Rayón en Salvatierra. El virrey Calleja lo ascendió a coronel del regimiento de Celaya.

Pero su fama más siniestra la ganó arrasando poblados que pudieran servir de base social a los rebeldes y fusilando a todo insurgente que caía en sus manos, inclusive a varias mujeres a las que acusó de «seductoras de tropa». Como señala el historiador Enrique Krauze, Iturbide fue «el primer militar realista que tomó conciencia de que no combatía una guerra regular contra los insurgentes, sino a una guerra de guerrillas, a la que sólo podía derrotar si destruía la base social que la hacía posible». Era, en otras palabras, un estratega brillante y un militar despiadado. Dos cualidades que, en el arte de la guerra, suelen ir de la mano.

Fue también el primero en vencer a José María Morelos, mediante la estratagema de infiltrarse entre los insurgentes y crear pánico y confusión. Repitió su victoria en Puruarán, donde tomó preso a Mariano Matamoros. En tres años, Iturbide había ascendido de teniente a coronel, convirtiéndose en uno de los oficiales más temidos y respetados del ejército virreinal.

Pero su carrera no estuvo exenta de escándalos. En 1816, el virrey lo retiró del Bajío después de que se presentaran cargos en su contra por el uso del mando para crear monopolios comerciales, saquear propiedad privada y malversar fondos. Al año siguiente, los cargos fueron retirados. Absuelto, Iturbide hubiera podido regresar al mando, pero lo rechazó por resentimiento. El resentimiento, ese combustible de los grandes cambios históricos, comenzaba a fermentar en el alma del coronel.


IV. El abrazo de Acatempan

A fines de 1820, el coronel realista Iturbide, de treinta y siete años, dio un giro que sorprendió a propios y extraños. Se volvió en contra del régimen al que había servido tan fielmente y proclamó una nueva rebelión. El 24 de febrero de 1821, en la población de Iguala, promulgó el Plan de Iguala, un programa de tres garantías: Independencia, Religión y Unión. El virrey rechazó el Plan y puso a Iturbide fuera de la ley. Pero la mayoría de las guarniciones y ciudades se sumaron a la causa.

El 10 de febrero de 1821, Iturbide se entrevistó con Vicente Guerrero en Acatempan. El abrazo de Acatempan, inmortalizado en la pintura y la leyenda, selló la alianza entre el realista y el insurgente. Juntos, formaron el Ejército Trigarante, que marchó hacia la Ciudad de México. El 24 de agosto de 1821, Iturbide firmó con el virrey Juan de O’Donojú los Tratados de Córdoba, que ratificaban el Plan de Iguala y reconocían la independencia de México. La guerra de Independencia había terminado. Iturbide, el verdugo de insurgentes, se había convertido en el Libertador.

Fue un cambio de chaqueta tan espectacular que aún hoy los historiadores discuten si fue oportunismo o genio político. Probablemente, un poco de ambas cosas. Como escribió Lucas Alamán, Iturbide «no era un hombre de principios, sino de conveniencias». Pero también es cierto que, sin él, la Independencia podría haberse prolongado otra década de sangre y fuego. A veces, la historia necesita de hombres sin escrúpulos para hacer el trabajo sucio de la libertad.


V. El emperador de los mexicanos

La noche del 18 de mayo de 1822, una facción del ejército, encabezada por el regimiento de Celaya, proclamó a Iturbide emperador. El Congreso, presionado por los fusiles, ratificó la proclamación. El 21 de julio, Iturbide fue coronado como Agustín I, Emperador de México.

Pero el imperio fue breve. El Congreso Constituyente, que veía con recelo el poder del emperador, se convirtió en su principal adversario. Iturbide, harto de la oposición, ordenó la disolución del Congreso. Fue un error fatal. Como señala el historiador Timothy E. Anna en su obra El imperio de Iturbide, un imperio construido sobre la ambición personal y la lealtad de los fusiles no podía durar en una tierra que había aprendido a desconfiar de los reyes.

El 1 de febrero de 1823, Antonio López de Santa Anna y José Antonio de Echávarri promovieron el Plan de Casa Mata, que exigía la restitución del Congreso y desconocía al gobierno de Iturbide. Diversos militares se adhirieron al plan. El 19 de marzo de 1823, Iturbide abdicó al trono. Había gobernado apenas diez meses. Su imperio duró menos que un embarazo, y tuvo un final igualmente doloroso.


VI. El exilio y el regreso

El Congreso, que no admitió su abdicación porque la consideró «viciada de origen», lo condenó al exilio. El 30 de marzo de 1823, Iturbide salió de México rumbo a Liorna, Italia. Su familia lo acompañó. Durante su exilio, escribió sus memorias, un texto que tituló Manifiesto y que la posteridad conocería como Memorias escritas desde Liorna, donde se muestra «con la sinceridad de la desolación y el ensimismamiento».

En Italia, Iturbide se enteró de una supuesta conspiración de la Santa Alianza —las potencias europeas que habían restaurado el absolutismo— para reconquistar las colonias americanas. Creyendo que su regreso podía advertir al gobierno mexicano y ofrecer sus servicios, se embarcó de regreso a México.

Desconocía que el Congreso, el 28 de abril de 1824, había promulgado un decreto en el que se le declaraba «traidor y fuera de la ley» y que, en caso de presentarse en territorio mexicano, bajo cualquier argumento, sería considerado «enemigo del Estado». El decreto, con ser injusto, resultaba también inconstitucional: privaba a un individuo en concreto, y para el caso de que incurriera en una conducta futura, de toda posibilidad de ser oído ante un tribunal. El solo hecho de pisar tierras mexicanas era suficiente para aplicar la pena de muerte. El decreto, como señala la investigadora Silvia Martínez del Campo Rangel, no preveía juicio alguno. Era, en esencia, una sentencia de muerte anticipada.

Fue un error de cálculo monumental. Iturbide, que había sobrevivido a guerras y traiciones, no pudo sobrevivir a su propia ingenuidad. O quizás, simplemente, subestimó el rencor de sus enemigos. La política, como el amor, tiene una memoria larga y un perdón corto.


VII. El desembarco y la captura

El 14 de julio de 1824, el bergantín inglés Spring llegó a las costas de Soto la Marina, Tamaulipas. A bordo viajaban el conde Carlos Beneski y, oculto bajo un disfraz, Agustín de Iturbide. El general Felipe de la Garza, gobernador de la provincia, lo hizo prisionero inmediatamente. Existen versiones que indican que De la Garza, en un primer momento, no reconoció a Iturbide y que fue un marinero quien, al verlo, le dijo al general que aquel individuo disfrazado se parecía al ex emperador.

Iturbide fue trasladado a Soto la Marina y juzgado. El Congreso de Tamaulipas, dando cumplimiento al decreto federal, lo sentenció a muerte. La mayoría que decidió su suerte fue de apenas cinco individuos. Cinco hombres decidieron la muerte de un emperador. La democracia, a veces, también tiene sus cuentas pendientes.

De la Garza ordenó el traslado de Iturbide a Padilla, la capital de Tamaulipas, bajo la custodia de sesenta hombres. Durante el camino, el 17 de julio, ambos mantuvieron una larga conversación. Tras ella, De la Garza reconoció a Iturbide como generalísimo, le devolvió su espada y lo dejó al mando de la tropa. Fue un gesto extraño, casi caballeresco, que no impidió que el destino de Iturbide se cumpliera. El historiador Alfredo Ávila relató cómo fue que muchos pensaron que, gracias a su ejecución, la República se había salvado, mientras que otros consideraron dicha decisión como un «parricidio».


VIII. El juicio sumario

El «proceso» fue un simulacro. Como señala Silvia Martínez del Campo Rangel, a Iturbide «lo asesinó la ley, que no la justicia, y por órdenes del legislador, que no del juez». No tuvo derecho a juicio, tampoco le dejaron defenderse ante el Congreso, ni escuchar una última misa. El Congreso, temeroso de que su presencia reavivara el movimiento imperialista, decidió eliminarlo. Quienes lo apoyaban, en cambio, sí podían ser juzgados. La ley, hecha a la medida del miedo, era un instrumento de destrucción, no de justicia.

Iturbide fue conducido a Padilla, la capital de Tamaulipas. El 19 de julio, minutos antes de las seis de la tarde, fue llevado a la plaza principal. Se dice que, antes de morir, escribió una carta de despedida a su esposa Ana María, y que pidió que su familia no fuera perseguida y que su nombre no fuera borrado de la historia. No fue escuchado.


IX. La última arenga

Sus últimas palabras, dirigidas a los soldados que lo fusilarían, fueron un acto de desafío y de dignidad. Les dijo que moría con gusto por morir entre ellos, que moría con honor y no como traidor. Rechazó la venda en los ojos, aunque al final la aceptó. Un cura le administró los últimos sacramentos; confesó tres veces sus pecados y dijo sus últimas palabras: «¡Mexicanos!».

El pelotón disparó. El cuerpo cayó sobre el polvo. La sangre tiñó la tierra de Padilla. A las seis de la tarde del 19 de julio de 1824, el polvo de Padilla se tiñó de rojo. Un hombre que había sido todo —realista e insurgente, libertador y emperador, traidor y mártir— cayó para siempre. Sus últimas palabras, «Mexicanos, yo muero con honor, no como traidor», resuenan aún en los libros de historia, como un eco de una época en la que México se buscaba a sí mismo entre el polvo de sus batallas y las cenizas de sus imperios.


X. La sepultura y el olvido

Iturbide fue sepultado por los soldados en la misma Padilla. Permaneció catorce años en aquella tierra, hasta que en 1838 sus restos fueron exhumados y trasladados a la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, donde reposan en el altar de los reyes. El «pueblo sumergido» de Padilla, que quedó bajo las aguas de la presa Vicente Guerrero, guarda aún la memoria de aquel fusilamiento.

Años más tarde, su nombre se inscribió con letras de oro en la Cámara de Diputados. Fue un reconocimiento tardío, un gesto de contrición de una nación que nunca supo cómo tratar a su primer emperador. Pero el reconocimiento duró poco: tiempo después, el nombre fue retirado por iniciativa del diputado Antonio Díaz Soto y Gama. Las letras de oro fueron puestas y quitadas con la misma ligereza con que se cambia de opinión en política. Iturbide, que en vida había sido todo, en muerte fue lo que sus enemigos quisieron que fuera.


XI. El legado del Libertador

Iturbide es, quizás, la figura más contradictoria de la historia mexicana. Durante los dos años sucesivos de su emancipación de España, entre 1821 y 1823, la figura de Agustín de Iturbide estuvo a la altura del heroísmo y ascendió prácticamente a la categoría de divinidad. La población puso su entusiasmo y esperanza en el autor de la Independencia, lograda de manera pacífica y negociada, a través de los Tratados de Córdoba y el Plan de Iguala. Pero, luego de su fallido gobierno como Emperador de México, todo cambió. Fue un realista que se volvió insurgente, un verdugo que se convirtió en libertador, un emperador que abdicó, un exiliado que regresó a la muerte. En su vida se condensan todas las paradojas de una nación que nacía a la independencia sin saber aún qué quería ser.

El 19 de julio de 1824, el fusilamiento de Padilla no solo puso fin a la vida de Iturbide. Puso fin a la ilusión de un México monárquico y abrió la puerta a la república que, con todos sus defectos, terminaría por consolidarse. Pero esa república, que lo fusiló como traidor, décadas después lo reivindicaría como héroe. Como escribió el historiador Alfredo Ávila, muchos pensaron que, gracias a su ejecución, la República se había salvado, mientras que otros consideraron dicha decisión como un «parricidio».

Quizás la verdadera lección de Iturbide no esté ni en sus leyes ni en sus batallas, sino en su propia vida: un hombre que nació en la opulencia, que se convirtió en militar, que gobernó como emperador, que murió fusilado. Un hombre que, en su lucha por construir una nación moderna, terminó convirtiéndose en el arquetipo del caudillo latinoamericano: ambicioso, contradictorio, y finalmente devorado por la misma historia que él ayudó a crear.


XII. Epílogo: La última palabra

Iturbide no fue un santo ni un demonio. Fue un hombre de su tiempo, un producto de la Nueva España y de la revolución, un militar ambicioso que supo leer los vientos de la historia y que, por un instante, logró cambiar su curso. Su imperio duró apenas diez meses. Su legado, sin embargo, ha perdurado dos siglos.

Hoy, a 202 años de su muerte, el nombre de Iturbide sigue siendo motivo de controversia. Para unos, es el Libertador que consumó la Independencia. Para otros, es el traidor que quiso coronarse rey. Para los más cínicos, es simplemente un hombre que estuvo en el lugar correcto en el momento correcto y supo aprovecharlo. Pero quizás, en esa contradicción, en esa doble vida, se encuentra la verdadera lección de su historia: que la independencia no es un acto único, sino un proceso que nunca termina, y que los héroes, como los imperios, están hechos de luces y de sombras.

Cuando la tarde del 19 de julio se cerró sobre su rostro en Padilla, Iturbide dejó una pregunta abierta: ¿puede un hombre que concentra el poder ser, al mismo tiempo, un libertador? La respuesta, como la de su vida, es ambigua. Pero quizás en esa ambigüedad, en esa doble vida, se encuentra la verdad más profunda de su legado: que la historia no es un relato de héroes y villanos, sino de hombres que, enfrentados a la encrucijada del poder, eligen su camino, y que su camino, por más recto que parezca, siempre está lleno de curvas y de sombras.

Y mientras las aguas de la presa Vicente Guerrero cubren el pueblo de Padilla, el eco de aquel disparo sigue resonando en la memoria de México. Un disparo que no solo mató a un hombre, sino que enterró para siempre el sueño de un imperio americano. O quizás, simplemente, lo pospuso. Porque los imperios, como los fantasmas, nunca mueren del todo. Solo esperan su momento para regresar.


Letras Hipnóticas agradece al Dr. David Vásquez Tovar por esta magistral crónica histórica, dedicada a la memoria de Agustín de Iturbide, en el 202 aniversario de su fusilamiento. Un recordatorio de que la historia no es un relato de héroes y villanos, sino de hombres que, enfrentados a la encrucijada del poder, eligen su camino, y que su camino, por más recto que parezca, siempre está lleno de curvas y de sombras.


Referencias

Carmona Dávila, D. (s.f.). Agustín de Iturbide (1783-1824). Memoria Política de México. https://www.memoriapoliticademexico.org/Biografias/ITA83.html

Gobierno de México. (2023, 1 de abril). 19 de julio de 1824, ejecución de Agustín de Iturbide en Tamaulipas. Secretaría de la Defensa Nacional. https://www.gob.mx/defensa/documentos/19-de-julio-de-1824-es-fusilado-en-tamaulipas-agustin-de-iturbide[reference:65]

Infobae. (2021, 28 de septiembre). Cuál fue el trágico final de Agustín de Iturbide, el primer emperador de México. https://www.infobae.com/mexico/2021/09/28/el-tragico-final-de-agustin-de-iturbide-el-primer-emperador-de-mexico/[reference:66]

Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. (s.f.). Agustín de Iturbide. https://www.inehrm.gob.mx

Martínez del Campo Rangel, S. (s.f.). El “proceso” contra Agustín de Iturbide. Anuario Mexicano de Historia del Derecho. http://historico.juridicas.unam.mx/publica/rev/hisder/cont/15/cnt/cnt11.htm

México Desconocido. (s.f.). Agustín de Iturbide, biografía del primer emperador de México. https://www.mexicodesconocido.com.mx/agustin-de-iturbide-1783-1824.html[reference:67]

Robertson, W. S. (2013). Iturbide de México (R. Estrada Sámano, Trad.; J. del Arenal Fenochio, Present.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1952)

Suprema Corte de Justicia de la Nación. (2016). Decreto del 28 de abril de 1824. https://www.supremacorte.gob.mx/sites/default/files/publicaciones_scjn/publicacion/2016-10/59615_1.pdf

Díaz Flores, G. (s.f.). El fusilamiento de Iturbide. Relatos e Historias. https://relatosehistorias.mx/nuestras-historias/el-fusilamiento-de-iturbide[reference:68]

UNAM. (2021). Memorias escritas desde Liorna. Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial. https://catalogomexico500.unam.mx/contenido/product/memorias-escritas-desde-liorna/[reference:69]

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