APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS

Las semillas de girasol del español en castellano.

BOCINA Y REBUZNO: CUANDO EL AUTOMOVILISTA DESCUBRIÓ QUE ERA PARIENTE DEL BURRO

Por Arturo Vásquez Urdiales

Hay palabras que son catedrales.

Palabras inmensas, solemnes, construidas durante siglos, con contrafuertes griegos, vitrales latinos, campanarios árabes y criptas indoeuropeas.

Pero hay otras mucho más pequeñas.

Caben en la palma de la mano, parecen insignificantes, uno las pronuncia sin ceremonia y, sin embargo, si se les rompe cuidadosamente la cáscara, guardan dentro un pequeño sol.

A esas palabras quiero llamarlas las semillas de girasol del español en castellano.

¿Por qué semillas de girasol?

Porque son pequeñas, viajeras y luminosas.

Porque uno empieza comiéndose una y termina abriendo cien.

Porque detrás de una palabra aparece otra, y detrás de esa otra duerme una tercera, y así, de cáscara en cáscara, podemos pasar de un semáforo de Oaxaca a un pastor de la Edad Media, del pastor a una trompeta romana, de la trompeta a un burro enamorado y del burro enamorado, sin mayor dificultad filológica, a un conductor desesperado que lleva quince minutos tocando la bocina porque el automóvil de adelante no avanzó durante las dos décimas de segundo posteriores al cambio de luz roja a verde.

Así es el idioma.

Así es el vertiginoso trayecto de la eñe.

Un inmenso campo de girasoles que tiene las raíces enterradas en la historia y la cabeza vuelta hacia el futuro.

Hoy abriremos una semilla extraordinaria.

Bocina.

Y al romperla, señoras y señores, aparecerá un burro.

No es una metáfora política. Tampoco una alusión personal.

Ni siquiera una crítica anticipada contra algún funcionario público particularmente ruidoso.

Se trata de una historia verdadera de las palabras: la bocina y el rebuzno son parientes etimológicos.

La próxima vez que usted se encuentre detenido en medio del tráfico y un conductor impaciente se aferre al claxon como si creyera que la intensidad del ruido pudiera abrir milagrosamente las calles, no se enfurezca. La ira desgasta el corazón y, según dicen, envejece el rostro. Mírelo con ternura filológica.

Piense:

—Pobre criatura. Está regresando a sus raíces etimológicas.

Porque resulta que el verbo rebuznar, utilizado para nombrar la voz característica del asno, tiene en su genealogía el latín bucināre, relacionado con tocar la trompeta o la bocina. Y la palabra bocina procede, a su vez, del latín bucĭna: la trompeta. De modo que en las profundidades de la lengua se encuentran, sentados a la misma mesa familiar, el trompetista, el automovilista y el burro.

¡Qué maravilla!

La etimología tiene estos pequeños actos de justicia.

El dinero separa a los hombres. La política los enfrenta. La religión a veces los divide. El futbol puede convertir a dos vecinos pacíficos en enemigos durante noventa minutos. Pero llega la etimología, abre un diccionario y nos informa que el conductor de una camioneta de lujo que toca compulsivamente la bocina comparte un remoto territorio lingüístico con el asno que rebuzna detrás de una cerca.

El idioma es democrático en sus profundidades.

Y, además, tiene sentido.

Mucho antes de los automóviles existió la necesidad humana de producir sonidos capaces de viajar lejos. El hombre gritó, golpeó troncos, hizo sonar piedras y descubrió después que determinados objetos podían multiplicar el alcance del aliento. Los cuernos de animales se convirtieron en instrumentos. Las trompas llamaron a los pastores, reunieron rebaños, anunciaron peligros, acompañaron ejércitos y abrieron ceremonias.

El sonido era una forma de poder.

Quien hacía sonar la trompeta podía llamar a los vivos, advertir a los enemigos, reunir a los dispersos o anunciar que algo estaba a punto de ocurrir.

Durante siglos, aquellos instrumentos fueron cambiando de forma, nombre y función. Después llegó la modernidad, apareció el automóvil y el antiguo grito del camino encontró una nueva garganta metálica.

La bocina.

Pero la palabra llevaba siglos caminando.

Ese es uno de los misterios más hermosos del idioma: las cosas nuevas suelen recibir palabras antiguas. La humanidad inventa máquinas extraordinarias, pero para nombrarlas muchas veces mete la mano en el baúl de los abuelos.

El automóvil fue una revolución tecnológica, pero su voz recibió un nombre antiquísimo.

La bocina moderna descendió, lingüísticamente, de una trompeta.

Y el rebuzno también quedó ligado a esa memoria sonora.

El Diccionario de autoridades, aquel monumento inaugural de la lexicografía académica española, definía el rebuzno en 1726 con una minuciosidad casi musical: una voz bronca y desapacible del asno, formada con diferentes altos y bajos, producida particularmente cuando el animal quería comer o estaba ante la hembra.

Y todavía añadía que, festivamente, podía decirse de quien cantaba mal.

La definición es una pequeña obra literaria.

No dice simplemente que el burro hace ruido.

Describe una criatura con hambre, deseo y música.

Un animal que canta por las dos grandes fuerzas que han movido buena parte de la historia universal: el apetito y el amor.

¡Qué injustamente hemos tratado al burro!

Tal vez su rebuzno no sea sino una ópera incomprendida.

Quizá cada asno que levanta la cabeza hacia el cielo y lanza sus altos y bajos está interpretando una antiquísima canción de hambre o enamoramiento. Nosotros escuchamos ruido porque ignoramos la partitura.

Y mientras tanto, en las ciudades modernas, el hombre ha perfeccionado el mismo impulso.

El burro rebuzna porque tiene hambre.

El conductor toca la bocina porque tiene prisa.

El burro rebuzna porque ha visto a la hembra.

El conductor toca la bocina porque ha visto que el semáforo cambió.

El burro espera una respuesta.

El conductor también.

La diferencia es que el burro jamás ha pretendido que su rebuzno resuelva un embotellamiento.

En ese punto, probablemente, el animal nos supera.

Las palabras guardan estas ironías. Por eso son semillas de girasol: parecen pequeñas, pero contienen paisajes enteros. Uno dice bocina y cree nombrar solamente un objeto del automóvil. Sin embargo, detrás vienen marchando Roma, los pastores medievales, los cuernos de llamada, las trompetas, los caminos, los asnos y finalmente nuestras avenidas congestionadas.

Todo eso cabe dentro de seis letras.

Bocina.

El lenguaje es el único equipaje en el que pueden guardarse dos mil años sin pagar exceso de peso.

Y aquí aparece otra maravilla de esta sección, El vertiginoso trayecto de la eñe. Nuestra lengua no viaja en línea recta. Las palabras emigran, naufragan, se casan con otras, cambian de oficio, pierden letras, ganan sonidos, atraviesan guerras, duermen durante siglos y reaparecen una mañana en la boca de un niño.

Cada palabra es una sobreviviente.

El español que hablamos en Oaxaca, en México, en América y en los distintos rincones del mundo hispánico no es un museo de piezas muertas.

Es un río en movimiento. Lleva sedimentos romanos, árabes, griegos, germánicos, indígenas, africanos y modernos.

En México, además, el castellano encontró mundos que ya tenían nombres: tomate, chocolate, aguacate, coyote, mezcal, petate, comal.

El idioma español llegó a América y creyó que venía a nombrarlo todo.

América le contestó:

—Primero aprende tú estas palabras.

Y el castellano se hizo su amigo, luego se cuchichearon, luego se amaron, luego tuvieron prole, unos pintos y otros colorados, Pero todos esos pollos hijos de un mismo corral. Así sigue aún hoy el “Vertiginoso trayecto de la eñe.”

Por eso nuestro español tiene sabores, plantas, animales, colores y realidades que nacieron de este lado del océano. El español de México no es una copia pálida de otra lengua: es una de las grandes ramas vivas de un árbol planetario.

Y aquí vuelvo a las semillas.

Una lengua es verdaderamente grande no cuando presume pureza, sino cuando puede sembrarse en tierras distintas y producir frutos nuevos.

Las lenguas puras no existen.

Son fantasmas inventados por quienes desconocen la historia.

Todo idioma vivo es mestizo, viajero, ladrón, amante y hospitalario. Las palabras saltan las fronteras con una facilidad que los seres humanos todavía no hemos aprendido. Ninguna aduana ha conseguido detener un sustantivo. Ningún ejército ha podido encarcelar un verbo. Ningún muro es suficientemente alto para impedir el paso de una canción.

Las palabras son contrabandistas de la memoria.

Y algunas, además, poseen sentido del humor.

Bocina y rebuzno, por ejemplo.

Dos voces que parecían vivir en mundos separados: una en el automóvil y otra en el corral.

Una entre motores y semáforos; otra entre establos y caminos de tierra. Una en la modernidad; otra en la memoria rural.

Pero se excava un poco y aparecen emparentadas.

Esto debería enseñarnos algo más profundo.

Quizá también los seres humanos estamos mucho más cerca unos de otros de lo que suponemos.

Nos separan los automóviles, las casas, los cargos, los uniformes y las vanidades.

Pero basta excavar un poco para encontrar los mismos temores, las mismas hambres, los mismos amores y, de vez en cuando, los mismos rebuznos.

La etimología no solamente estudia el pasado de las palabras.

También desnuda el presente de los hombres.

Por eso agradezco profundamente la llegada de esta semilla a mis manos.

Hay regalos que vienen envueltos en cajas y otros que llegan dentro de una palabra.

Alguien nos muestra una voz antigua, nosotros la ponemos bajo la luz, la hacemos girar entre los dedos y de pronto aparece un camino que no habíamos visto.

De eso se trata esta nueva aventura dentro de Apunte diario sobre Letras Hipnóticas.

De recoger pequeñas semillas del idioma.

De abrirlas.

De escuchar lo que guardan.

Mañana será otra palabra. Quizá una que usamos todos los días sin saber que fue soldado, monje, navegante, prostituta, reina, campesino o fantasma antes de llegar hasta nosotros.

Porque ninguna palabra llega limpia del pasado.

Todas traen polvo en los zapatos.

La lengua española es una multitud de muertos hablando en la boca de los vivos, pero también es una multitud de niños inventando el idioma del porvenir.

Entre ambos extremos caminamos nosotros: herederos y sembradores.

Pronunciamos palabras antiquísimas para describir máquinas que nuestros abuelos no imaginaron y, al mismo tiempo, creamos voces que nuestros descendientes pronunciarán cuando nosotros ya seamos silencio.

Ese es el verdadero trayecto vertiginoso de la eñe.

Un viaje que no termina.

La eñe salió un día de los escritorios medievales, creció como signo de identidad, cruzó océanos, sobrevivió imperios, revoluciones, imprentas, telégrafos, computadoras y teclados, y ahora viaja a la velocidad de la luz en mensajes digitales.

Es una gran Señora

Alrededor de ella continúa creciendo una lengua de centenares de millones de hablantes, cada uno sembrando, deformando, conservando, inventando y heredando palabras.

Un gigantesco campo de girasoles.

Unos miran hacia Roma.

Otros hacia América.

Otros hacia el futuro.

Y en medio de ese campo, como no podía ser de otra manera, alguien toca la bocina.

No se enfade usted.

Recuerde la lección de las palabras.

Escuche atentamente.

Tal vez no sea un claxon.

Tal vez sean dos mil años de historia rebuznando detrás de usted.

Epílogo.

Así nace Las semillas de girasol del español en castellano,

una nueva travesía dentro de Apunte diario sobre Letras Hipnóticas.

Cada día abriremos una palabra como quien rompe una semilla entre los dedos.

Algunas nos conducirán a Roma; otras a Toledo, a Tenochtitlan, a Oaxaca o a los monasterios donde nació la eñe.

Descubriremos que los vocablos también nacen, viajan, se enamoran, libran guerras, sobreviven a imperios y, siglos después, siguen respirando en nuestra conversación cotidiana.

Este no será únicamente un ejercicio de etimología. Será un acto de memoria, de literatura y de gratitud hacia la lengua que nos permite nombrar el mundo. Porque cada palabra es una diminuta cápsula del tiempo y cada letra conserva la huella de quienes la pronunciaron antes que nosotros.

Si la fortuna acompaña este proyecto, dentro de un año estas semillas habrán florecido en un primer volumen: El vertiginoso trayecto de la eñe.

Después vendrá un segundo, un tercero y, quizá, uno por cada año de vida.

Con el tiempo podrán reunirse en La extraordinaria enciclopedia: El vertiginoso trayecto de la eñe, una obra dedicada no sólo a explicar el origen de las palabras, sino a contar la aventura de la lengua española como la más apasionante novela jamás escrita.

Y no podría existir mejor símbolo para esa empresa que nuestra entrañable ñ.

Ninguna otra letra representa con tanta fuerza el espíritu del español.

Basta pronunciar año, niño, tiñe, sueño, mañana, España, Señora, Señor, niña o niño; o Oaxaca para comprender que esa pequeña virgulilla no es un simple signo ortográfico: es un estandarte cultural, un puente entre siglos y una bandera que ondea sobre cientos de millones de voces.

Por ello, cuando esta obra alcance la madurez de una enciclopedia, sueño con dedicarla respetuosamente a Su Majestad la Reina de España: Doña Eñe. La Gran Reina Eñe

Y tenía que ser mujer. No el eñe, sino la eñe.

Porque las grandes lenguas nacen del abrazo, no de la espada.

La eñe abraza las palabras y, al abrazarlas, las une para siempre.

Así ocurrió con América, también mujer en nuestra lengua, que recibió pueblos venidos de todos los horizontes y terminó enlazándolos en una historia común.

La eñe besa y encadena; no con cadenas de hierro, sino con las invisibles cadenas de la memoria, del afecto y de la cultura.

Quien pronuncia niña, Doña, Doñita, Señora, Señal, sueño, mañana, niña o año queda, sin advertirlo, unido a una comunidad de siglos.

La eñe es una reina discreta: no gobierna con cetros ni coronas, sino con una pequeña virgulilla que transformó para siempre el destino del idioma.

Quizá por eso merece el tratamiento de Doña, porque toda lengua necesita una soberana que recuerde que las palabras no conquistan por la fuerza, sino por la ternura con que son pronunciadas.

Y mientras haya una madre enseñando a un niño a decir mamá, una maestra escribiendo “Mañana” en un pizarrón o un poeta nombrando a América, la Gran Reina Eñe seguirá sentada en su trono de tinta, gobernando el reino más vasto y luminoso de todos: el de la lengua española.

El vertiginoso trayecto de la eñe.

Mientras ese día llega, mañana abriremos otra semilla.

Y otra.

Y otra más.

Porque el español no se termina de leer jamás: se cultiva, se comparte y vuelve a florecer, palabra por palabra, bajo el sol inagotable de la eñe.

Con afecto

El señor Arturo.

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