Apunte Diario sobre Letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales

Hay una vieja sentencia atribuida a los antiguos humanistas: los libros no transforman al hombre por el simple hecho de estar en sus estantes, sino cuando logran descender hasta sus manos y, desde ellas, llegar finalmente al corazón.
Toda biblioteca es un templo silencioso. Los volúmenes reposan como semillas dormidas esperando una lluvia de humildad para germinar. Porque el conocimiento, por sí mismo, no vuelve mejor a nadie. También los tiranos han leído. También los déspotas han memorizado leyes. También los soberbios citan filósofos.

Francis Bacon escribió que “el conocimiento es poder”, pero quizá el tiempo nos ha enseñado que el conocimiento sin virtud es solamente una forma más refinada del poder.
Marx, tan citado por algunos y tan poco leído por muchos, escribió que la educación debía servir para la emancipación del ser humano. Antonio Gramsci habló de la necesidad de formar una conciencia crítica. Antonio Machado nos recordó que “se hace camino al andar”. Y don Antonio Caso, entre los mexicanos, defendió siempre la supremacía de los valores espirituales sobre la simple utilidad.

Leer, entonces, no consiste en acumular páginas. Consiste en adquirir prudencia.
El servidor público que abre un libro adquiere una responsabilidad adicional. Cada página le exige ser más justo. Cada autor le reclama mayor congruencia. Cada biblioteca le pregunta silenciosamente si aquello que ha leído se refleja verdaderamente en su trato hacia los demás.
Porque de nada sirve citar a los clásicos si se olvida la cortesía. De poco vale hablar de ética si se desdeña la dignidad humana. Los libros pueden enseñar leyes, pero la conducta enseña justicia.

Quizá por eso los antiguos romanos colocaban las estatuas de las virtudes junto a los edificios públicos: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Comprendían que ningún cargo ennoblece al hombre; es el hombre quien debe ennoblecer al cargo.
Y si algún día se aspira a una responsabilidad aún mayor, si se busca el juicio de la ciudadanía o la confianza del pueblo, entonces la exigencia se vuelve todavía más alta. Quien pretende conducir a otros debe primero aprender a gobernar sus pasiones. Quien desea representar a una comunidad debe practicar la equidad incluso en las cosas pequeñas. Quien habla de cultura debe honrar la cultura. Quien habla de lectura debe practicar las virtudes que los libros enseñan.
Los cargos son pasajeros. Los nombramientos son temporales. Las campañas terminan. Las oficinas cambian de dueño. Las fotografías se vuelven amarillas.
Pero la cortesía permanece.
La justicia permanece.
La bondad permanece.

Y acaso, cuando los años hayan pasado y las voces se apaguen, no se recordará cuántos discursos pronunciamos ni cuántos cargos ocupamos, sino cuántas veces un hombre que tenía el poder de abrir una puerta decidió abrirla.
Porque los libros no preguntan quién manda.
Preguntan únicamente quién ha aprendido.
Y la verdadera lectura comienza cuando las páginas terminan y empieza la conducta.



