APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS
Por Arturo Vásquez Urdiales
Hay hombres que escriben libros y hay hombres que escriben épocas. Ignacio Ramírez pertenece a la segunda categoría. Su nombre suele aparecer en los manuales escolares acompañado de una frase escandalosa, una fotografía envejecida y el sobrenombre de “El Nigromante”. Sin embargo, detrás de aquella figura de barba blanca y mirada feroz se escondía uno de los cerebros más libres, incómodos y luminosos que ha producido México.
Nació en 1818, cuando la nación apenas aprendía a caminar después de la Independencia. Murió un día como hoy 15 de junio pero en 1879, cuando la República comenzaba a consolidarse tras guerras, invasiones y pronunciamientos.

Entre ambos momentos se encuentra la vida de un hombre que decidió combatir casi todo lo que consideraba falso: los privilegios, los dogmas, las supersticiones políticas, las castas hereditarias y las verdades obligatorias.
Ignacio Ramírez fue abogado, periodista, poeta, educador, magistrado, ministro y diputado. Pero ninguna de esas palabras basta para describirlo. Era, sobre todo, un agitador de conciencias. Un fabricante de tormentas intelectuales. Un hombre que parecía disfrutar el acto de colocar una antorcha en medio de un almacén lleno de pólvora ideológica.
Su sobrenombre resulta fascinante. “Nigromante” proviene de la expresión latina niger —negro— y del griego manteia —adivinación o conocimiento oculto—.
Durante siglos, un nigromante era alguien que conversaba con los muertos para arrancarles secretos.
Ramírez adoptó el nombre con una ironía formidable. Él no pretendía hablar con los muertos; pretendía despertar a los vivos.
Su magia no consistía en invocar espectros, sino en obligar a pensar a una sociedad que muchas veces prefería obedecer.
Cuando ingresó a la Academia de Letrán lanzó una frase que atravesó el siglo XIX mexicano como un rayo:
“No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”.
Aquellas palabras provocaron indignación, escándalo, condenas y ataques.
Y, lo que son las cosas, antes de morir, un día como hoy, solicitó la extrema unción, por si las dudas, dijo. Y después murió.
Sin embargo, más allá de la provocación, revelaban una característica esencial de Ramírez: su disposición absoluta a defender una idea aunque todo el mundo estuviera en contra.
En una época donde disentir podía costar la carrera, la libertad o incluso la vida, el Nigromante eligió disentir.
Por eso algunos historiadores lo llaman el Voltaire mexicano.
Aunque quizá la comparación resulte insuficiente.
Voltaire caminó por los salones de París. Ramírez caminó por calles polvorientas, juzgados provincianos, redacciones miserables y tribunas donde el insulto y el aplauso convivían a escasos centímetros de distancia.
Voltaire usó peluca. Ramírez usó huarache.

Ambos compartieron el mismo vicio magnífico: la incapacidad de guardar silencio.
Su contribución a México fue inmensa. Defendió la educación pública cuando la ignorancia era una herramienta política. Defendió la libertad de pensamiento cuando pensar libremente era considerado una amenaza. Defendió la igualdad jurídica cuando todavía sobrevivían estructuras coloniales disfrazadas de costumbre. Participó en la gran transformación liberal que redefinió la relación entre el Estado, la Iglesia y los ciudadanos. Fue uno de los arquitectos intelectuales de un México moderno que apenas comenzaba a imaginarse.

Sin embargo, lo más interesante de Ignacio Ramírez no son necesariamente sus triunfos políticos, sino su actitud frente al conocimiento. Para él, ninguna autoridad debía quedar exenta del examen crítico. Ninguna tradición estaba por encima de la razón. Ninguna verdad era tan sagrada que no pudiera ser cuestionada. Esa actitud explica por qué sigue pareciendo contemporáneo. Sus preguntas siguen vivas porque las sociedades modernas continúan debatiendo los mismos asuntos: libertad, poder, educación, religión, justicia y pensamiento crítico.
Quizá por eso su figura incomoda incluso hoy. Los hombres verdaderamente libres siempre terminan incomodando a alguien. No encajan por completo en ningún partido, en ninguna iglesia ni en ninguna moda intelectual. Son demasiado independientes para convertirse en estatuas dóciles. Ramírez fue exactamente eso: un espíritu indomable.
Resulta apropiado que la historia lo recuerde como un nigromante. Después de todo, los verdaderos nigromantes no son quienes hablan con los muertos, sino quienes logran que los muertos sigan hablando. Y cada vez que abrimos una página escrita por Ignacio Ramírez, cada vez que encontramos una de sus frases afiladas como un sable, cada vez que escuchamos el eco de sus polémicas, comprendemos que el viejo liberal sigue ahí, negándose a permanecer enterrado.
Tal vez esa sea la auténtica inmortalidad. No la del mármol ni la del bronce. No la de las avenidas o las escuelas que llevan un nombre. La auténtica inmortalidad consiste en seguir provocando preguntas mucho después de haber desaparecido.
Ignacio Ramírez lo consiguió.
Y mientras México siga debatiendo consigo mismo, mientras existan ciudadanos capaces de desafiar una verdad establecida y mientras haya jóvenes que prefieran una pregunta incómoda a una mentira confortable, el extraordinario Nigromante continuará ejerciendo su antigua magia desde el otro lado del tiempo.
Porque algunas plumas escriben libros.
Otras escriben naciones.
Así es Don Arturo David (1), esta columna tiene un tema profundamente hipnótico: la idea de que Ramírez fue un “nigromante” no porque hablara con los muertos, sino porque dos siglos después todavía consigue que las ideas hablen por él.
Esa es una imagen poderosa para cerrar esta simbólica colaboración de Letras Hipnóticas, que bien pudo ser escrita por el Nigromante.
(1) Cuando digo “Don Arturo” es igual que Cesar al Escribir “La Guerra de las Galias”, la primera persona del singular adquiere una connotación de reflexión intuitiva y retrosoectiva”
Hay no manches filósofo de güarache, si te Dices Don Arturo tu solo es por succión.
Feliz lectura queridos 3 lectores Extraordinarios.


