Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Columna diaria por Arturo Vásquez Urdiales
— “Sé muy bien lo que es la lepra y lo que puedo temer. Pero no me asusta. Al contrario, me atrae.”
Hay hombres que nacen para quedarse. Nacen, crecen, echan raíces en una tierra que los ve envejecer con la misma lentitud con que los árboles ensanchan sus troncos. Se casan. Tienen hijos. Mueren en la misma cama donde fueron concebidos, y eso está bien. Eso es humano.
Y luego están los otros.
Los que nacen para irse. Los que llevan en la sangre una especie de vértigo sagrado, una incomodidad con lo cómodo, una alergia a la paz que los demás persiguen como la única meta posible. Estos hombres no pueden mirar el sufrimiento desde la ventana. No pueden rezar por el dolor ajeno y luego irse a cenar tranquilos. Algo en ellos se rompe cuando la injusticia permanece, y ese algo no se repara con palabras.
Jan Beyzym fue uno de esos.
No voy a contar su historia como si fuera un santo de yeso, porque Beyzym no era de yeso. Era de carne, de hueso, de esa carne que vendó llagas podridas durante catorce años, de esos huesos que se doblaron sobre camastros infectos hasta que la fiebre se los llevó. Era un hombre, nada más y nada menos que un hombre. Y lo extraordinario no es que fuera un santo, sino que siendo un hombre común, con miedos comunes y un cuerpo común, hizo lo que ningún otro había hecho.
Pero empecemos por el principio, que en las vidas grandes el principio siempre parece una broma.
Nació en 1850, en una finca familiar en lo que hoy es Ucrania. Nobleza polaca. Tierras. Caballos. Apellido con historia. Su padre era un luchador por la libertad, que en aquellos tiempos significaba lo mismo que hoy: tener todo para perder. En 1863, los rusos aplastaron el levantamiento polaco, y la familia Beyzym lo perdió todo. Las propiedades desaparecieron. El padre huyó perseguido por cosacos. El niño que había nacido con una cuchara de plata en la boca descubrió que la plata se derrite muy rápido cuando el mundo se incendia.
Así que se hizo sacerdote. Jesuita. Una opción sensata para un hombre inteligente que había perdido su lugar en el mundo. Enseñó en internados durante diecisiete años. Diecisiete años de trabajo tranquilo, de rutina previsible, de esa vida que la mayoría de los mortales considera un éxito.
Diecisiete años en los que, sin embargo, algo no lo dejaba en paz.
Ese algo se llamaba lepra.

Hoy sabemos que la lepra es una enfermedad bacteriana, tratable, curable, casi doméstica. Pero en el siglo XIX era la muerte en vida. No había cura. No había remedio. Había úlceras que devoraban la carne, dedos que caían, rostros que se deshacían como castillos de arena bajo la lluvia. Y sobre todo, había el miedo. El pánico animal que siente un hombre sano frente a un hombre que se pudre. Ese miedo se llamaba “lepra”, pero en realidad se llamaba “nosotros no queremos ver lo que tú eres”.
Los enfermos eran expulsados. Desterrados a colonias donde nadie los tocara, nadie los mirara, nadie recordara que alguna vez habían sido personas. En Madagascar, la colonia de Ambahivuraka era un agujero en la tierra. Ciento cincuenta almas —porque eran almas, aunque la sociedad hubiera decidido lo contrario— viviendo en el abandono más absoluto. Sin medicinas. Sin comida suficiente. Sin esperanza. La mayoría no moría de lepra. Moría de hambre. Moría de olvido.
En 1897, Jan Beyzym, que por entonces tenía 48 años y una vida hecha en Europa, escribió una carta pidiendo ser enviado allí. Y en esa carta hay una frase que debería estar grabada en la puerta de cada iglesia, cada sinagoga, cada mezquita, cada templo y cada sitio donde los humanos pretendan adorar a Dios:
“Sé muy bien lo que es la lepra y lo que puedo temer. Pero no me asusta. Al contrario, me atrae.”
Detengámonos aquí un momento.
Cuarenta y ocho años. Profesor respetado. Cuerpo acostumbrado al clima europeo, a camas limpias, a comida caliente. Podría haberse quedado. Podría haber muerto viejo y venerado, rodeado de alumnos agradecidos. Nadie le habría pedido cuentas. Nadie le habría dicho “cobarde”.
Y sin embargo, se fue.
Lo que encontró en Madagascar era, como he dicho, una pesadilla. Pero la pesadilla no lo detuvo. Lo que hizo a continuación fue tan simple y tan radical que cuesta trabajo ponerlo en palabras: se mudó con los leprosos.
No los visitaba. No iba los domingos a decir misa y luego se retiraba a una casa limpia. No. Metió sus cosas en la colonia, durmió en el mismo suelo donde dormían ellos, comió lo que ellos comían, respiró el mismo aire que ellos respiraban. Y con sus propias manos —esas manos que ahora descansan como reliquia en una urna— limpiaba las heridas abiertas, vendaba los muñones, daba de comer a los que ya no podían sostener una cuchara.
Nadie en la historia de esa misión había hecho eso. Nadie.
Pero Beyzym no era un místico embobado. Miró la miseria y supo que la caridad no bastaba. Aquella gente necesitaba algo más que compasión: necesitaban un hospital de verdad. Médicos de verdad. Enfermeras de verdad. Dignidad, esa palabra que los poderosos usan para justificar sus privilegios y que los pobres ni siquiera conocen porque nadie se la ha dado.
El problema es que un hospital cuesta dinero. Ciento cincuenta mil francos, calculó. Una fortuna. Y él era un sacerdote pobre en el fin del mundo.
Así que hizo lo único que podía hacer: escribió.

Escribió miles de cartas. A Polonia, a revistas católicas, a grupos de beneficencia, a cualquiera que pudiera leer. Describió a sus leprosos con una precisión que rompía el corazón. Rogó. Insistió. No aceptó un no por respuesta. Y la gente, esa misma gente que a veces parece solo interesada en su propio ombligo, empezó a enviar lo poco que tenía.
En 1902, comenzó la construcción del hospital en Marana. Nueve años tardó en terminarlo. Nueve años de calor brutal, de enfermedades, de ver morir a sus pacientes mientras él mismo se consumía. Nueve años sin rendirse, sin volver a Europa, sin pedir un respiro.
Cuando el hospital estuvo listo, Beyzym ya no era el hombre de 48 años que había llegado a Madagascar. Era un anciano de 62, agotado, enfermo, gastado por el trabajo y la privación. Una infección que contrajo mientras atendía a uno de sus leprosos le provocó una fiebre que su cuerpo ya no pudo combatir.
Murió el 2 de octubre de 1912, en Marana, rodeado de aquellos por quienes había dado la vida. Lo que lo mató no fue la vejez ni el azar. Lo mató el servir. Lo mató el amar. Lo mató haber sido tan humano que se olvidó de protegerse.
Y aquí es donde las Letras Hipnóticas quieren detenerse, querido lector, porque esta historia no necesita moraleja. No necesita sermón. No necesita que yo levante el dedo y diga “debemos ser como él”, porque la verdad es que ninguno de nosotros va a ser como él. Y eso está bien. No todos estamos hechos para mudarnos a una colonia de leprosos. No todos estamos hechos para vendar heridas podridas hasta que la infección nos mate.
Pero hay algo en esta historia que nos interpela. Algo incómodo. Algo que no nos deja dormir tranquilos si la leemos con atención.
Y es esto: Beyzym no hizo nada heroico en el sentido de las películas. No mató dragones. No cruzó mares tormentosos. No desafió a ejércitos. Hizo algo mucho más difícil: se quedó. Se quedó donde nadie quería quedarse. Se quedó hasta el final. No huyó cuando el cuerpo empezó a fallarle. No dijo “ya hice suficiente”. Se quedó.
Porque el amor verdadero, si es verdadero, no sabe retirarse.
El hospital que construyó en Marana sigue en pie hoy. Más de un siglo después, sigue atendiendo enfermos. Sigue siendo un lugar donde la dignidad es posible. Eso es lo que construyen los hombres como Beyzym: no monumentos de bronce, sino lugares donde el sufrimiento deja de ser anónimo.
En 2002, el Papa Juan Pablo II lo declaró beato en Cracovia, la ciudad que Beyzym había dejado para siempre. Entre sus reliquias, la Iglesia guarda los huesos de su mano derecha. La mano que bendijo. La mano que vendó. La mano que escribió miles de cartas rogando al mundo que no olvidara a los leprosos.
No es una reliquia milagrosa en el sentido vulgar. Es un recordatorio de que las manos de un hombre pueden hacer mucho más que señalar o aplaudir o tomar. Pueden tocar lo intocable.

Y ahora, como siempre en Letras Hipnóticas, las finas reflexiones de un servidor:
Reflexión primera: Vivimos en un mundo que premia la distancia. Las redes sociales nos permiten sentir compasión sin movernos del sofá. Podemos llorar por un terremoto en el otro lado del mundo mientras ignoramos al vecino que tiene hambre. Beyzym nos recuerda que la compasión sin cercanía es solo un espectáculo. Que el verdadero amor duele porque se ensucia las manos.
Reflexión segunda: A veces pensamos que los grandes gestos requieren grandes medios. No tenemos dinero, no tenemos tiempo, no tenemos fuerzas, decimos. Pero Beyzym empezó siendo pobre y lejano. Empezó con una decisión: ir. Y luego otra: quedarse. Y luego otra: escribir. Y luego otra: construir. Los grandes cambios no vienen de los grandes poderes. Vienen de las pequeñas fidelidades repetidas hasta el agotamiento.
Reflexión tercera: Lo más terrible de la lepra no era la enfermedad. Era el rechazo. El ser mirado como un monstruo. El ser desechado. Beyzym no curó la lepra —no podía, la ciencia aún no había llegado—, pero curó algo peor: la soledad. Devolvió a aquellos hombres y mujeres la certeza de que seguían siendo humanos porque alguien estaba dispuesto a tocarlos. A veces, lo único que necesita un corazón roto es que alguien se siente a su lado sin miedo.
Reflexión final: Hoy hay leprosos invisibles. No tienen llagas en la piel, pero tienen llagas en el alma. Son los ancianos en asilos que nadie visita. Los presos en celdas que nadie recuerda. Los niños en orfanatos que nadie adopta. Los pobres en las calles que la ciudad aprende a no ver. No hace falta ir a Madagascar. Hace falta, tal vez, algo más difícil: mirar alrededor. Ver. Y luego, como Beyzym, no mirar hacia otro lado.
Jan Beyzym nació noble, vivió como un desechable y murió sirviendo a los que el mundo había desechado. No construyó imperios. No escribió libros famosos. No pronunció discursos inmortales. Solo hizo una cosa, y la hizo hasta el final: amar sin condiciones, sin reservas, sin retirada.
Eso ya no existe.
O tal vez sí. Tal vez existe en cada persona que, en silencio, sigue limpiando heridas que nadie quiere ver. En cada madre que no duerme para cuidar a un hijo enfermo. En cada enfermero que se juega la vida en una pandemia. En cada vecino que tiende la mano sin pedir nada a cambio.
Existe. Solo que no sale en las noticias.
Por eso escribo esta columna. Porque hay nombres que merecen ser recordados no por lo que lograron, sino por lo que se atrevieron a tocar.
Jan Beyzym.
El hombre que se mudó al infierno para que el infierno dejara de serlo.
Fin de la columna.
Letras Hipnóticas, por Arturo Vásquez Urdiales.


