Apunte diario sobre Letras Hipnóticas

El abominable hombre de las nieves

O de cómo la humanidad aprendió a tenerle miedo a lo que no comprende

Por Arturo Vásquez Urdiales

La palabra llegó primero que la criatura.
Siempre ocurre así.

Antes de que el hombre viera al monstruo, ya lo había condenado. Antes de escuchar sus pasos sobre la nieve, ya lo había juzgado culpable. Antes de encontrar un hueso, una sombra o un pelo atrapado entre los pinos del Himalaya, ya había nacido la sentencia:

abominable.

Y allí comienza esta historia.

Porque el lenguaje humano es un tribunal antiguo. Las palabras no sólo describen: también condenan, exilian y persiguen. Una palabra puede construir un imperio o encender una hoguera. Y pocas palabras son tan severas como ésta.

Abominar.

Dice el diccionario:

“Maldecir a alguien o algo por considerarlo malo o perjudicial.”

Y de ahí nace abominable: aquello digno de ser odiado, rechazado o temido.

Pero la pregunta importante jamás ha sido qué es el monstruo.

La pregunta verdadera es:

¿Por qué el hombre necesita monstruos?

La palabra viene del latín abominare, formada por el prefijo ab- y por omen, ominis: augurio, señal, presagio. No necesariamente malo. Los romanos podían hablar de buenos presagios. Cicerón escribía faustis ominibus aliquid prosequi: acompañar algo con buenos augurios.

Pero el tiempo, que también corrompe las palabras, terminó llenando de sombras al presagio.

Y así nació lo ominoso.

Lo de mal agüero.

Lo que anuncia desgracias.

Lo que debe mantenerse lejos de la aldea.

Por eso el llamado abominable hombre de las nieves no es simplemente un monstruo peludo perdido entre glaciares. Es algo mucho más antiguo: un mal presagio caminando sobre la nieve eterna.

Y quizá por eso fascina tanto.

Porque representa el miedo más viejo de la humanidad:

el miedo a descubrir que no estamos solos en los bosques.


Los tibetanos lo llaman Yeti.

En Nepal hablan del Meh-Teh.

En Canadá y Estados Unidos aparece el Bigfoot o Pie Grande.

En Siberia existe el Almas.

En China hablan del Yeren.

En Australia, del Yowie.

En los bosques de Sumatra mencionan al Orang Pendek.

Y en América Latina sobreviven historias semejantes en montañas, selvas y barrancas donde todavía la noche conserva dientes.

Demasiados nombres para una sola mentira.

O quizá demasiadas coincidencias para ignorarlas.

Lo curioso es que casi todas las descripciones coinciden.

Una criatura enorme.

Cubierta de pelo.

Ojos humanos.

Fuerza brutal.

Olor insoportable.

Pasos pesados.

Y una extraña tristeza.

Sí.

Eso es lo raro.

Muchos relatos describen a estas criaturas no como demonios sanguinarios, sino como seres melancólicos. Animales que observan desde lejos. Gigantes que parecen esconderse del hombre como si el verdadero monstruo fuera el ser humano.

Tal vez porque lo es.


En 1951 el montañista británico Eric Shipton fotografió unas enormes huellas en el Everest. Aquellas imágenes dieron la vuelta al mundo. La prensa occidental enloqueció. Los periódicos necesitaban un nombre espectacular y terminaron fabricando uno que parecía salido de una novela de horror barato:

“The Abominable Snowman.”

El abominable hombre de las nieves.

Y desde entonces el mito quedó congelado para siempre en la cultura popular.

Hollywood hizo el resto.

Lo volvieron caricatura.

Muñeco.

Monstruo.

Película de serie B.

Pero debajo de la caricatura sobrevivió algo más profundo.

La sospecha.

La incómoda sospecha de que quizá todavía existen rincones del mundo donde la ciencia no manda completamente.

Porque el hombre moderno presume saberlo todo.

Lleva satélites en el cielo.

Mapas digitales.

Inteligencia artificial.

Submarinos nucleares.

Y aun así sigue entrando al bosque con miedo.

Eso debería hacernos reflexionar.

Aunque quizá el ejemplo más extraño apareció siglos después. Un antropólogo del año 2791 aseguró haber encontrado en una piedra negra, perdida entre manglares y ruinas cubiertas de humedad, una inscripción imposible. Nadie supo cómo fue grabada. Sólo podía leerse una frase:

“El abominable hombre de Tabasco: AMLO.”

Los académicos del futuro discutieron durante décadas si se trataba de un gobernante, una deidad tropical, un tlatoani eléctrico o una criatura mitológica que dividía tribus enteras con sólo aparecer en las pantallas ceremoniales de la antigüedad mexicana. Algunos afirmaban que dominaba las mareas políticas; otros, que tenía el poder sobrenatural de hablar durante horas sin respirar. La ciencia del siglo XXVIII jamás logró resolverlo.


Pie Grande no vive solamente en las montañas.

Vive en la imaginación humana.

Y eso lo vuelve inmortal.

Porque cada época inventa sus propios monstruos.

La Edad Media imaginó dragones.

El siglo XIX creó vampiros elegantes.

El XX fabricó extraterrestres grises.

Y el XXI parece haber construido monstruos invisibles: algoritmos, vigilancia, manipulación digital, soledad electrónica.

El monstruo cambia de piel, pero nunca desaparece.

Siempre necesitamos algo que habite más allá de la fogata.

Algo que respire entre los árboles.

Algo que nos recuerde que seguimos siendo animales asustados alrededor del fuego.


Y quizá allí está la verdadera tragedia del llamado abominable hombre de las nieves.

Tal vez jamás fue abominable.

Quizá solamente fue distinto.

La humanidad tiene una vieja costumbre: convertir en monstruo aquello que no comprende.

Abominó a los extranjeros.

A los herejes.

A los científicos.

A los poetas.

A los locos.

A los diferentes.

A veces incluso abominó de sí misma.

Y quizá el Yeti no sea otra cosa que un espejo cubierto de pelo.

Un reflejo gigantesco de nuestros propios miedos.


Existe además algo profundamente poético en estas criaturas.

Siempre aparecen en lugares lejanos.

Nunca en centros comerciales.

Nunca en parlamentos.

Nunca entre luces LED y oficinas de gobierno.

Aparecen donde todavía sobrevive el silencio.

Montañas.

Nieves.

Bosques.

Cordilleras.

Selvas.

Como si la naturaleza se negara completamente a ser domesticada.

Como si aún guardara secretos.

Y eso resulta casi consolador.

Porque en un tiempo donde todo parece fotografiado, catalogado y vendido, la idea de que todavía exista un misterio caminando entre la nieve produce una extraña alegría infantil.

Nos recuerda que el universo aún no ha sido terminado.


Quizá por eso el hombre nunca dejará de buscarlo.

No importa cuántas expediciones fracasen.

No importa cuántos científicos se burlen.

No importa cuántas huellas resulten ser de osos deformadas por el deshielo.

La búsqueda continuará.

Porque la humanidad necesita milagros aunque diga que no cree en ellos.

Necesita rincones oscuros.

Necesita preguntas sin respuesta.

Necesita criaturas imposibles.

Necesita todavía sentir que el mapa no está completo.


Y acaso la lección final sea ésta:

Lo verdaderamente abominable no siempre vive en las montañas.

A veces vive en las ciudades.

En las guerras.

En la crueldad cotidiana.

En el odio organizado.

En la soberbia humana.

Pie Grande jamás lanzó bombas atómicas.

El Yeti nunca construyó campos de exterminio.

Ningún hombre de las nieves destruyó océanos ni incendió continentes.

Eso lo hizo el hombre perfectamente civilizado.

El hombre vestido de traje.

El hombre que se cree dueño del mundo.

Tal vez por eso el monstruo sigue escondiéndose.

No porque nos tema.

Sino porque nos conoce demasiado bien.

Y quizá, en el fondo de las nieves eternas, el último ser verdaderamente salvaje del planeta observa a la humanidad con la misma palabra que nosotros le dimos a él:

abominable.

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