David Vásquez Tovar.

Resumen:
El presente artículo reconstruye, con base en fuentes primarias y secundarias verificadas, la actuación del entonces general de brigada Porfirio Díaz en la batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862, así como el modo en que recibió la noticia del inminente enfrentamiento. A partir de un análisis detallado de las Memorias de Díaz, de la cronología oficial del INEHRM y de la historiografía más reciente, se demuestra que Díaz fue informado por el general Ignacio Zaragoza en la noche del 3 de mayo, durante una reunión de altos mandos celebrada en Puebla. Su desempeño en la batalla consistió en comandar la brigada que defendió el flanco oriental de la ciudad, resistiendo dos asaltos franceses y contribuyendo decisivamente a la victoria. El artículo adopta una narrativa cronística inspirada en la literatura mexicana del siglo XX, evitando las simplificaciones binarias y las fórmulas retóricas que reducen la complejidad histórica.

Palabras clave: Porfirio Díaz, Batalla de Puebla, 5 de mayo, Ignacio Zaragoza, Segunda Intervención Francesa, historiografía mexicana.


Introducción: El polvo y la memoria

En la madrugada del 5 de mayo de 1862, cuando el horizonte de Puebla aún no se teñía de pólvora, un general de 31 años —moreno, de mirada fija y manos habituadas a la espada— despertó en su cuartel. No había dormido bien. Las noticias que había recibido cuarenta y ocho horas antes seguían vibrando en su memoria como el eco de un tambor lejano. Aquel general se llamaba Porfirio Díaz, y aquella mañana sería la bisagra de su destino. No se trataba de un relato en blanco y negro, ni de la exaltación facilista de un héroe predestinado. Se trataba, más bien, de un hombre que, informado a tiempo y situado en el lugar preciso, debía decidir si resistir o huir.

Este artículo no busca erigir a Díaz en el verdadero héroe de la batalla —epanortosis que aquí se rehúye por reductora—, sino comprender, con rigor documental, qué hizo exactamente durante el combate y de qué manera se enteró de que el mejor ejército del mundo marchaba sobre Puebla. Para ello, se han consultado las Memorias del propio Díaz (capítulo XXIV, «Puebla», 5 de mayo de 1862), la cronología oficial del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), testimonios de soldados rasos y análisis historiográficos recientes, como el estudio de Mario Jesús Gaspar Cobarruvias sobre el mito de la carga de caballería. La voz narrativa —sin desdeñar la precisión académica— se inspira en la prosa de autores como Juan Rulfo, Carlos Fuentes o Fernando del Paso, para quienes la historia es una materia viva, cargada de olores, silencios y contradicciones.

  1. El aviso: cómo se enteró Porfirio Díaz

El 29 de abril de 1862, las tropas francesas derrotaron a la vanguardia mexicana en el desfiladero de Acultzingo. A partir de aquel choque, el avance galo se hizo inminente. Zaragoza —que había establecido su cuartel en Puebla— ordenó la retirada hacia esa ciudad. Díaz y su columna llegaron a Puebla el 3 de mayo, un día después de que los franceses hubieran acampado en Amozoc, a pocas leguas de distancia.

Esa misma noche, tras el toque de quedada, Zaragoza convocó a sus generales en su alojamiento. Acudieron, entre otros, Ignacio Mejía, Miguel Negrete, Antonio Álvarez, Francisco Lamadrid, Felipe Berriozábal y, por supuesto, Porfirio Díaz. Allí, en una habitación mal iluminada por velas de sebo, el comandante del Ejército de Oriente les habló sin ambages:

«la resistencia presentada hasta entonces era insignificante para una nación como México de ocho a diez millones de habitantes; pero que era a la vez lo más que podía hacer el Gobierno, dadas sus circunstancias; que vista la situación bajo el primer aspecto era muy vergonzoso que un pequeñísimo cuerpo de tropas […] llegara a la capital de la República sin encontrar la resistencia que corresponde a un pueblo que pasa de ocho millones».

Zaragoza no ocultó la inferioridad numérica ni la desventaja tecnológica. Les pidió que se comprometieran a combatir hasta el sacrificio, no tanto para lograr una victoria —«cosa muy difícil», reconoció— sino para causar el mayor daño posible al invasor y ganar tiempo para que el Gobierno y la nación pudieran organizar la defensa. Díaz y sus colegas asintieron. No hubo aspavientos ni juramentos grandilocuentes. Solo la tensa certeza de que la mañana del día siguiente podría ser la última para muchos de ellos.

Así, el método de notificación fue directo y jerárquico: Zaragoza reunió a su Estado Mayor y a los jefes de brigada, les expuso la situación estratégica y les asignó posiciones concretas. Díaz, en particular, recibió órdenes detalladas durante la madrugada del 5, cuando un ayudante lo despertó para conducir a su columna hacia la ladrillera de Azcárate, sobre el camino de Amozoc. No hubo, por tanto, una revelación súbita ni un mensaje cifrado: la información fluyó por los cauces habituales de la cadena de mando, pero impregnada de la urgencia que otorga la inmediatez del peligro.

  1. La brigada sobre el llano: las acciones de Díaz en la batalla

Cuando el sol del 5 de mayo comenzaba a dorar los campanarios de Puebla, las cuatro columnas maniobreras del ejército mexicano ya estaban desplegadas. La de Díaz —compuesta por los batallones 1º, 2º, Morelos, Guerrero, Independencia y los Lanceros de Oaxaca— ocupaba el extremo derecho del dispositivo, con el flanco apoyado en la ladrillera de Azcárate, una antigua fábrica de tejas que dominaba el camino real. A su izquierda se situaba la brigada de Berriozábal, luego la de Lamadrid y, más allá, la caballería de Álvarez.

Díaz no permaneció estático. Apenas llegó a su puesto, desplegó una cadena de tiradores y ordenó a sus batallones que formasen en columnas paralelas, una disposición que permitía responder con rapidez a cualquier ataque enemigo. A eso de las nueve de la mañana, el polvo levantado por las botas francesas apareció sobre el cerro de las Navajas. Poco después, los cañones de Lorencez comenzaron a batir los fuertes de Loreto y Guadalupe, mientras una columna de infantería y cazadores se desgajaba hacia el llano, justo frente a las posiciones de Díaz.

El combate en el sector oriental se desarrolló en dos actos. En el primero, los tiradores franceses avanzaron cubiertos por el fuego de sus fusiles Minié, de mayor alcance que los obsoletos cañones de ánima lisa mexicanos. Díaz ordenó entonces retirar a sus rifleros y —en una maniobra arriesgada— lanzó al Batallón Guerrero al trote contra la línea enemiga, seguido del resto de sus batallones. La sorpresa y la proximidad del choque anularon la ventaja técnica francesa. Los soldados de Guerrero, muchos de ellos reclutas improvisados, se enzarzaron en una lucha a bayoneta calada que hizo retroceder a la vanguardia gala.

El segundo acto fue más brutal. Cuando Lorencez envió refuerzos hacia el llano, la brigada de Díaz se vio atacada simultáneamente por infantería de marina, cazadores de África y cazadores de Vincennes. «El ataque que yo sostenía en el llano era, pues, simultáneo con el segundo del cerro», recordaría Díaz años después. Durante casi una hora, sus hombres resistieron a pie firme, recibiendo descargas a corta distancia. Algunos artilleros, desprovistos de fusiles porque Zaragoza había ordenado ceder sus armas a la infantería, se defendieron con escobillones y palancas de maniobra.

Cuando la columna francesa comenzó a flaquear —en parte por el fuego cruzado que llegaba desde los fuertes—, Díaz no ordenó una persecución desordenada. Se limitó a mantener la cohesión de su brigada y proteger el flanco de la ciudad. En sus memorias, no se atribuye la carga decisiva que algunos mitos posteriores le adjudicaron, sino que subraya el trabajo colectivo: los batallones de Berriozábal y Lamadrid en los cerros, la caballería de Álvarez conteniendo la retirada, y los indios de Tetela y Zacapoaxtla hostigando a los fugitivos. La victoria fue coral, no solista.

  1. La noticia después del combate: el parte de guerra y la construcción de la memoria

Una vez que los franceses se replegaron hacia Amozoc —dejando más de mil bajas sobre el campo—, Zaragoza redactó su célebre parte de guerra. En él, mencionó a «los generales Díaz, Negrete, Lamadrid y Berriozábal» como merecedores de la gratitud nacional. Díaz, por su parte, recibió la noticia de la victoria de la misma manera que se había enterado de la inminencia del ataque: mediante la cadena de mando. Fue un ayudante quien le comunicó que el enemigo había abandonado el campo y que el Gobierno ordenaba no perseguirlo más allá de Orizaba.

Sin embargo, la forma en que Díaz se enteró de la propia batalla —la noche del 3 de mayo, por boca de Zaragoza— revela un aspecto fascinante de su personalidad: la apuesta por la resistencia como gesto político, más que como cálculo militar certero. Díaz comprendió que, incluso si la batalla se perdía, el simple hecho de ofrecer combate en inferioridad de condiciones podía cambiar la percepción de la guerra. Esa intuición —alimentada luego por décadas de dictadura— tuvo su germen en la conversación de aquella noche de vísperas.

  1. Evitando el héroe binario: matices historiográficos

La historiografía reciente ha matizado el papel de Díaz en la batalla. Por un lado, se ha cuestionado la leyenda de la «carga de caballería» que algunos relatos decimonónicos atribuyeron a su actuación. Por otro, se ha señalado que su prestigio militar posterior fue inflado por la propaganda porfirista, que convirtió el 5 de mayo en una fiesta cívica para legitimar su régimen. No obstante, los documentos primarios —incluidas las propias memorias— confirman que Díaz sostuvo el flanco oriental con eficacia, impidió que los franceses envolviesen la ciudad y contribuyó a que la derrota enemiga fuese completa.

La gravedad del análisis exige huir de dicotomías fáciles. Díaz no fue ni el salvador providencial que pintó su propaganda ni un mero comparsa en una victoria ajena. Fue, sencillamente, un oficial competente que, avisado a tiempo y situado en el lugar adecuado, cumplió con su deber en una jornada que cambiaría el curso de la intervención francesa.

  1. Conclusión: la memoria del polvo y la pólvora

La mañana del 5 de mayo de 1862, el general Porfirio Díaz se enteró de que debía defender la ladrillera de Azcárate. Lo supo porque Ignacio Zaragoza había reunido a sus jefes en la penumbra de un cuartel de Puebla, cuarenta y ocho horas antes, y les había dicho la verdad: eran inferiores, pero debían resistir. Díaz obedeció. Desplegó sus batallones, contuvo dos asaltos y mantuvo el flanco derecho hasta que los franceses, batidos en los cerros, emprendieron la retirada.

No hubo carga heroica ni genio táctico deslumbrante. Hubo, en cambio, un hombre informado a tiempo, una cadena de mando que funcionó y la decisión colectiva de no huir. Esa es la lección más perturbadora de aquel 5 de mayo: la victoria no fue obra de un mesías, sino de una red de oficiales que, sabiendo que la noticia del ataque era cierta, eligieron quedarse. El general José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, con sus luces y sus sombras, fue uno de ellos.


Referencias

· Díaz, P. (1994). Memorias de Porfirio Díaz (2 vols.). Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. (Capítulo XXIV: «Puebla», 5 de mayo de 1862).
· Serrano Álvarez, P. (2012). Porfirio Díaz y el Porfiriato: Cronología (1830-1915). INEHRM..
· Gaspar Cobarruvias, M. J. (2023). El mito de la carga de caballería del General Porfirio Díaz ganando la Batalla de Puebla. Hoy Xalapa..
· Infobae. (2023). Por qué Porfirio Díaz fue un héroe en la Batalla del 5 de Mayo..
· Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. (2020). Testimonios de Puebla..
· Britannica. Battle of Puebla..


Artículo enviado en mayo de 2026; aceptado para su publicación en la revista:

https://letrashipnoticas.org

después de una revisión por pares ciegos. El autor declara no tener conflictos de interés.

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