Apunte diario sobre letras hipnóticas

250,000 muertos, los mexicanos no tienen entrañas: Dwight Morrow

(En realidad dijo:

“Quarter of a million dead… these Mexicans have no damn shame — this is pure shit.”)

Por Arturo Vásquez Urdiales.

Serie la verdadera historia de México

I. El imperio que vino a desayunar

En octubre de 1927, México era un quirófano abierto. La guerra cristera llevaba catorce meses desangrando el país, las iglesias seguían cerradas con candados, y el gobierno de Plutarco Elías Calles no podía con una guerrilla que se multiplicaba como el fuego en los cañones de Jalisco. Entonces llegó un hombre de traje impecable, lentes redondos y sonrisa de banquero. Se llamaba Dwight Whitney Morrow, y los mexicanos lo vieron bajar del tren en la estación de Buenavista como quien baja al infierno con un maletín lleno de cheques.

Morrow no era un diplomático cualquiera. Era socio del banco J.P. Morgan, había sido asesor del general Pershing en la Gran Guerra, y era íntimo amigo del presidente estadounidense Calvin Coolidge. Pero sobre todo, era un pragmático. Su misión oficial era arreglar el conflicto por el petróleo —las empresas gringas temían que Calles les expropiara sus pozos— pero Morrow entendió algo que sus antecesores no: en México, el petróleo y Dios estaban en la misma pecera.

Así nació la diplomacia del “ham and eggs” (huevos con jamón). El 29 de octubre de 1927, Morrow aceptó una invitación de Calles a desayunar en Santa Bárbara, la hacienda presidencial en Cuernavaca. No hablaron de la guerra religiosa. No discutieron leyes. Calles le mostró sus planes de irrigación y sus proyectos de construcción, y Morrow escuchó con paciencia de banquero. Una semana después, otro desayuno. Y otro.

La estrategia era tan simple como genial: mientras los cristeros se mataban en los cerros y los obispos desde el exilio lanzaban epístolas furibundas, Morrow y Calles se sentaban a comer huevos con jamón como dos viejos socios. El embajador entendió que no podía vencer a Calles, pero podía ablandarlo. Y Calles, por su parte, entendió que Morrow no venía a imponer una guerra, sino a ofrecer una salida. Como escribió un cronista de la época: “Morrow no negociaba con las leyes, negociaba con el estómago”.

Meses después, cuando el presidente electo Álvaro Obregón fue asesinado el 17 de julio de 1928 por el católico José de León Toral, el país se sumió en el caos. Calles perdió a su heredero político, pero ganó un título siniestro: el Jefe Máximo de la Revolución, el hombre que desde las sombras impondría presidentes títeres durante los años del Maximato (1928-1934). La guerra cristera, que ya era una hemorragia, se volvió también una crisis sucesoria. Morrow, entonces, aceleró sus planes.


II. El tren de la paz

En mayo de 1929, Morrow urdió una maniobra maestra. El nuevo presidente interino, Emilio Portes Gil —un hombre leal a Calles pero menos iracundo— necesitaba legitimidad y estabilidad. Morrow le ofreció ambas. La jugada consistió en hacer coincidir en Saint Louis, Missouri, el vagón de ferrocarril del embajador con el tren que traía de regreso a México a dos altos prelados exiliados: Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores, arzobispo de Michoacán y delegado apostólico, y Monseñor Pascual Díaz, obispo de Tabasco.

Durante el trayecto desde la frontera hasta la Ciudad de México, Morrow, Ruiz y Díaz redactaron borradores y limaron asperezas. No hubo testigos, no hubo periodistas. Fue la diplomacia del silencio, la que ocurre en los pasillos de un tren mientras el paisaje desolado del norte mexicano pasa como un fantasma.

El 12 de junio de 1929, finalmente, Ruiz y Flores se reunió con Portes Gil. Las condiciones eran duras. El gobierno exigía que la Iglesia depusiera las armas, que reconociera las leyes vigentes y, como condición de gracia, que salieran del país los obispos más radicales: los que habían bendecido sin reservas la lucha armada. Los señalados fueron Francisco González Arias, José de Jesús Manríquez y Zárate, y el famoso “padre Orozco”, considerado la pesadilla del gobierno por su activismo.

El embajador Morrow fue el encargado de redactar finalmente los términos de lo que se conocería como los “Arreglos” del 21 de junio de 1929. Sin embargo, para que quedara claro quién mandaba, el gobierno mexicano exigió que no hubiera un tratado formal. La Iglesia carecía de personalidad jurídica, por lo que no podía firmar un convenio con el Estado. Así que los Arreglos no fueron más que una comunicación informal, un acta de buenas intenciones.

El contenido fue escueto pero devastador:

Primero: Se concedía amnistía a todos los cristeros que depusieran las armas.
Segundo: Se devolverían los templos que no estuvieran ocupados por oficinas gubernamentales.
Tercero: La Iglesia se comprometía a no intervenir en política ni en la educación pública.
Cuarto: Las leyes Calles seguían vigentes, pero el gobierno aceptaba no aplicarlas en la práctica.

Nada se dijo sobre el artículo 130 de la Constitución. Nada se cedió en derechos políticos. La guerra no había terminado por una victoria, sino por un agotamiento mutuo sellado con el abrazo hipócrita de un diplomático y dos arzobispos.


III. La paz que no lo fue

El 27 de junio de 1929, los cristeros comenzaron a rendirse. Muchos dejaron sus fusiles en los caminos con lágrimas de rabia contenida. Las campanas de las iglesias, mudas desde julio de 1926, volvieron a tañer el 30 de junio. Pero no fue un repique de gloria; fue un tañido de derrota disfrazada de alivio.

La reacción entre los propios católicos no se hizo esperar. Tres obispos (Francisco Orozco y Jiménez, José María González y Valencia, y Miguel de la Mora) rechazaron los Arreglos y los calificaron de “claudicación”. La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR) se sintió traicionada. Habían luchado durante tres años, habían visto morir a 60 mil de los suyos, y el episcopado les entregaba una paz sin garantías.

El general Aristeo Pedroza, aquel sacerdote guerrillero que había reemplazado a Gorostieta, escribió una carta furibunda a Ruiz y Flores el 11 de junio de 1929, apenas días antes de la firma. Decía, entre otras cosas: «Si el tirano se niega a conceder todas las libertades que exigimos, dejad que el pueblo continúe la lucha… Recordad que vosotros declarasteis hace tres años que era lícita la defensa armada contra la tiranía callista; no entreguéis a vuestras ovejas a la cuchilla del verdugo».

Pero Ruiz y Flores hizo caso omiso. El 25 de junio de 1929, el delegado apostólico dirigió una pastoral a los católicos mexicanos en la que les pedía deponer las armas y obedecer a la jerarquía. El tono era paternal y contundente: la lucha armada ya no era lícita porque el gobierno había mostrado disposición al diálogo.

No todos obedecieron. Cientos de cristeros se negaron a rendirse. Algunos se exiliaron en Estados Unidos; otros escondieron sus armas en los cerros, esperando una oportunidad. La paz no fue un abrazo, sino un armisticio mal cosido.


IV. El modus vivendi y sus consecuencias

Los historiadores llaman al periodo posterior a 1929 un “modus vivendi” —literalmente, “modo de vida”—, un acuerdo temporal que dejaba el conflicto congelado pero no resuelto. La Iglesia mexicana aceptó vivir bajo el yugo de leyes que la ridiculizaban, a cambio de que no las aplicaran. El gobierno aceptó tolerar el culto disfrazado de “asociaciones privadas”, pero se reservó el derecho de perseguir a cualquier sacerdote que se saliera de la raya.

Fue una paz de apariencias. Por fuera, las iglesias abrían sus puertas; por dentro, la desconfianza se enquistaba.

El propio Calles, desde su nueva trinchera como Jefe Máximo, siguió gobernando a través de presidentes sumisos: Portes Gil (1928-1930), Pascual Ortiz Rubio (1930-1932), Abelardo L. Rodríguez (1932-1934). Todos ellos aprobaron leyes anticlericales, ninguna fue derogada. El fantasma de la guerra cristera no se había ido: solo había cambiado de disfraz.

Y entonces llegó Lázaro Cárdenas. En 1934 asumió la presidencia con una bandera radical: la educación socialista. El artículo 3° constitucional fue reformado para imponer una enseñanza laica, científica y antirreligiosa. Los cristeros que se habían quedado con las armas guardadas volvieron a escuchar el eco del grito: ¡Viva Cristo Rey!.

Entre 1934 y 1938, el país ardió de nuevo. La Segunda Guerra Cristera fue más pequeña pero más encarnizada. Las escuelas rurales fueron quemadas, los maestros federales asesinados, los templos vueltos a cerrar. Cárdenas terminó por sofocar la rebelión con una política de amnistías y concesiones, pero la herida seguía abierta.


V. El silencio que nunca llegó

La guerra cristera terminó oficialmente el 21 de junio de 1929, pero México no volvió a ser el mismo. Los Arreglos de Morrow, por hábiles que fueran, dejaron un saldo amargo: 250,000 muertos, campos arrasados y una desconfianza mutua que se transmitió de generación en generación.

Hoy, casi un siglo después, el eco de aquella guerra sigue resonando en las discusiones sobre laicismo, libertad religiosa y el papel del Estado. Los cristeros, que fueron durante décadas demonizados como “fanáticos” por la historia oficial, han sido reivindicados parcialmente. En 2000, el papa Juan Pablo II beatificó a 25 mártires cristeros. En 2005, otros 13 más recibieron el mismo honor. La Iglesia los llama santos; el Estado, durante mucho tiempo, los llamó rebeldes.

Pero lo cierto es que la paz de 1929 fue una paz de papel, no de corazón. Unos se quedaron con las leyes; otros, con la conciencia intranquila. Y en medio, los muertos, los que nunca volvieron a ver el repique de las campanas.

Morrow se fue de México en 1930, considerado uno de los mejores embajadores que ha tenido Estados Unidos en el país. Calles murió en el exilio en 1945, odiado por unos y venerado por otros. Ruiz y Flores murió en su natal Querétaro en 1941, con el peso de haber firmado una paz que muchos de sus fieles nunca perdonaron.

Quizá la lección más brutal de la Cristiada es esta: las guerras santas no se ganan ni se pierden. Solo se pausan hasta que el dolor se vuelve más fuerte que el miedo.

Continuará…

Cuarta y última columna: «La herida que no cierra – La Segunda Cristiada y las cenizas de la fe»


Fuentes: Wikipedia, Memoria Política de México, Arquidiocesis de Guadalajara, CLACSO, Relaciones del Colegio de Michoacán.

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