Apunte Diario sobre Letras Hipnóticas

Aureliano Blanquet, quien diera el tiro de gracia a Maximiliano de Habsburgo, degollado en Veracruz por traidor.

Por Arturo Vásquez Urdiales

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I. El verdugo de dos mundos.

Aureliano Blanquet fue un soldado profesional, de esos que no discuten órdenes, que no cuestionan lealtades, que no se arrepienten.

Sirvió a la República. Sirvió al Imperio. Sirvió a la Dictadura. Sirvió a la Usurpación. Al final, nadie lo reclamó.

Sus enemigos lo decapitaron. Sus amigos lo olvidaron. La historia lo recuerda como un traidor.

Pero él, probablemente, no se sintió nunca traidor. Solo cumplió órdenes, dijo en alguna ocasión.

En 1867, siendo apenas un sargento segundo, Blanquet formó parte del pelotón que fusiló a Maximiliano de Habsburgo en el Cerro de las Campanas.

Cuando el emperador sobrevivió a la primera descarga, moviéndose en el suelo y gritando, Blanquet recibió la orden del capitán Montemayor: acercarse y dar el tiro de gracia en el corazón.

Así lo hizo. Nunca lo confirmó. Nunca lo negó. Dejaba que la leyenda creciera.

Pero la historia no termina ahí. Una leyenda centroamericana sostiene que Maximiliano no murió aquel día. Benito Juárez, masón como el archiduque, le habría perdonado la vida a cambio de desaparecer para siempre.

Fingieron el fusilamiento y el emperador huyó a El Salvador, donde vivió más de sesenta años bajo el nombre de Justo Armas, andando siempre descalzo por una promesa a la Virgen del Carmen.

El arquitecto salvadoreño Rolando Deneke afirma haber realizado pruebas de ADN que confirman el parentesco.

La paradoja es terrible: si Maximiliano no murió, ¿a quién fusiló Blanquet aquella mañana? ¿A un emperador o a un fantasma?

Quizá, lo más acertado, a un pobre diablo apatrida con características de europeo. El pelotón de fusilamiento nunca había visto al Emperador.

El tiro de gracia de Blanquet pudo haber sido el disparo más inútil de la historia.

El verdugo, sin saberlo, ejecutó a un hombre que ya se había salvado. La leyenda es más poderosa que la bala.

Más Blanquet terminaría traidor y degollado.

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II. La otra orilla: los que no cayeron.

Mientras Blanquet se desbarrancaba y era decapitado en Veracruz, otros hombres construían su destino desde la lealtad.

Dos jóvenes militares, Maximino Ávila Camacho y Edmundo Sánchez Cano, fueron compañeros de armas durante la Revolución.

Ambos habían jurado defender al presidente Francisco I. Madero.

Ambos combatieron en la Ciudadela, en Palacio Nacional, se jugaron el cuero por el Señor Presidente Madero. El destino de Panchito, “el espiritista”, estaba echado y este par de jugaría la vida en cada trinchera donde se jugara el honor de la República, se hará de ambos militares la crítica que deseen. Pero, ante todo, fueron soldados de la Patria, Soldados de Honor.

*Pero la traición de Blanquet y Victoriano Huerta cambió todo. Maximino y Sánchez Cano fueron capturados y enviados a consejo de guerra. Su destino era el paredón. El lugar: “La Boticaria” en Veracruz, una corte marcial donde muchos revolucionarios encontraron la muerte, les esperaba.

Fue entonces cuando intervino la señora Delfina Cano, madre de Edmundo Sánchez Cano y pues así como se oye. Señora del sacerdote Bulmaro Cano, quien durante más de cuarenta años sirvió en la iglesia de Pochutla, en la costa de Oaxacs, ahí trabó amistad memorable con el jefe político y militar de la costa chica y costa grande, elmGeheral Chico Ramos.

El General Ramos tenía su historia. Derrotó a los franceses a las órdenes de su compadre Porfirio Díaz, se jugó el pellejo en la guerra de reforma, en la intervención francesa, en la república restaurada, fue parte de la conspiración de la Noria y del Plan de Tuxtepec. Cuando las glorias llegaron, al atardecer de sus días, Don Porfirio le confiere el poder supremo en una arisca región de México: la costa chica y la costa grande.

Administro su jefatura política lo mejor que pudo. Un viejo polvorín en Chalchicomula, Puebla, le lesionó los ojos. A estás alturas y depuesto su Compadre Porfirio, el ya era viejo y ciego, nunca se retiró y nunca entregó la plaza. Cómo jefe político el Miahuateco estaba prácticamente retirado en Chacalapa, a unas cuantas millas españolas (varas) de San Pedro Pochutla.

Bulmaro Cano llegó como Sacerdote de esta región. Más de 40 años lo vieron hacerse viejo. Después por la panela también quedar ciego. Ciego lo cambiaron a la Iglesia de la Merced, Ciudad de Oaxaca, en dónde estuvo por también muchos años, ahí murió.

Cuando su hijo Edmundo Sánchez Cano iba a ser fusilados en la Boticaria, el ya había partido a ver brillar La luz perpetua. Solo quedaba el recuerdo y el viejo solar venido a menos de la calle de Manuel Doblado, por su cercanía a la Iglesia de la Merced.

Ahí nos agarro la novedad de que Edmundo y Máximo serías fusilados….ni más menos que por su lealtad a Panchito Madero. Está vida es muy extraña.

Doña Delfina logró llegar hasta Don Chico Ramos, allá en Chacalapa y destrozar a sus caballos. Ya era una señora de edad. Siempre activa he intuitiva.

Le contó que su ahijado iba a ser fusilado en Veracruz.

Con absoluto gusto. Vamos a convertir esa anécdota en literatura. Tomaremos la materia prima de la leyenda oaxaqueña, la pasaremos por el tamiz del realismo mágico, la respiración pausada de Juan Rulfo y la cadencia hipnótica de Arturo Vásquez Urdiales.

Aquí está el pasaje reescrito. No como crónica, sino como aparición.

ex-libris en esta misma columna

[[ El milagro de las mulas sin jinete

(Apunte Diario sobre Letras Hipnóticas)

Por Arturo Vásquez Urdiales ]]


I. La comadre que cabalgó sobre la muerte

Doña Delfina Cano no era mujer de llantos. Era señora precisamente de un sacerdote, madre de un soldado, y las mujeres de esa estirpe aprenden a callar antes de aprender a rezar.

Pero aquella noche, cuando le dijeron que su hijo Edmundo Sánchez Cano y el joven Maximino Ávila Camacho serían fusilados al amanecer en el puerto de Veracruz, sintió que la tierra se le hundía bajo los pies. No pidió permiso. No pidió clemencia. Solo pidió caballos.

*Fue a ver al general Chico Ramos, viejo porfirista ciego de los ojos pero no de la memoria, compañero de Porfirio Díaz en más de veinte batallas, jefe político de Chalacapa, Pochutla, dueño de horca y cuchillo en toda la costa Chica y Costa Grande. Padre de una gran descendencia.

Él la recibió en la penumbra de su casa, con las manos callosas y la mirada perdida en algún horizonte que ya nadie veía.

—Comadre —le dijo el general, sin levantar la voz, como quien cuenta una receta o un conjuro—. Destroza los caballos que le voy a dar. No los cuide. No los detenga. Córralos hasta que el corazón les reviente. Llegue a Salina Cruz. Si no puede subir al tren ahí, suba en Ciudad Ixtepec. No mire atrás.

Doña Delfina asintió. No preguntó más.

—Llegue a Coatzacoalcos. Ahí toma otros caballos. Vuelva a destruirlos. Llegue al puerto. Y cuando llegue, entregue esto.

*El general Chico Ramos sacó de entre sus ropas un papel arrugado, pero no cualquier papel. Era un salvoconducto firmado de General de la Reforma y la Intervención a su amigo compadre y similar, el general ciudadano jefe del Estado Mayor y jefe político y militar de Veracruz.

Presidente del Consejo de Guerra.

Ambos, el ciego y el del puerto, habían combatido juntos. Habían matado juntos. Habían enterrado a sus muertos en la misma tierra. Esa firma valía más que la vida de un hombre.

No era petición de vida, era orden, orden de quien fue cercano, muy cercano al corazón de Don Porfirio Díaz, y el de Veracruz sabía de los alcances del de Chacalapa.

*No había favores. La obediencia del ejército no está aún del lado de la Revolución, recordar que te ien habían matado a Don Panchito Madero, el hijo de don Evaristo Madero Elizondo, el dueño de un millón cien mil hectáreas allá en el Norte. No, el ejército mexicano aún era Porfirista.

—Lléveselo, comadre. Y que Dios la acompañe, porque los hombres ya no podemos hacer nada. Los minutos son preciosos para la vida de sus muchachos.

Doña Delfina montó esa misma noche. Destrozó los caballos. Corrió sobre el polvo y la sal. Llegó a Salina Cruz. Llegó a Ixtepec. Tomó el tren transístmico como un suspiro, pegada a la ventana, viendo cómo la selva se volvía manglar y el manglar se volvía mar.

Llegó a Coatzacoalcos. Destrozó otros caballos. Y al fin, cuando el puerto ya olía a brea y a sangre, entró al palacio de gobierno.

*Pidió hablar con el Gobernador, el acceso momentáneamente le fue negado, basto simplemente mostrar el sobre cerrado, un ugier le trajo la inmediata respuesta:

-Pase señora. Pase-.

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II. La orden del Santo Cristo.

El general de Veracruz la recibió con el salvoconducto en una mano y la muerte en la otra. Leyó el papel. Lo leyó dos veces. Lo leyó tres veces. Y cuando alzó la vista, sus ojos no tenían compasión, tenían miedo.

—Señora —dijo, y su voz sonó como una losa—. Levántese. Sus soldados ya fueron juzgados. Sentenciados. El consejo de Guerra fue rápido y certero. Mañana, a las cinco de la mañana, serán pasados por las armas. Yo no puedo hacer más. Si yo fuera usted…

Hizo una pausa. La pausa de los hombres que saben que están hablando de más.

—Si yo fuera usted, me iría a rezar al Santo Cristo de Veracruz, en la catedral. Vaya. Rece. Pídale un milagro. Esté ahí toda la tarde. Toda la noche. No se despegue.

Doña Delfina salió del palacio con las cajas destempladas, como quien ha recibido una sentencia de muerte propia.

Afuera la esperaba un indio mixteco, su ayudante de fatigas, de esos que no hablan mucho porque han aprendido que las palabras pesan más que las piedras.

—Señora —le dijo el indio, con la voz ronca de los que han visto amanecer en la sierra—. El general le dio una indicación. Vaya a la catedral. Póngase a rezar a los pies del Santo Cristo. Él así lo dijo.

Doña Delfina, que ya no sabía si creer en Dios o en los generales, entró a la catedral. Se hincó. Y comenzó a rezar.

Las horas pasaron como mulas viejas. La tarde se fue. La noche se vino encima. Las velas temblaban. El Santo Cristo de Veracruz, ese Cristo moreno de los puertos, la miraba en silencio. No decía nada. Los Cristos de los puertos nunca dicen nada. Solo miran. Solo esperan. Solo hacen milagros.

Cerca de la media noche, cuando los rezos ya se le habían secado en la garganta, un rumor de pasos descalzos se acercó por el lado de la sacristía.

Otro indio. Pero no uno cualquiera. Este venía de un pueblo de la parte alta de Veracruz, un pueblo cuyo nombre sonaba como Hueyapan, como si la tierra de Oaxaca se hubiera desprendido y hubiera ido a caer junto al mar.

Los indios mixtecos que acompañaban a doña Delfina se pusieron en guardia, pero ella alzó la mano.

—Déjenlo pasar.

El indio se arrodilló. No ante ella. Ante el Cristo.

—Señora —dijo, sin levantar la vista del piso de la catedral—. El milagro que usted está esperando lo van a tirar en tal y tal punto de cruce de caminos. En punto de las tres de la mañana. El Señor que hace los milagros dice que los trepe usted a unas mulas o unos caballos. No les quite el disfraz hasta bien entrado en Oaxaca. No se vaya por el istmo de Tehuantepec. Tome hacia Tuxtepec. Atraviese la Sierra. Y de ahí se los manda al general Chico Ramos. Pero córrale, señora. Necesita ir a conseguir caballos.

Doña Delfina no preguntó quién era ese indio.

No preguntó cómo sabía. Solo se levantó, cruzó la puerta de la catedral y salió a la noche más oscura que había visto en su vida.

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III. Las mulas sin jinete

A las tres de la mañana, en el cruce de caminos señalado, junto a un ojo de agua que parecía llorar desde antes de que naciera el mundo, aparecieron dos mulas sin jinete.

No venían de ningún lado. No iban a ningún lado. Solo estaban ahí, quietas, como si las hubiera parido la tierra en ese momento. Sobre sus lomos, dos bultos largos, envueltos en vendas blancas. Vendas apretadas. Vendas como de momia. Vendas que no dejaban ver si dentro había un hombre o un sueño o un cadáver.

*Doña Delfina se acercó temblando. Tocó uno de los bultos. No Sintió calor. No Sintió un latido débil, hondo, como el rumor de un río subterráneo. Y entonces creyó lo peor.

—¡Me los han matado! —gritó, y su grito se quebró contra los cerros—. ¡Me los mataron!

Cayó de rodillas. Lloró. Lloró como no había llorado nunca.

Ni cuando murió su padre. Ni cuando se fue su esposo. Ni cuando supo que su hijo había sido sentenciado. Lloró con el llanto de las madres que ya no tienen a quién pedirle nada.

Los indios mixtecos que la acompañaban, aquellos hombres de rostro tallado en piedra y manos hechas para la tierra, se acercaron a los bultos con respeto. El mayor de ellos, un tal Encelao o Encislao —la memoria de los pueblos no es buena con los nombres, pero es excelente con los hechos—, sacó su cuchillo de cazar. Con cuidado de quien abre una herida para sanarla, empezó a cortar las vendas.

Las vendas cayeron. Una a una. Como telarañas. Como sudarios.

Y dentro, amordazados, con los ojos abiertos y la respiración cortada, estaban Edmundo Sánchez Cano y Maximino Ávila Camacho.

Vivos.

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IV. Los que volvieron del paredón.

Doña Delfina los abrazó. Los desamordazó. Les dio agua del ojo de agua, esa agua que sabía a sal y a milagro.

Ellos no hablaron. No podían. No porque tuvieran la boca atada, sino porque los hombres que han mirado a la muerte a las cinco de la mañana y han vuelto, esos hombres ya no hablan. Solo respiran. Y eso les basta.

Los subieron a las mulas. Les pusieron sombreros grandes, ponchos viejos, el disfraz que el indio había anunciado. Y emprendieron el camino.

No fueron por el istmo. Fueron hacia Tuxtepec. Atravesaron la Sierra. Días. Noches. Frío. Calor. Silencio. Hasta que al fin, cuando la tierra empezó a oler a chapulín y a mezcal, a tlayudas y supieron que habían llegado a Oaxaca.

El general Chico Ramos los recibió en su casa de Chalacapa, ciego pero sonriente, como quien ha ganado una batalla sin disparar un solo tiro.

—Ya ves, comadre —le dijo a Doña Delfina, mientras sus manos temblonas palpaban los rostros de los dos jóvenes soldados—. Los muertos que no mueren son los que tienen a quién los busque.

— Ese viejo general los tuvo un tiempo en las costas del pacífico. Les enseñó algo precioso. Les enseñó que las tierras violentas, calientes, ariscas como gatos de montaña, solo encuentran paz para los hombres sencillos del pueblo con mano dura, muy dura. Y así fue. Ambos aprendieron ahí a cómo se gobierna, gentil y sencillo para el pueblo, con mano de hierro al delincuente.

Aprendieron a gobernar en el mismo estilo que Don Porfirio Díaz y así, esa enciclopedia que murió en París, llegó directo y de nuevo a la Presidencia de la República, muchos años después.

Los que miran dentro de lo evidente se preguntan, sin don Porfirio murió, ¿Cuando murió el Porfiriato? Y pues, siguió vivo, muy vivo y toda vía por ahí anda si espíritu dando guerra y de repente aparece de nuevo en la misma presidencia imperial.

La Revolución así como las transformaciones solo sirven para que Son Porfirio cambié siendo el mismo, solo de colores

La sangre sigue siendo roja, México no cambia, la tierra no nace, indio nace mas y se muere igual.

*V. Lo que después pasó.”

Maximino Ávila Camacho llegó a ser gobernador de Puebla. Su hermano Manuel llegó a ser presidente de México. Edmundo Sánchez Cano llegó a ser gobernador de Oaxaca. Y juntos, los dos que habían sido salvados de un paredón en Veracruz, gobernaron con mano dura, con mano de generales, con la mano de los que saben que la vida es un préstamo que algún día hay que devolver.

La leyenda no dice qué pasó con las dos mulas. Algunos aseguran que desaparecieron en el mismo cruce de caminos donde aparecieron. Otros dicen que se volvieron piedra junto al ojo de agua, y que si alguien las toca en la noche, puede escuchar todavía el latido de dos corazones que debieron dejar de latir.

*Doña Delfina Cano, la madre que destrozó caballos y creyó en un indio desconocido y se hincó ante un Cristo moreno, murió muchos años después, en paz, con la certeza de que el milagro no es desafiar a la muerte, sino encontrar a alguien que esté dispuesto a hacerla milagros y con usted correrla, en paz y en pro de lo desconocido.

El general Chico Ramos murió ciego, pero viendo más que todos. Porque hay ciegos que solo han perdido la luz, y hay ciegos que han ganado la memoria.

Y el Santo Cristo de Veracruz sigue ahí, en la catedral, mirando a los que llegan a rezarle. No dice nada. Los Cristos de los puertos nunca dicen nada. Solo miran. Solo esperan.

Pero a veces, muy de madrugada, cuando el puerto aún está dormido, alguien jura haber visto dos mulas sin jinete cruzando la calle empedrada que sube hacia el convento. Van despacio. Van sin ruido. Y van hacia el sur.

Siempre hacia el sur.

Para los que aún creen que un salvoconducto puede más que una bala.

La vida después dio muchos giros, aquellos muchachos llegaron a muchas partes.

Mientras Aureliano Blanquet, el verdugo de emperadores, terminaba decapitado en una barranca, Maximino Ávila Camacho y Edmundo Sánchez Cano vivieron para convertirse en gobernadores: Maximino de Puebla, Sánchez Cano de Oaxaca. La historia, a veces, es justa, aunque está bien loca. Loquilla.


III. El lugar de los ahorcados

El general Edmundo Sánchez Cano fue también jefe militar de Chalchicomula de Sesma, en Puebla, un municipio fundado en el siglo XVI que significa “en la hondonada de los chalchihuites”. Pero ese no es el dato que importa. Lo que la memoria popular recuerda es que aquel pueblo dejó de llamarse de sesma, y pasó a llamarse algo más macabro.

Maximo era el mayor. Ordenó a su jefe político que acabará con los saltadores de caminos y a los delincuentes, abigeos, despojadores, ladrones. Así mismo Sánchez Cano cumplió. Puso orden. ¿Cómo? Con la horca y se acabó la delincuencia, ¿bien o mal? No lo sabemos. El general cumplió sus órdenes.

Otro tanto ocurrió con su encomienda como Jefe Político y Militar de Zacatlán “de las Manzanas” también el pueblo dejó de llamarle “de las manzanas” para llamarse “de los Colgados”.

La brutalidad de Maximino y la de Sánchez Cano era tal que los cuerpos pendían de los árboles como frutos podridos. La manzana se volvió cadáver. El edén se volvió infierno, Pero no volvió a haber delincuencia en la comarca hasta bien entrados los 60s del siglo pasado.

Si, pues. Zacatlán de las Manzanas, famoso por su producción de manzanas, fue el escenario de una transformación macabra: el lugar donde abundaban los frutos se convirtió en el lugar donde abundaban los ahorcados. Ambos generales gobernaron con mano de hierro, pero su lealtad mutua nunca flaqueó. Fueron hermanos de armas hasta el final, literalmente.

Soldados de la revolución, ninguno creía mucho en “los tiempos modernos”, aún “revolucionarios”, nacieron y crecieron en el ancien régime de Don Porfirio y claro que les agradó el modo.

Al final vivieron un tiempo en Chacalapa y vieron y vivieron como ponía orden el General Chico Ramos, Porfirista a mas no poder.

Esa forma de gobernar, por supuesto que en mimetismo la copió la revolución y la hizo gobierno. Don Porfirio muerto dejo la escuela de gobierno a muchas generaciones de soldados que vieron en ello motivos de honor, lealtad, amor por México.

¿Aquello fue mal? Por supuesto. Criticable y sentenciable, más.

Ponían un orden que hoy no conocemos: claro.

¿Se vendían a la maña?: ¡No! Los ahorcaban.

¿Había maña? No. Sencillamente si el General en jefe es un Soldado de honor, la Enseña Patria y la Patria Mexicana estarán en Paz. PaX Romana Pero paz al fin y al cabo.

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IV. El último eslabón

*Cuando Maximino llegó a gobernar Puebla, no olvidó a su viejo compañero. Intervino para que su hermano Manuel Ávila Camacho lo sentará en la silla de palacio de gobierno de Oaxaca.

Chico Ramos murió:

Chico Ramos, ese personaje casi legendario de Miahuatlán, Oaxaca, fue el eslabón perdido de esta historia. Compañero de Porfirio Díaz en más de diez batallas, su influencia en la costa oaxaqueña era tan grande que su palabra podía conmutar una sentencia de muerte. Sin él, Maximino y Edmundo Sánchez Cano habrían sido fusilados. Con él, vivieron para gobernar.

Fin del Ex-libris

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V. Coda: El verdugo decapitado

Así termina esta historia. Aureliano Blanquet, que mató a un emperador (o a su fantasma), que traicionó a un presidente, que sirvió a todos los poderes, cayó por una barranca en 1919.

Su cabeza fue cortada y exhibida en el puerto de Veracruz como trofeo de guerra. Su cuerpo, destrozado, quedó en el fondo del barranco.

Los soldados que él mismo había entrenado, los mismos códigos que él había seguido, se volvieron contra él. Porque los instrumentos, cuando ya no sirven, se tiran. Se decapitan. Se exhiben.

Pero mientras unos caían, otros se levantaban. Maximino Ávila Camacho y Edmundo Sánchez Cano, salvados por una madre, un sacerdote y un viejo general porfirista, escribieron su propio destino.

No con el tiro de gracia. No con la traición. Con la lealtad. Y eso, al final, es lo único que la historia perdona.

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Para los que aún creen que la bala decide el futuro.

Viva México

© 2026, Arturo Vásquez Urdiales
“Apunte Diario sobre Letras Hipnóticas”
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