Antigua Leyenda de la Antigua Antequera y sus fantasmas.

Por Arturo Vásquez Urdiales

En la Antequera de 1860, cuando las campanas todavía sabían decir la hora con voz de bronce y las casas antiguas guardaban más secretos que muebles, existía en una calle estrecha de cantera verde una casa virreinal del siglo dieciséis o diecisiete, de ésas que parecían no haber sido construidas sino recordadas por la piedra. Tenía un zaguán profundo, un patio con aljibe, corredores de arcos bajos y habitaciones donde el aire parecía rezar solo. Allí vivía Soledad.

No se llamaba únicamente Soledad. También se llamaba Dolores, también se llamaba María, también se llamaba como todas las mujeres antiguas que habían aprendido a bordar mientras se les morían las ilusiones en silencio. Pero en la ciudad nadie la nombraba entera. Le decían, con una mezcla de ternura y miedo, la Dama Soledad de Antequera. Era viuda desde muy joven, y aunque todavía conservaba la belleza pálida de las magnolias nocturnas, llevaba en el semblante esa ceniza fina que deja la costumbre de esperar a quien no volverá.

La casa, decían las lavanderas, estaba habitada por nostalgias más viejas que la Independencia. Unos juraban que allí habían vivido oidores, otros que un capitán español había escondido monedas en un muro, y otros, más dados al espanto que a la historia, aseguraban que en una alcoba del fondo lloraba por las madrugadas un hombre que no podía morirse del todo. Soledad no creía en habladurías, o fingía no creer. Pero desde hacía meses comenzó a oír, a la mitad de la noche, un llanto hondo, no de niño ni de mujer, sino de hombre derrotado. Era un llanto seco al principio, como si lo arrancaran de una garganta llena de tierra, y luego iba creciendo hasta humedecer los corredores como una llovizna invisible.

La primera vez pensó que provenía de la calle. La segunda, del patio. A la tercera comprendió que nacía dentro de la casa, allá en la recámara de huéspedes donde nadie dormía desde la muerte de su marido. Fue una madrugada de agosto, cuando la luna parecía una hostia triste sobre los tejados. Soledad tomó un candil y avanzó por el corredor. Sus pies desnudos rozaban las losetas frías. El llanto seguía. No pedía auxilio. No amenazaba. Lloraba como lloran los árboles viejos cuando se les parte una rama: con resignación y con memoria.

Empujó la puerta.

Y lo vio.

Sentado en la orilla de la cama, con el torso inclinado y las manos cubriéndole el rostro, estaba un hombre vestido de negro antiguo, con levita húmeda, botas empolvadas y una pena tan grande que hasta la luz del candil pareció encogerse. No levantó el rostro. No hizo ademán alguno. Sólo lloraba. Pero aquella visión no le produjo a Soledad el espanto que había imaginado. Sintió, en lugar del grito, un desgarramiento suave, como si aquella tristeza ajena viniera a buscar en su pecho una morada. Y lloró con él. Lloró sin preguntarse quién era, sin huir, sin santiguarse siquiera. Lloró hasta que el candil se le apagó y la oscuridad la hizo caer de rodillas.

A la mañana siguiente encontró la cama intacta, aunque sobre la colcha permanecía una humedad fría, semejante al rastro que deja la niebla cuando entra por error a una casa.

Desde esa noche el llanto regresó con puntualidad de misa. Soledad envejecía de un modo extraño: no por las arrugas sino por la nostalgia. Empezó a hablar menos, a comer menos, a mirar durante horas el brocal del aljibe como si allí abajo alguien alabara su tristeza. Las criadas renunciaron. El confesor le sugirió mudar de casa. Pero ella no se fue. Hay dolores que se vuelven costumbre, y costumbres que terminan volviéndose patria.

Fue entonces cuando apareció el gato.

Nadie supo de dónde vino. Una tarde de noviembre, mientras el sol ensangrentaba las azoteas de Antequera, Soledad lo encontró echado junto a la fuente del patio. Era negro de una negrura solemne, no la de la suciedad sino la del terciopelo y la noche profunda. Tenía el cuerpo largo, los bigotes quietos y una manera de mirar que no era propia de los animales sino de los jueces antiguos. Al principio ella creyó que tenía dos ojos amarillos, encendidos como cirios de difunto. Después, al verlo moverse bajo la sombra de los naranjos, pensó que algo más brillaba en torno a su cabeza. Eran fulgores brevísimos, pequeñas pupilas abiertas en el aire, como si el gato fuera acompañado por otras miradas invisibles.

Desde que el animal llegó, el llanto cambió. Ya no era continuo. Se detenía cuando el gato atravesaba el corredor. A veces se oía un quejido y luego un bufido seco, como si dos viejas potestades se disputaran la casa. El gato dormía junto a la puerta de la recámara maldita. Nunca comía frente a nadie. Nunca maullaba. Sólo vigilaba. Una madrugada, cuando el llanto volvió con su antigua hondura, Soledad se atrevió a seguirlo otra vez. Pero esta vez no iba sola. El gato negro caminó delante de ella con una majestad sacerdotal.

La puerta se abrió de golpe.

El hombre estaba otra vez sobre la cama, llorando con el alma vencida. Entonces el gato saltó. No sobre el pecho del fantasma, sino sobre la sombra que lo envolvía. Y fue allí cuando Soledad lo vio bien. No eran dos ojos los que tenía, ni cuatro, sino siete. Siete ojos encendidos, distribuidos en la noche de su cabeza como siete brasas sapientes, siete luceros pequeños, siete centinelas del abismo. Con ellos miró al aparecido, y aquel llanto comenzó a deshacerse como se deshace un retrato mojado. El hombre quiso levantar el rostro, pero ya era tarde. Su pena se volvió polvo. Su nostalgia se volvió aire. Y el cuarto se llenó de un olor antiguo, mezcla de cera, humedad y rosas secas.

Desde aquella noche la casa quedó en paz.

Soledad volvió a dormir sin sobresaltos. Dicen que rejuveneció un poco, lo bastante para sonreír algunas tardes. Dicen también que el gato de los siete ojos siguió viviendo con ella hasta el fin de sus días, espantando no sólo fantasmas, sino recuerdos demasiado hondos. Y que cuando murió la Dama Soledad de Antequera, una vecina juró haber visto al gato sentado sobre el pretil, mirando hacia la calle con sus siete lumbres abiertas, como si vigilara que ninguna tristeza volviera a entrar.

Porque hay casas que guardan muertos. Y hay gatos, rarísimos y sagrados, que guardan a los vivos.

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