Por Arturo Vásquez Urdiales

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Hay historias que no buscan ser comprendidas, sino sentidas. Como si no fueran narradas, sino recordadas desde un lugar antiguo donde el alma aún sabía su nombre. Hoy no hay argumento: hay tres formas del mismo misterio. Parábola, fábula y leyenda. Tres puertas para una sola verdad: el ser humano no está perdido… solo ha olvidado escuchar.

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Cantar I – Parábola del árbol eterno y el médico que no tenía nada

En una aldea olvidada de la Mixteca oaxaqueña, donde el viento hablaba en lengua antigua y el polvo no era suciedad sino memoria, vivía un médico pobre que no cobraba, porque nadie podía pagarle.

Curaba con lo poco que tenía: una caja de madera, dos vendas limpias, y una fe que no figuraba en ningún libro de medicina.

Un día llegó una niña rica, extraviada no por el camino, sino por la vida. Venía cubierta de perfumes, de distracciones, de nombres que no significaban nada. Nadie sabía cómo había llegado ahí. Ni ella.

—Estoy enferma —dijo—. Pero ningún médico me ha encontrado nada.

El médico la miró como se mira un paisaje al amanecer.

—Claro que estás enferma —respondió—. Te falta lo único que no se puede comprar.

La llevó entonces al borde del pueblo, donde crecía un árbol que nadie recordaba haber visto nacer. Sus raíces atravesaban las piedras, como si bebieran del centro mismo de la tierra.

—Escucha —le dijo.

La niña guardó silencio. Por primera vez en años.

Y entonces oyó.

No era el viento. No era el mundo. Era algo más profundo. Como si el árbol respirara… y al hacerlo, le recordara a ella cómo hacerlo también.

—Este árbol —dijo el médico— no vive del agua. Vive del tiempo. Y el tiempo solo se entrega a quien sabe detenerse.

La niña lloró.

Y en ese llanto, empezó a sanar.

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Cantar II – Fábula de la tortuga y el polvo de estrellas

Dicen que en un tiempo que no puede medirse, una tortuga caminaba lentamente por el borde de un mundo que aún no había sido nombrado.

Cada paso le tomaba un día. Cada respiro, una vida.

Desde lo alto, el polvo de estrellas descendía en silencio, como una lluvia que no mojaba, pero transformaba.

—¿Por qué te mueves tan despacio? —preguntó el polvo, danzando a su alrededor.

La tortuga no respondió de inmediato. Nunca lo hacía.

—Porque no voy hacia ningún lugar —dijo finalmente—. Voy hacia lo que soy.

El polvo de estrellas rió, si es que la luz puede reír.

—Yo he visto galaxias nacer y morir en un instante —dijo—. Yo soy el movimiento.

—Y yo —respondió la tortuga— soy la permanencia.

El polvo cayó entonces sobre su caparazón. Y algo ocurrió.

La tortuga empezó a brillar.

No más rápido. No más fuerte. No más grande.

Pero distinta.

Porque comprendió que no tenía que elegir entre avanzar o permanecer: podía hacer ambas cosas.

Y desde entonces, quien la ve caminar, cree que es lenta.
Pero en realidad… está cruzando el universo.

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Cantar III – Leyenda del monje, el soldado y el instante que no existía

En algún lugar entre las montañas y el tiempo, un monje tibetano y un monje cartujo se encontraron sin saber cómo.

Ninguno preguntó por el otro. Porque los hombres que han aprendido a callar, ya no necesitan explicaciones.

Junto a ellos, un soldado herido respiraba con dificultad. Había cruzado guerras, matado hombres, perdido nombres. No sabía si estaba vivo o muerto.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

El cartujo respondió:

—En el único lugar que existe.

El tibetano añadió:

—Pero no lo has visto nunca.

El soldado quiso levantarse, pero no pudo.

—He luchado toda mi vida —dijo—. Y no entiendo nada.

El monje tibetano tomó un poco de polvo del suelo y lo dejó caer.

—Eso eres.

El cartujo, en cambio, puso su mano sobre el pecho del soldado.

—Y eso también.

El soldado lloró.

—Entonces… ¿qué debo hacer?

Los dos monjes se miraron, como si compartieran una respuesta que no pertenecía a ninguno.

—Dejar de luchar contra lo que ya eres —dijeron.

En ese instante, el tiempo se detuvo.

O tal vez nunca existió.

Y el soldado, por primera vez, descansó.

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Epílogo – El mensaje que no se dice

El médico no curó con ciencia.
La tortuga no avanzó con prisa.

El soldado no encontró paz en la victoria.

Y sin embargo, los tres llegaron.

Porque hay caminos que no se recorren con los pies, sino con el alma.

Porque hay enfermedades que no se diagnostican, pero se sienten.

Porque hay guerras que solo terminan cuando uno deja de pelear consigo mismo.

Y porque, en el fondo, todos somos un poco esa niña perdida, ese soldado cansado, esa tortuga luminosa, ese árbol que respira en silencio.

El mensaje no está en las palabras.

Está en lo que queda cuando las palabras terminan.

Y si algo ha de recordarse, que sea esto:

No hay que correr para llegar.
No hay que poseer para ser.
No hay que entenderlo todo… para empezar a vivir.

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