Por Arturo Vásquez Urdiales
Viernes Santo – 3 de abril de 2026

Dolientes cantares para la vigilia de la verdad

—Columna para la humanidad doliente!

CAPÍTULO V – VIERNES SANTO

El pretorio cobarde, la cruz y el testimonio de María Magdalena


Cantar I – El pretorio donde la justicia se lavó las manos

Al alba del Viernes Santo, Jesús fue llevado atado desde la casa de Caifás al pretorio de Pilato. Juan 18:28 señala que los acusadores no entraron para no contaminarse antes de la Pascua. La ironía es demoledora: quienes tramaban un asesinato judicial cuidaban la pureza ritual. Pilato salió a ellos y preguntó: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». La respuesta fue evasiva: «Si no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado». El gobernador romano, ante la falta de cargos formales, intentó devolver el caso: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley». Pero los sacerdotes confesaron su debilidad: «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie».

Pilato se encontró así con un caso que no quería juzgar. Según el Evangelio de Nicodemo (Hechos de Pilato), el gobernador convocó a los principales sacerdotes y les dijo: «Vosotros habéis traído a este hombre como quien pervierte al pueblo; yo lo he interrogado y no hallo en él delito alguno». Pero la presión aumentó. El evangelio apócrifo añade que los judíos presentaron doce acusadores jurados, pero sus testimonios no coincidían. Pilato, desesperado, envió a Jesús a Herodes Antipas, que estaba en Jerusalén por la Pascua.

El Evangelio de Pedro, en cambio, afirma que Pilato se negó a lavarse las manos y que fue Herodes quien condenó a Jesús. Las versiones divergen, pero todas coinciden en un punto: el gobernador romano reconoció la inocencia del acusado y aún así lo entregó a la cruz. La justicia, cuando teme a la multitud, deja de ser justicia.


Cantar II – El barrabás y la turba que eligió al sedicioso

Pilato intentó una maniobra política: liberar a un preso por la Pascua. Ofreció a la multitud elegir entre Jesús, el llamado «Cristo», y Barrabás, un preso condenado por sedición y homicidio (Marcos 15:7). La elección era tramposa: Barrabás era un insurgente violento; Jesús, un predicador pacífico. La multitud, instigada por los sacerdotes, pidió a Barrabás y clamó: «¡Crucifícale!».

El Evangelio de Nicodemo relata que Pilato, al oír el clamor, dijo: «¿Qué mal ha hecho? No hallo en él causa de muerte». Pero la turba insistió. Pilato tomó agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: «Inocente soy de la sangre de este justo; vosotros veréis». El gesto, aunque simbólico, no lo eximía de responsabilidad: como gobernador, era su deber absolver a un inocente, no delegar la culpa en la multitud.

La tradición apócrifa conserva los nombres de los acusadores más activos: según los Hechos de Pilato, un tal «Teudas» y «Anás el escriba» fueron los principales instigadores. La liberación de Barrabás y la condena de Jesús es el momento culminante de la nulidad judicial: se prefiere la violencia a la paz, al sedicioso al justo, al cuerpo al espíritu. La justicia humana, en su peor versión, siempre elige a Barrabás.


Cantar III – La flagelación y la corona: el espectáculo del poder

Pilato ordenó flagelar a Jesús. Era un castigo previo a la crucifixión, pero también una concesión: esperaba que la multitud se compadeciera al verlo azotado. Los soldados lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas y se burlaron: «¡Salve, rey de los judíos!». Le golpearon la cabeza con una caña y escupieron sobre él (Marcos 15:16-20).

El Evangelio de Pedro añade un detalle estremecedor: después de la flagelación, Pilato «lo entregó al pueblo». Es decir, no solo a los soldados romanos, sino a la misma turba que pedía su muerte. La violencia se convirtió en espectáculo público. El cuerpo del acusado fue expuesto para satisfacer la ira de sus acusadores.

La corona de espinas no era solo un insulto; era una burla judicial. Los soldados vestían a Jesús como rey para ridiculizar la acusación de sedición. Pero la teología cristiana vio en esa corona el símbolo de un reino que no es de este mundo. El juicio nulo se completaba con la tortura: un inocente flagelado para contentar a la plebe. En cualquier tribunal moderno, las pruebas obtenidas bajo tortura son nulas. En el pretorio, la tortura fue la sentencia misma.


Cantar IV – El Gólgota y las siete palabras del Juez juzgado

Llevaron a Jesús al Gólgota, el lugar de la calavera. Lo crucificaron entre dos ladrones. Sobre su cabeza, Pilato mandó poner un título: «Jesús Nazareno, Rey de los Judíos» (Juan 19:19). Los sacerdotes protestaron: «No escribas “Rey de los Judíos”, sino que él dijo: soy rey de los judíos». Pilato respondió: «Lo que he escrito, escrito está». Era la última ironía del proceso: el gobernador que había cedido en todo se aferraba a esa inscripción como un acto de soberanía.

Desde la cruz, Jesús pronunció siete palabras que los evangelios recogen fragmentariamente. Lucas 23:34: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Juan 19:26-27: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» —y al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Mateo 27:46: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Juan 19:28: «Tengo sed». Juan 19:30: «Consumado es». Lucas 23:46: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

El Evangelio de Pedro no incluye estas palabras, pero añade: «Y el Señor gritó: “¡Poder mío, poder mío, me has desamparado!”». La tradición apócrifa fluctuó entre el dolor y la victoria. Pero lo que importa para nuestra reflexión jurídica es que el Juez del mundo se dejó juzgar por un tribunal nulo. La sentencia humana fue ejecutada, pero la sentencia divina aún no se pronunciaba. Esa vendría al tercer día.


Cantar V – María Magdalena: la testigo que no huyó

Mientras los discípulos huían o negaban, un grupo de mujeres permaneció al pie de la cruz. Entre ellas, María Magdalena. Los cuatro evangelios la mencionan como testigo de la crucifixión, la sepultura y la resurrección. Es la primera en llegar al sepulcro vacío y la primera en ver al Resucitado (Juan 20:11-18). En la tradición apócrifa, su figura adquiere una dimensión aún mayor.

El Evangelio de María (Magdalena), descubierto en 1896 en El Cairo, presenta a María como la discípula que recibió revelaciones especiales de Jesús después de la resurrección. Los otros discípulos, especialmente Pedro, dudan de ella: «¿Acaso ha hablado el Señor con una mujer sin que lo supiéramos?». Pero Leví la defiende: «Si el Señor la ha hecho digna, ¿quién eres tú para rechazarla?». El texto, aunque gnóstico, refleja una tensión real en el cristianismo primitivo sobre el liderazgo femenino.

En los Hechos de Pilato, María Magdalena es una de las que testifica ante el Sanedrín después de la resurrección, confirmando que Jesús había salido del sepulcro. Su testimonio, desechado por ser mujer según el derecho judío, es la piedra angular de la fe pascual.

El Viernes Santo, María Magdalena no huyó. Estuvo allí cuando el sol se oscureció y la tierra tembló. Vio el costado abierto de donde salió sangre y agua. Recogió en su memoria cada gesto del condenado. Y cuando todo terminó, siguió a José de Arimatea hasta el sepulcro. Ella, la testigo que no huyó, sería la primera mensajera de la victoria. El juicio nulo terminó en una tumba sellada. Pero la historia no acabó allí.


Coda para el Viernes Santo de 2026

Hoy, 3 de abril de 2026, mientras el mundo mira a las cruces que siguen levantándose en los tribunales de los poderosos, recordamos que la cruz fue el símbolo de la condena injusta. Pilato lavó sus manos, pero la sangre no se lava con agua. Los sacerdotes gritaron «crucifícale», pero su triunfo duró tres días. Y María Magdalena, la mujer silenciada por los escribas, fue la primera en proclamar que la justicia divina había anulado la sentencia humana.

Mañana, Sábado de Gloria, será el día del silencio en el sepulcro. Pero hoy, Viernes Santo, nos quedamos con la imagen de un Justo ejecutado, de un juez que no tuvo valor para absolver, y de una mujer que no tuvo miedo para mirar. La justicia humana es frágil. La memoria de la injusticia, no.


Urdiales Zuazubizkar – Fundación de Letras Hipnóticas A.C.
®©
Viernes Santo, 3 de abril de 2026
Jerusalén – Berlín – México – Gólgota


Fuentes documentales de este Capítulo V:

· Mateo 27:1-61; Marcos 15:1-47; Lucas 23:1-56; Juan 18:28–19:42 (Biblia de Jerusalén)
· Evangelio de Nicodemo (Hechos de Pilato), caps. V–XI (BAC, 2009)
· Evangelio de Pedro, fragmentos 6–14 (ed. Schneemelcher)
· Evangelio de María (Magdalena), Codex Berolinensis 8502 (ed. K. L. King, The Gospel of Mary of Magdala, 2003)
· Raymond E. Brown, The Death of the Messiah (Anchor Yale, 1994), vol. 1, págs. 711–878; vol. 2, págs. 879–1312
· John Dominic Crossan, The Cross That Spoke (Harper & Row, 1988), cap. 15


Continuará en el Capítulo VI – Sábado de Gloria: «El silencio del sepulcro y la espera de la justicia divina»

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