Por Arturo Vásquez Urdiales

4 de marzo. Epicteto dice: “la conciencia es libertad”. Séneca remata: “no hay esclavitud más deshonrosa que la voluntaria”. Dos frases como dos llaves antiguas, capaces de abrir una celda… o de cerrarla con elegancia.

Porque la libertad no es una sola cosa. Hay una libertad interior —esa chispa que elige el sentido de lo que sucede—, pero también hay libertad de pan, de tiempo, de salud, de seguridad; libertad de vínculos sin chantaje; libertad política para no vivir a merced del capricho. Si solo veneramos la primera, corremos el riesgo de convertir el estoicismo en coartada: “cambia tu actitud”, mientras el mundo no cambia.

Y, sin embargo, sería cobarde negar el otro filo: muchas cadenas aman su cadena. La culpa heredada, la vergüenza aprendida, la hambre de aprobación, la dopamina del aplauso, el miedo al silencio. “Hacer lo que quiero” a veces es obedecer un guion escrito por la escasez o por la infancia. La esclavitud moderna puede llevar corbata, “agenda llena” y una sonrisa de mármol.

Por eso este criterio no es simple; es un mecanismo. Se teje con incentivos externos (dinero, estatus, amenazas), programación íntima (culpa, necesidad de pertenecer), hábitos del cuerpo (ansiedad, recompensa), narrativas culturales (“ser bueno es aguantar”), y estructuras que aprietan (desigualdad, violencia, impunidad). Rompes un hilo y otros siguen tensos.

Hay quienes viven con dos trabajos, con enfermos en casa, con miedo en la calle: no es vanidad, es supervivencia. A ellos no se les predica con dedo, se les acompaña con puentes. La conciencia también es social: aprende a pedir ayuda, a organizarse, a exigir Estado, a cuidar agua, a barrer la calle sin aceptar que la basura sea destino. La libertad verdadera se parece a una red: si una cuerda se rompe, las otras sostienen; si todas se tensan, el cuerpo cae y aun así, vuelve a levantarse mañana.

Entonces, ¿qué hacemos? Mirar de frente. Hacer inventario sin látigo. Preguntarnos: ¿esto es deber real o personaje? ¿esto sostiene vida o sostiene máscara? ¿a quién temo decepcionar? ¿qué precio pago por decir sí?

En el futuro, la conciencia será libertad cuando deje de ser tribunal y se vuelva taller: donde el “no” sea puerta, el “sí” sea pacto, y la dignidad no dependa de aguantar, sino de elegir con lucidez y construir condiciones para elegir.

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