Apunte diario sobre letras hipnóticas
12 de noviembre de 2024
Del simpático pero justificable nombre de venadito para un venerable cornudo.
Por Arturo Vásquez Urdiales
Ayer hablábamos del valeroso Francisco Xavier Mina, aquel guerrillero español que desafió el dominio imperial y pagó con su vida en el Cerro del Bellaco. Hoy, ahondaremos en las intrigas que se tejieron en los pasillos del poder colonial, cuando el “carnicero” Félix María Calleja del Rey movió sus piezas con astucia para vengarse de su enemigo, el virrey Juan José Ruiz de Apodaca. Así surgió la ridícula, aunque jugosa, historia del título de Conde del Venadito.
El carnicero y el cortesano: un duelo de ingenio y venganza
Félix María Calleja, conocido como el “Carnicero de Calderón” por su violenta victoria sobre los insurgentes en el Puente de Calderón, era un hombre temido y respetado en igual medida. Tras su mandato como virrey, Calleja regresó a España, acumulando poder en la corte y disfrutando de su título nobiliario, Conde de Calderón, ganado en aquella batalla que selló el trágico destino de Miguel Hidalgo.
Pero Calleja no contaba con que su puesto, que tanto esfuerzo le había costado, sería ocupado por alguien que no le inspiraba ni respeto ni simpatía. Juan José Ruiz de Apodaca llegó a México en 1816, un personaje que, aunque eficaz, era también astuto y, para los gustos del propio Calleja, demasiado acomodaticio y superficial. Pronto comenzó a crecer en Calleja un odio insidioso hacia Apodaca, mezcla de envidia y desprecio. La corte española se convirtió en el escenario ideal para que el “Carnicero” tramara su venganza desde la distancia, y el honor de su enemigo le ofreció el perfecto pretexto.
El “Venadito”: el episodio que inspiró la burla
Mientras Calleja trazaba sus planes, en México Apodaca enfrentaba las múltiples insurgencias que desangraban a la Nueva España. Fue en ese contexto que el audaz Francisco Xavier Mina desembarcó en las costas mexicanas, desafiando al régimen español con una pequeña pero valiente tropa. En una serie de rápidas incursiones, Mina llevó sus ideales revolucionarios hasta el corazón de Guanajuato, donde finalmente fue capturado en la Hacienda del Venadito, tras ser traicionado por su propia tropa y acorralado por las fuerzas realistas.
Enterado de la captura de Mina, Calleja vio en aquel evento la oportunidad perfecta para llevar a cabo su plan de venganza. Con su conocida astucia, comenzó a susurrar al oído del rey que, dada la victoria en la Hacienda del Venadito, sería adecuado otorgar a Apodaca un título nobiliario que conmemorara su “hazaña”. Apodaca, por supuesto, desconocía las intenciones de su rival, y menos sospechaba la burla que se escondía detrás de aquel nombre tan peculiar.
La corte: un teatro de intrigas y burla

Mientras la noticia del nuevo título de Apodaca como Conde del Venadito se extendía, los rumores en México no se hicieron esperar. Ya se comentaba en el virreinato sobre la vida disipada de la virreina y sus conocidos “encuentros” con oficiales y cortesanos. Los mexicanos de la época, con su característico ingenio, no tardaron en hacer la analogía entre “venadito” y la conocida reputación de “cornudo” que ya arrastraba Apodaca.
Así, el título de Conde del Venadito adquirió una connotación burlesca, y el pueblo lo repitió en sus conversaciones y en susurros por todo el virreinato, en jolgorios y jaleos, palenques y corridas, el pueblo bueno y sabio se gritaba entre sí: ¡Hey Venancio, que ya eres conde, Venadito!. O bien la más cruel: ¡Cuida a tu señora Venancio, que terminaras cornudo, venadito!
Hoy es fácil hacer burla cómica de todo, también es sencillo burlarse de gobernantes y gobernados, es más, es deporte nacional. Pero allá en los 1816-17-18-19, una burla de semejante tamaño a la “cabezona” (título que el General Istmeño Heliodoro Charis Castro, le decía al gobernante mayor: estilismo del istmo de Tehuantepec), implicaba la horca, no había comisiones de derechos humanos y menos artículo 1 constitucional, ni constitución siquiera, la de Cádiz ya había valido churrumais (por no decir chetos, que sería comercial y Sabritas nada paga).
Los chismes de los salones de México pronto se mezclaron con una de las versiones más divertidas y ácidas del escándalo. Decían que la virreina, de “cascos ligeros”, había tenido amores fugaces no solo con Calleja en su juventud, sino también con otros soldados del virreinato, y que Apodaca, cegado por el amor, ignoraba las habladurías. En la Ciudad de México, la noticia se recibió como una broma, y el título de Venadito se volvió el tema de coplas y sátiras. La nobleza española, desde sus sillones en la corte, ignoraba que, al otro lado del océano, la población colonial veía aquel título como el epítome del ridículo, y una negra y pesada sobra se ciñó siempre sobre el condado de “el venadito”. Con el tiempo hasta barcos y fragatas existieron con el infortunado nombre de “El venadito” ello tratando las siguientes cortes de reparar el mancillado honor del condenado venadito Juan Ruiz de Apodaca.
Calleja y su juego de ingenio
En Madrid, Calleja observaba la situación con una sonrisa. Para él, el título nobiliario de Apodaca no era más que una humillación bien orquestada. El “Conde de Calderón”, quien tenía en gran estima su propia reputación, veía en el “Conde del Venadito” una lección perfecta para su enemigo. Desde su posición, Calleja disfrutaba del espectáculo mientras los cortesanos especulaban sobre los rumores que llegaban de la Nueva España, donde decían que la “condesa” (como el pueblo llamaba burlonamente a la virreina) hacía “honor” a su título.
El rey Fernando VII, ajeno a la realidad de los hechos y sin conocer la Nueva España más allá de los informes que llegaban a sus manos, otorgó el título sin sospechar la mofa oculta. Calleja, con la viperina habilidad de un cortesano experto, había logrado vengarse de Apodaca de manera sutil y devastadora, coronando el episodio de la captura de Mina con una burla destinada a inmortalizar la desgracia de su enemigo.
Una caricatura cortesana
Al final, la historia de Apodaca y su título de Venadito reflejó los absurdos de una corte que, entre el glamour y la ostentación, se había convertido en una caricatura de sí misma. Las intrigas palaciegas, los títulos ridículos y las rivalidades cortesanas pasaron a la posteridad como un ejemplo de lo absurdo y ridículo que la envidia puede generar en las esferas del poder.
En los años posteriores, la leyenda del Conde del Venadito continuó como una anécdota cómica y, a su modo, una lección histórica. El título nobiliario que Calleja influyó en la corte para otorgar a Apodaca simbolizó mucho más que un simple reconocimiento: fue la burla de un enemigo hacia otro, la sátira de una corte que desconocía las verdades de sus colonias, y la expresión de un México que, en medio de su lucha por la libertad, encontraba espacio para la picardía y la ironía.
Hoy, las historias de Apodaca, de Calleja y de Mina son recordadas con una mezcla de asombro y risas, como símbolos de una época en la que las intrigas personales y los egos desmedidos podían crear títulos, pero también leyendas.
Colorario.
Lo que no pudo frenar Calleja, el sanguinario carnicero que mucho daño hizo a la Nueva España y a nuestro México extraordinario, fue precisamente que en algún momento una gran colonia de la futura ciudad de México se llamara “La condesa”. Claro que no es por la señora de Apodaca, pero si, en el ingenio popular ya era popular el recuerdo de aquella condesa de cascos tan ligeros.
Apodaca, Nuevo León, nada tiene que ver con el cornudo pero simpático Virrey, histórico por Venadito.
Así que si te dicen : Venado, no te ofendas, quizá te están diciendo, Conde. O Condenado.
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