Por Arturo Vásquez Urdiales
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I.
A veces los muertos no descansan. Vagaban tres comerciantes en el limbo de febrero, sus almas envueltas en lienzos de lino que ya nunca olerían a especias. Eran de Puebla, pero venían de más lejos: de una tierra donde el sol quema las piedras y los hombres llaman a Dios golpeándose la cabeza.
Febrero de 1915. El cuartel de San Cosme, en la ciudad de México, tenía olor a pólvora dormida y a café de olla recalentado. Allí mandaba un alemán de casco puntiagudo, Maximiliano Kloss, hijo de un conde prusiano, hombre de hombreras doradas y ojos color de hielo . Servía a Obregón, que servía a la Revolución, que servía a nadie porque la Revolución era un caballo desbocado.
Los tres prisioneros llegaron una mañana con las manos atadas. En sus maletas encontraron papel moneda villista —billetes que valían menos que el papel en que estaban impresos— y papeles que nadie supo leer pero que todos supieron condenar.
—Espías —dijeron en el cuartel general.
Y la palabra pesó más que los cuerpos.
Ellos eran árabes. Para los revolucionarios no había distinción entre otomanos, árabes o libaneses. Líbano no existía como estado. Pero estos pobres destinos venían de la tierra del gran árbol de cedro que forjó su bandera.
II.
El más anciano, cuando lo llevaron al paredón, sintió que la tierra se ablandaba bajo sus rodillas. Gritó “¡alá, alá, alá!” mientras se golpeaba la frente contra el suelo, como queriendo despertar de una pesadilla que no era sueño. El más joven, en cambio, lo levantó con una furia que parecía dignidad. Lo sostuvo por el hombro y miró al pelotón como si él fuera el fusil y ellos los condenados.
—México, país de asesinos y salvajes indios —dijo—. Ya verán quién es nuestro cónsul…
La palabra “cónsul” se le quedó atorada en la garganta. El subteniente Paulino Sánchez había dicho “fuego” antes de que terminara la frase. Los tres cayeron hacia adelante, y en la caída, como si aún pudieran elegir, se abrazaron. El médico mayor se acercó, tocó los cuerpos, movió la cabeza.
Nadie olvidó ese abrazo.
III.
Veinte de febrero. El sol salió como siempre, indiferente, y encontró a las mujeres árabes sentadas en la banqueta. Lloraban con un llanto que no era de este mundo, un alarido que subía por el Puente de Alvarado y entraba por las ventanas del cuartel. El coronel Kloss, desde la puerta, las veía como quien ve llover.
Entre las faldas negras de las mujeres, un niño se retorcía. Tendría doce años, los dientes apretados, los ojos más grandes que la cara. Cuando miraba al alemán, parecía que le crecían colmillos.
—¡Maldito! —gritó de pronto, y su voz era un cuchillo—. ¡Tú mataste a mi papá! ¡Yo te voy a matar!
Se soltó de las mujeres y corrió hacia Kloss. Los soldados, Miguel Villegas Oropeza entre ellos, intentaron atraparlo.
Pero el niño esquivaba como agua entre los dedos. Llegó casi hasta tocar al coronel, y allí se detuvo, jadeando.
El niño recogió una de las balas que mató a su padre.
Aún tenía punta .
Miró con odio a Kloss y le gritó:
رح تدفع ثمن موت بيّي
-Rah tedfa‘ taman mawt abi-
(-Pagarás por la muerte de mi Padre- )
Kloss lo miró desde arriba. No dijo nada. Quizá sonrió.
Las mujeres gritaron algo en su idioma —palabras que sonaban a viento entre palmeras— y el niño corrió a perderse entre los curiosos. Antes de desaparecer, volteó una última vez.
No era un niño. Era una promesa.
IV.
Los años pasaron como pasan en México: a golpes. Hubo la rebelión delahuertista, hubo muertos que ya nadie contaba, hubo generales que fueron nadie y nadies que fueron generales. Kloss ascendió. Llegó a Jefe del Departamento de Artillería, escribió un libro sobre ríos que nunca navegó, se dejó retratar con su casco prusiano que otros ejércitos del mundo también usaban —España, Chile, Brasil, Argentina— pero que en él parecía corona .
El niño creció. O tal vez no. Tal vez se quedó en ese veinte de febrero, con doce años y una rabia que no envejece.
La prensa de 1921 dio la noticia en letras pequeñas: el general Kloss había sido asesinado en la puerta de su casa, en la colonia Ermita, Tacubaya. Un desconocido. Un balazo. Un cuerpo que cayó hacia adelante, como los tres comerciantes, como si en la muerte todos imitemos la postura de nuestros muertos.
El Forense saco una bala del cráneo del Prusiano. En su informe dió cuenta que era una bala vieja, ya usada y torneada, adaptada de un mosquetón revolucionario a una Pistola Parabellum Luger P08, (Alemania 1898), un trabajo de orfebrería, y para quienes tenían memoria esa fue la pista, la diáspora otomana traficaba armas alemanas: la venganza: La pista!
La policía investigó. Hubo nombres: Mijares Palencia, Rueda Flores. Hubo pesquisas, expedientes, diligencias. Y al final, el hallazgo: el asesino era aquel niño. El mismo. Doce años esperando, doce años creciendo alrededor de una bala que siempre supo dónde tenía que ir.
V.
Venganza cumplida.
Pero en el realismo mágico las cosas no terminan cuando terminan. Las mujeres árabes todavía lloran en alguna banqueta del Puente de Alvarado, aunque ya no exista el cuartel, aunque ahora sea un edificio comercial de Viana y Compañía. El anciano sigue golpeándose la cabeza contra la tierra de febrero. El joven nunca terminó su frase sobre el cónsul, y esa palabra rota vaga por el aire buscando completarse.
Y Kloss, el alemán de casco puntiagudo, el que mandó fusilar sin saber que el fusil también lo miraba a él, quizá en las noches de Tacubaya escucha pasos de niño. Pasos que no pesan. Pasos que prometen.
Porque en este país, como en los pueblos de Rulfo, los muertos no descansan. Y los niños que guardan rencor, tampoco.
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Arturo Vásquez Urdiales concluye este apunte diario recordando que la historia, como los gatos negros, tiene siete vidas y siete ojos para mirarnos. Y siempre, en algún rincón, hay un niño que espera.
Una sola fuente. Un Relato de Don Pepe Estefan, mi gran amigo y mentor que me lo contó en una tarde interminable de café, árabe, claro. Dios guarde su memoria Abibi.
Por Al-ab al-‘azim (el Padre grandioso / magnífico)


