Apunte diario sobre letras Hipnóticas
Bebamos del caliz prohibido.
Por Arturo Vásquez Urdiales
Bebamos esta noche del cáliz prohibido,
no del amor que reza, sino del que arde;
que la razón repose tras el velo caído
mientras tu sombra en mi sombra se expande.
No traigas inocencia: ven con la llama abierta,
con la piel despierta como vino derramado;
que el deseo —ese huésped— golpea la puerta
y exige ser vivido, no apenas soñado.
Tu perfume desata los nudos del mundo,
todo juicio se vuelve ceniza distante;
y en el latido grave, profundo, fecundo,
aprendo otro idioma más antiguo que el instante.
Hay una sed que no conoce prudencia,
un hambre dorada que al tacto se inclina;
tu cercanía suspende la conciencia
y el tiempo se rinde —sumiso— en tu esquina.
No es el alma quien llama esta vez a mi pecho:
es la marea tibia de tu geografía,
el mapa secreto de un fuego deshecho
que encuentra en mi noche su clara osadía.
Infieles quizá al reloj y a la norma,
pero fieles al pulso que nadie gobierna;
porque hay verdades que el cuerpo conforma
cuando la sangre su música interna.
Déjame habitar la frontera encendida
donde tu aliento se vuelve destino;
que toda cordura, dulcemente vencida,
se extravíe feliz en este desatino.
Y cuando amanezca —si es que amanece—,
no pidamos perdón a la aurora naciente;
hay noches que el mundo jamás merece,
pero que salvan, gloriosas, a quien las siente.


