Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
El hijo de Morelos
Arturo Vásquez Urdiales
No quise publicar una broma típica de estas fechas porque luego me regañan.
Busqué algo que, según yo, Guillermo Prieto había escrito sobre el Día de los Inocentes… y no lo encontré.
Pero en ese rodeo apareció un texto más serio, más hondo, más incómodo: la descripción minuciosa de Juan Nepomuceno Almonte, el hijo de José María Morelos y Pavón, aquel hombre que fue secretario de Santa Anna y apoyó la intervención francesa.
La casualidad, cuando es histórica, no es casualidad: es síntoma.
I. El retrato de Prieto: anatomía de una contradicción
Prieto no escribe para absolver ni para condenar; escribe para mostrar. Y al mostrar, desnuda.
Su Almonte es un cuerpo disciplinado y un carácter templado, casi clásico, como si el siglo XVIII hubiera decidido sobrevivir dentro del XIX:
«Almonte, desnudo, hubiera pasado por una broma perfecta y acabada: el cuello erguido, los músculos robustos, los pómulos salientes, los ojos negros y la mirada dulce y triste. Acentuaba su palabra una boca llena de expresión y una dentadura que era el marfil luciente, engastado en púrpura.

El aseo y la corrección en el traje le distinguían, y no había movimiento ni actitud que no fuera como consultado por el buen parecer y la gracia. Hablaba Almonte mesurado y breve, sin entregarse jamás al entusiasmo loco, ni al encogimiento antipático. Cuando tomaba una resolución, vibraba su voz con rara energía, percibiéndose resolución inquebrantable.
Frío, generalmente hablando, de una calma inverosímil en los más grandes conflictos, siempre sobre sí, y sin faltar a ninguna conveniencia, hasta en lo más recóndito, no faltaba nunca al papel que parecía haberse impuesto, ni a las reglas de conducta que tenía resolución de observar.
Exactísimo en sus tareas, tenía horas precisas para todo; era afectísimo a servirse por sí mismo, y en el despacho, en visita y en la mesa, tenía una pulcritud que habría parecido afectada si no la ejerciese con el mayor desembarazo y naturalidad.
Su talento era clarísimo; pero no de percepción pronta ni confiada; su estudio favorito eran la historia y la geografía, y su pasión, la instrucción de la juventud, para la que escribió libros elementales de bastante mérito para su época.
Como se sabe, después del famoso sitio de Cuautla, en que Almonte, de edad de trece años combatió contra las fuerzas de Calleja, fue conducido a los Estados Unidos, donde hizo su primera educación, poseyendo perfectamente las matemáticas, el francés, y sobre todo el inglés, que hablaba con toda perfección, según los inteligentes.
Hecha la Independencia, vino a figurar, en primer término, en el partido yorkino, y constituyó familia con su hermana doña Guadalupe y su hermano Antonio, que realmente muy poco se le parecían.
El año de 1839 casó el señor Almonte con la señorita Dolores Quesada, joven sentimental y bella, de un color apiñonado delicioso y dechado de virtudes domésticas».
Prieto no ironiza al final por gusto; ironiza por necesidad. El retrato es tan perfecto que se vuelve inquietante. Hay hombres que parecen hechos para el orden; y hay épocas en las que el orden se vuelve tentación.
II. Nacer del rayo: hijo del Siervo de la Nación
Almonte nace en 1803, hijo natural de Morelos. No hereda una hacienda; hereda una sentencia moral. Morelos no dejó un título nobiliario, dejó un programa político condensado en una frase que todavía preside los muros del Congreso de la Unión y de los congresos estatales: “La Patria es Primero”.
Ese apotegma no es poesía; es jerarquía. Indica qué debe colocarse arriba cuando todo se confunde abajo.
El niño Almonte combate a los trece años en Cuautla. Ve la pólvora, oye el hambre, aprende pronto que la historia no es limpia. Luego es llevado a Estados Unidos. Allí se educa con rigor: matemáticas, idiomas, geografía. Aprende a pensar el mundo. Quizá ahí empieza el desliz: cuando el mundo se vuelve objeto de cálculo, la patria corre el riesgo de volverse variable.
III. Formación, partidos y Estado
Consumada la Independencia, Almonte regresa a una nación que aún no sabe ser nación. Se integra al partido yorkino, abraza el liberalismo de logia, cree en la instrucción pública y en la administración moderna. No es un improvisado. Es, como dice Prieto, exacto, metódico, confiable.
Sirve al Estado en múltiples funciones. Acompaña a Santa Anna en Texas; conoce la derrota; entiende la diplomacia. Su talento no es el del arrebato sino el del procedimiento. Y el procedimiento, en tiempos de crisis, puede convertirse en coartada.
IV. Del orden deseado al orden impuesto
La década de 1850 desgarra a México. Reforma, guerra civil, ruina financiera. En ese escenario aparece la tentación imperial: traer de fuera lo que dentro parece imposible. Almonte no es el único que lo cree, pero sí uno de los más visibles. Firma el Tratado Mon-Almonte; participa en la ingeniería política que culminará con la llegada de Maximiliano y la instauración del Segundo Imperio.
Aquí el contraste se vuelve abismo: el hijo del hombre que murió fusilado por no ceder en la soberanía, cede soberanía para salvar el orden.
V. La burla popular: cuando el pueblo sentencia
La historia oficial se escribe con decretos; la historia popular, con canciones. Los republicanos cantan El Telele y la Marcha a Juan Pamuceno. No es simple mofa: es veredicto. El pueblo reconoce la elegancia del personaje, pero no le perdona la decisión. La sátira es la forma plebeya de la justicia histórica.
VI. Miguel Negrete: palabra en acto
Frente a Almonte se levanta una figura que no necesita ornamento: Miguel Negrete. Liberal, conservador, federalista por momentos; pero, sobre todo, mexicano. En 1862, ante la invasión francesa, Negrete pronuncia una frase que la historia ha conservado por su claridad moral:
«Yo tengo patria antes que partido».
No es consigna: es método. Coloca la nación por encima de la facción, la soberanía por encima del cálculo. Negrete no niega la complejidad del momento; la ordena. Donde Almonte ve solución importada, Negrete ve deber interno. Donde uno negocia, el otro resiste.
VII. Padre e hijo: dos herencias, dos lecturas
Morelos escribió con sangre y papel un programa de nación. Almonte heredó ese programa y lo reinterpretó. No fue un traidor por frivolidad; fue un hombre convencido de que la patria podía salvarse desde arriba, aun si ese “arriba” venía del extranjero.
Ahí radica la tragedia: no todos los extravíos nacen del vicio; algunos nacen de la razón sin jerarquía.
VIII. Epílogo: la lección que no envejece
Almonte murió lejos del poder que ayudó a traer. Morelos murió sin ver la patria que soñó. Negrete quedó como figura moral de una decisión justa en el momento justo.
La historia no es un tribunal de intenciones, sino de consecuencias. Y la consecuencia de olvidar que “la patria es primero” suele ser que otros la pongan después.
Esta no es una columna para absolver ni para condenar, sino para entender. Porque cada generación vuelve a enfrentarse al mismo dilema, con otros nombres y otros trajes: ¿orden o soberanía?, ¿eficacia o dignidad?, ¿partido o patria?
Morelos, Almonte y Negrete no son estatuas inmóviles: son preguntas vivas. Y mientras sigan siéndolo, la historia seguirá cumpliendo su función más alta: incomodarnos para pensar mejor.



