Tus cenos son de Venus y el silicón de siliconvalley
Por Arturo David Vásquez Urdiales
Amor,
no vengo a conquistarte —
porque ya me habitas—,
vengo a recordarte
que aún sé perderme
en la curva exacta de tu risa.
No traigo flores:
las marchita la costumbre.
Traigo este descaro leve
de mirarte como si fuera la primera vez
y como si supiera
que no habrá última.
Si supieras
cuántas veces te pienso
cuando no te pienso,
cuando el mundo se distrae
y tú apareces
como un relámpago doméstico
que enciende la casa.
Soy culpable, sí:
de robarte besos distraídos,
de provocarte silencios largos,
de saber exactamente
dónde decir tu nombre
para que tiemble.
Quédate conmigo esta noche
—y todas las que se hagan tarde—.
Prometo portarme mal
solo contigo,
y bien
cuando tú me mires.
Porque amarte
es mi más dulce travesura
y mi condena favorita.
Tus cenos son de Venus y el silicón de siliconvalley
Mi corazón es más ardiente
Que el molde que les dió forma
Que si el acero se dobla
Más aún se dobla el papel
Pero mi amor, Sincero, es Eterno
Ardiente y nada cruel
En mi, óyelo, es más firme el sentimiento
Que el frío bisturí del cirujano
Que el imprudente paso del cuerpo
Al petróleo
Y que ahora vive en ti
Un pedazo de dinosaurios
Más así de fuerte y ardiente
Es mi amor desbordante
Te espero siempre en la mansión del beso
Y ya verá el pobre preso
De lo que mi pasión es capaz
Hidalgo de los tiempos ardientes
Y derretidor del silicón candente
Ahora faltan los dientes


