Fábula devota y traviesa de una monja y mozuelo.

En un claustro perfumado
de azahares y obediencia,
vivía una monja buena
de virtud bien educada.

Diole Dios, con mano amplia,
temor santo y fe sincera,
crianza fina, voz de incienso
y carnes de primavera.

Tenía pudor de nube,
mirada de agua bendita,
y un sayal que apenas pudo
domar tanta lozanía.

Buenas caderas el mundo,
mejores las posaderas,
y un rostro que el obispado
pedía a cada quimera.

—Hermana, venga al estudio —
decía el padre prelado—,
que Roma pide modelos
para vírgenes del lienzo.

Y ella, humilde como lirio,
posaba sin darse cuenta
que dos toronjas divinas
alzaban dogma y promesa.

Pasó por allí un mozuelo,
más verso que sacristía,
que al ver más allá del paño
perdió latín y compostura.

Tomó pluma, tomó luna,
y le escribió un poema ardiente,
no de acto ni carne oscura,
sino de anhelo imprudente.

Leyólo la monja santa
y montó en divina cólera,
tembló el rosario en su mano,
crujió la regla canónica.

Mas tras el ceño severo
brotó sonrisa traviesa,
y dijo, bajando el tono
como quien dicta sentencia:

—Hijo, esta noche no habrá
confesión con el obispo;
marchó a Roma por más fe
que la que ya tiene es poca.

Mi celda sola quedará,
sin llave, abierta y serena…
Buena penitencia será
que me lo leas en persona:
la barda de los rosales
fácil de brincar será.


🌹📜

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