🖋 Apunte Diario sobre Letras Hipnóticas*

Título: El de los tres “ierros”: Gonzalo N. Santos, entre la leyenda, la impunidad y el whisky

Por el Dr. Arturo David Vásquez Urdiales ©®

I. El hombre que se blindó con una “ene”

En los márgenes más oscuros y jugosos de la política mexicana del siglo XX, sobresale un personaje cuya figura resulta tan polémica como fascinante: *Gonzalo N. Santos, el cacique, el militar, el legislador, el gobernador de San Luis Potosí, el autor de frases célebres, y también, el de los *tres “ierros”. Santos es, sin ambages, uno de los íconos más representativos del sistema político mexicano postrevolucionario: vertical, autoritario, cínico, funcional.

Una de las curiosidades que han nutrido su leyenda es el *cambio de nombre. Santos dejó de firmar como “Gonzalo Santos” y adoptó la “N.” intermedia para evitar sumar 13 letras en su nombre completo, pues —según superstición que explicó él mismo— todos los políticos con trece letras en su nombre morían asesinados. “Yo quiero morir en mi cama”, escribió en sus *Memorias. El destino le concedió ese deseo.

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II. El Alazán Tostado.

Santos se autonombraba con orgullo *”El Alazán Tostado”, y su lema era tan retador como su actitud: *“Primero muerto que cansado”. Militar revolucionario, combatiente en las luchas zapatistas y carrancistas, tuvo una carrera ascendente como coronel, luego diputado, senador, gobernador y en ocasiones, cacique sin oposición. Gobernó San Luis Potosí de 1943 a 1949, aunque su influencia se extendió por décadas.

Más que un simple político, fue un sistema entero. Fue también el símbolo del priismo primitivo, una figura que combinaba autoritarismo brutal con carisma, nepotismo con eficiencia, impunidad con cierta efectividad en la operación de la maquinaria estatal.

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III. La moral es un árbol que da moras.

Si el poder político en México tuvo una voz que reflejara su naturaleza profunda, esa fue la de Santos. Nadie ha logrado resumir el relativismo moral del poder con tanta claridad como él al declarar:
“La moral es un árbol que da moras”*.

No era una broma ni una boutade. Era una declaración de principios. Una forma de entender el poder no como una ética en sí, sino como un espacio de decisión personalísima, donde lo moral era una herramienta, no una frontera.

La otra cara de esta visión era su famosa doctrina de los tres “ierros”:

  • Encierro
  • Destierro
  • Entierro

Así trataba a sus enemigos, sin rodeos ni diplomacias. Para Santos, la política era guerra, y la guerra no se gana con flores.

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IV. El tapado que no fue.

En el ajedrez sucesorio del PRI, Santos intentó ser rey o al menos rey hacedor. En la elección presidencial de 1976, el exgobernador potosino apostó por Hugo Cervantes del Río como su “tapado”. Pero la jugada no cuajó. El destino le jugó la carambola en contra: José López Portillo fue el elegido. El hijo del escritor López Bermúdez, abogado y tecnócrata, no contaba con la bendición del viejo tigre de la Huasteca.

A pesar de ello, López Portillo tendió un gesto de cortesía política: lo invitó por carta a acompañarlo en su gira por la región potosina, en reconocimiento a su legado político. Santos respondió con frialdad educada: padecía un mal de la columna, dijo, y declinó asistir. En política, a veces los dolores del cuerpo se alinean con las heridas del alma.

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V. El Gargaleote, símbolo y escarmiento.

Años después, ya como presidente, López Portillo ordenó la *expropiación del rancho El Gargaleote, propiedad emblema de Santos. Fue una suerte de justicia poética o venganza tardía. El presidente lo justificaría en sus memorias como un acto para desmantelar los *símbolos de la incongruencia del régimen, latifundios protegidos bajo capas de legalidad aparente.

Santos, viejo, escopeteado, no protestó públicamente. Su leyenda empezaba a enfriarse. Dos meses después, el 17 de octubre de 1978, murió de un derrame cerebral. Algunos dicen que fue de coraje. Otros, que simplemente su cuerpo —tan aficionado al whisky como resistente— había llegado al final del camino.

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VI. Un estilo de vida y de muerte.

Santos vivió intensamente. Vestía a la moda de los dandis, perfumado como Obregón, sin fumar, pero *entregado al whisky y a la cocina huasteca. Su hijo Gastón Santos —célebre rejoneador y también político— describiría así su epílogo: *“Al tigre le entraron por derecho cuando ya estaba viejo y escopeteado”.

Fue temido y respetado. Amado y odiado. Nunca ignorado.

Sus Memorias publicadas póstumamente, ofrecen un retrato sin filtros del poder a la mexicana: un poder a caballo, con fusil, botella de whisky y pluma afilada. Su figura resume una época donde el cinismo era parte del uniforme, y donde la impunidad se tejía como red de protección y linaje.

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VII. Epílogo: ¿Dónde están los “ierros”?

Hoy, cuando el país discute nuevas formas de poder y moral pública, la figura de Gonzalo N. Santos aparece como un eco incómodo. Sus frases aún se repiten. Su nombre aún se menciona en las aulas de ciencia política. ¿Fue un monstruo? ¿Un producto del sistema? ¿Un espejo de todos?

Lo cierto es que los tres “ierros” —encierro, destierro y entierro— no han desaparecido del todo. Solo han cambiado de envoltura. Algunos se aplican con toga, otros con micrófono, y algunos más con la firma digital de un algoritmo.

Porque al final, como decía Gonzalo N. Santos, la moral —en política— sigue dando moras.

— Apunte Diario sobre Letras Hipnóticas —*
©® Fundación Letras Hipnóticas A.C.
Distribúyase como antídoto contra la amnesia histórica.

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