16 de septiembre y el triste rostro de Hidalgo.

Por Arturo Vásquez Urdiales.

El retrato invisible de Hidalgo y el rostro perdido de México.

Un México sin rostro. Un padre sin rostro.

En el principio no fue el óleo ni la estampa, tampoco la estatua solemne en la plaza mayor. En el principio fue el grito, el estremecimiento de las campanas, la palabra lanzada contra el orden caduco. Miguel Hidalgo y Costilla, nacido el 8 de mayo de 1753 en Corralejo, levantó a un pueblo dormido y lo arrojó a la historia el 16 de septiembre de 1810. Padre de la patria, sí, pero padre sin rostro.

Porque de Hidalgo no tenemos un retrato fiel pintado en vida. Ningún pincel barroco o neoclásico quiso o pudo fijar en lienzo la cara del hombre que se atrevió a desafiar al imperio español. Murió el 30 de julio de 1811, fusilado en Chihuahua, y su cabeza expuesta en una jaula de hierro en la Alhóndiga de Granaditas. El cuerpo humillado, el rostro borrado. Desde entonces, su figura quedó flotando en la memoria como un fantasma que no alcanzaba carne ni facciones.

Pasaron décadas. La joven nación mexicana, herida por guerras internas y caudillismos, buscaba símbolos que la cohesionaran. Y fue entonces cuando ocurrió la ironía que duele y deslumbra: Maximiliano de Habsburgo, el emperador extranjero que gobernó entre 1864 y 1867, fue quien encargó el retrato oficial de Hidalgo. Lo narra con aguda ironía Armando Fuentes Aguirre “Catón” en su Verdadera historia de México: fue el emperador el que quiso dar rostro al cura insurgente.

El pintor Joaquín Ramírez recibió el mandato imperial en 1865. No existían modelos confiables, ni grabados fidedignos. Maximiliano, educado en Viena entre cortes ilustradas, trajo consigo la obsesión por la simbología nacional: toda patria debía tener héroes con retrato, iconografía sagrada, estatuas y óleos que sostuvieran el mito. Para él, Hidalgo era indispensable. Y así, en la mesa de Miramar disfrazada de Chapultepec, el emperador decidió: habría óleo, habría imagen, aunque fuera inventada.

¿Y de dónde sacar el rostro? Aquí se enciende la anécdota que suena a sátira de Quevedo y que la memoria popular ha alimentado con sorna: Maximiliano usó como modelo a su propio jardinero austriaco. Un hombre flaco, de cabello ralo y blondo, ojos azules, frente despejada y barba canosa. Un campesino que cuidaba plantas en el Castillo terminó convertido en el rostro eterno del libertador mexicano. He ahí el verdadero retrato de Dorian Gray en nuestra historia: una patria entera mirándose en un espejo prestado, viéndose a sí misma con la cara de otro.

Ese óleo de 1865 muestra a Hidalgo de pie, solemne, frente a una mesa con libros y un reloj, como hombre ilustrado y reflexivo más que como caudillo del pueblo. Un rostro alargado, de gesto casi quijotesco, que nada tenía que ver con el cura recio de Dolores que encabezó multitudes de campesinos y mineros armados de lanzas y hondas. Pero esa fue la imagen que se multiplicó, que se convirtió en estampita escolar, en mural oficial, en moneda, en bronce. La falsedad se volvió verdad por repetición. El mentirosillo fue Maximiliano, sí, pero también la narrativa nacional que aceptó el retrato sin dudar.

Así, el Hidalgo que México venera es un espectro doble: el insurgente real, fusilado y sin retrato, y el inventado por un imperio extranjero, canonizado en óleo como apóstol ilustrado. En ese contraste late una paradoja mayor: México es una nación que se fundó sobre símbolos sin rostro propio.

El siglo XIX entero estuvo marcado por esa carencia. En vez de un virrey, un presidente; en vez de corona, una silla presidencial. Pero la teatralidad barroca y el peso del poder absoluto permanecieron. Santa Anna encarnó el presidencialismo como espectáculo, heredero de monarcas disfrazados. Y el pueblo, sediento de símbolos, se conformó con retratos apócrifos, banderas inventadas, historias adornadas.

Hidalgo, el padre sin rostro, se convirtió así en metáfora del México sin rostro. Un país que no ha terminado de mirarse a sí mismo, que todavía busca su identidad en espejos extranjeros, que confunde máscaras con rostros. De ahí que la figura oficial de Hidalgo sea tan distante: nos recuerda que los héroes no siempre son los que vemos, sino los que imaginamos.

Maximiliano, que hablaba de leyes laborales, de justicia administrativa y de derechos humanos en una corte mexicana todavía con hálito virreinal y aroma inquisitorial, fue un emisario de modernidad chocando con un país barroco. Y en ese choque se fabricó un retrato: un libertador inventado, canonizado, exportado. El imperio que moría quiso regalar un rostro al México que nacía.

Hoy, más de dos siglos después, esa imagen sigue en nuestros billetes, en nuestros murales, en los libros de texto. Pero ¿es Hidalgo quien nos mira, o es el jardinero austriaco, o es Maximiliano disfrazado de profeta? Quizá los tres, quizá ninguno. Y acaso ahí esté la enseñanza: que México, como el pozole cósmico de la metáfora simpática, es un caldo donde los granos son reales, pero los condimentos a veces se inventan.

El Hidalgo sin rostro nos recuerda que la historia oficial es un lienzo donde los pinceles del poder pintan lo que necesitan. Y México sin rostro es un país que aún debe darse el lujo de mirarse en el espejo de sus propios pueblos, de sus propios rostros olvidados, de sus propias cicatrices.

Mientras no lo hagamos, seguiremos venerando un óleo nacido en un castillo imperial, con la mirada triste de un jardinero vienés convertido en libertador mexicano. Seguiremos viendo a Dorian Gray disfrazado de héroe, sin atrevernos a descolgar el retrato para mirar la verdad.

La tarea sigue pendiente: pintar el rostro real de México. No en óleo ni en bronce, sino en justicia, en memoria, en reconocimiento de todos sus hijos. Porque un país que no conoce el rostro de su padre, tampoco conoce todavía el suyo.


Palabras finales:
Que este 16 de septiembre nos sirva para recordar que la independencia no se consuma con gritos ni fuegos artificiales, sino con verdad y con memoria. Hidalgo, sin rostro, nos sigue gritando desde la penumbra: que pintemos no sólo su cara, sino el rostro plural de México, ese que aún espera ser visto.

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