Por Arturo Vásquez Urdiales
02 de noviembre de 2024
En la calle de Fray Bartolomé de las Casas, frente al mercado bullicioso y eterno de Oaxaca, había una tienda de dulces llamada “La Abeja.”
No era cualquier tienda, pues entre sus estantes de caramelos de colores y mazapanes, se escondían secretos oscuros que sólo unos pocos podían entrever.
Entre estos pocos estaba Eduviges, una mujer madura, que parecía estar siempre bajo una sombra, agobiada, como si cargara un peso invisible y mortal en sus hombros.
Catalina era una clienta asidua a los dulces y mazapanes.
De pequeña, Catalina nunca imaginó tener la capacidad de ver más allá de lo que los demás veían.
Pero una noche, mientras probaba unos dulces en “La Abeja,” descubrió su don.
De repente, entre las sombras de aquella tienda, vio algo aterrador: un ser fantasmal, de rostro retorcido y malicioso, montado sobre la espalda de Eduviges.
Era como si aquel espectro se aferrara con uñas espectrales, incapaz de soltarse.
–¿Qué me estás viendo, niña?– siseó el fantasma al notar que Catalina lo observaba.
La joven, que nunca había experimentado algo tan macabro, sintió un frío que le atravesó el alma.
Catalina salió corriendo de la tienda, pero la vieja Eduviges, tan cansada y atormentada, la alcanzó en la calle.
–¿Lo viste?– preguntó con ojos desesperados.
El fantasma obligaba a Eduviges cada año en la noche del 1 al 2 de noviembre a disfrazarse de dulces y caramelos.
Catalina sólo pudo responder con una mueca de horror. –Es horrible… Y usted, disfrazada así, se ve ridícula. ¿Por qué sigue permitiéndolo?
Eduviges soltó un suspiro largo, recordando su juventud, cuando todavía era hermosa y dueña de una libertad que creía eterna.

Había tenido un novio de Juchitán llamado Álvaro Degives De la Cruz, un hombre extraño que cargaba el peso oscuro de una madre bruja, odiada y temida en su pueblo.
De Gives era una sombra inquietante, alguien que parecía destinado a caminar entre la tristeza y la venganza.
Cuando se enamoraron, él insistía en un ritual peculiar: cada Día de Muertos, le pedía que se disfrazara con dulces, como una niña de azúcar.
Y ella, por amor, lo hacía. Hasta que un día él le propuso matrimonio, y, en un arrebato de sensatez, Eduviges decidió que no podía seguir adelante. “No,” le dijo a De Gives “no quiero casarme.” Sin embargo Álvaro dispuso todo para la boda, desde el templo de Jalatlaco hasta la recepción en el elegante salón del Hotel Misión de los Angeles, en dónde llegaría la más alta sociedad Juchiteca, shamama.
El creyó que podía obligarla, pero se equivocó, sencillamente no pudo doblegar su negativa. La amenaza de Álvaro fue inmediata. – O te casas conmigo o sabes de lo que soy capaz -.
Eduviges temió por su vida, y no por la del loco De Gives, jugado de su cabeza.
La tragedia no tardó en desplegarse: el día en que debía ser su boda, él, en un arranque de desesperación, se lanzó desde el viejo puente peatonal amarillo, frente a la Central de Abastos, y selló su destino en la oscuridad eterna, esto en tiempos del presidente municipal Márquez de Uribe.
Pero el amor de De la Cruz no terminó con su muerte; por el contrario, se transformó en una maldición.
Año tras año, cada primero y dos de noviembre, su espíritu regresaba para montarse sobre los hombros de Eduviges, susurrándole al oído: “Eres mía, eres mía… de nadie más.” Y la obligaba a ponerse el absurdo disfraz de dulces y caramelos.
Catalina, con una mezcla de ingenuidad y valentía, decidió ayudar a la señora madura.
Trajo un cajón, cargado de fotos antiguas y lleno de agua bendita, hierbas y pociones que había conseguido sin saber muy bien cómo usarlas. No tenía más que el deseo de aliviar el dolor de aquella mujer que vivía bajo el dominio de un fantasma.
Era ya madrugada del 2 de noviembre cuando regresaron a “La Abeja.”
Allí estaba Eduviges, esperando con el peso del espectro en sus espaldas.
Catalina, valiente, enfrentó al fantasma con una seguridad extraña.
–Mira en el fondo de este baúl– le dijo Catalina con firmeza– Ahí están las fotos de tu boda. Métete y míralas.
El fantasma de Degives De la Cruz, confundido, se lanzó al fondo del cajón, atraído por el magnetismo de esas viejas fotografías, se confundió y pensó que en efecto se había casado ¿Pero entonces qué pasó?.
Catalina, rápida, cerró el cajón, el cual estaba sellado con plomo, plata y selenio, gracias a los secretos de un alquimista milenario y truquero de nombre Arcadio.
–¿Qué haremos con el cajón?– preguntó Eduviges, temblorosa.
–Hoy el padre Uvigeniraldo lo bendecirá– respondió Catalina–, y lo enterrará en el camposanto frente al templo de Jalatlaco.
El candado mágico de Arcadio el Alquimista, se abrirá cuando tú entres al reino de los cielos, y el alma de De la Cruz, si es listo, podrá reflexionar y descansar en paz… aunque para los fantasmas no hay tiempo. Esto podría pasar en 50, 500 o hasta 599 años.
Finalmente, Catalina dejó el cajón a buen resguardo.
Así, Eduviges pudo, al fin, descansar tranquila, libre de ese espectro atormentado que, cada Día de Muertos, le recordaba un amor que se convirtió en obsesión.
La calle de Fray Bartolomé de las Casas volvió a la calma, pero en algún rincón del camposanto, un cajón sellado guarda el eco de una pasión maldita y de un espectro que, quizás, algún día logre redimirse.
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