A Doña Oralia,
Madre Eterna
Hoy, madre, te nos has adelantado en el camino que nadie evita,
ese sendero de luz donde las almas regresan a la fuente primera.
No hay dolor que alcance la hondura de tu ausencia,
ni palabra que pueda nombrar el vacío que dejas;
pero tampoco hay muerte que robe la herencia de tu amor.
Fuiste el arrullo en la madrugada,
el pan partido sobre la mesa humilde,
el silencio que guardaba nuestras penas,
la risa que curaba lo imposible.
Tu nombre, Oralia, suena como el río
que corre y nunca se detiene,
como la raíz que sostiene al árbol
aun cuando el viento lo golpea.
Hoy despedimos tu cuerpo,
ese vaso sagrado que fue templo de ternura,
pero celebramos tu espíritu,
ese fuego que ninguna tumba podrá sofocar.
Sabemos —porque así lo dicta la fe,
y porque así lo grita nuestro corazón—
que ya habitas el reino donde las lágrimas son perlas
y el dolor se vuelve canto.
Madre, tu partida no es un adiós,
sino un hasta pronto escrito en estrellas.
Nos dejas la lección más pura:
vivir con bondad, servir con entrega,
amar sin medida.
Nos enseñaste que la verdadera eternidad
se teje en gestos sencillos:
en un consejo susurrado,
en una caricia silenciosa,
en la mirada que bendice sin hablar.
Hoy el mundo entero se vuelve un altar,
porque toda madre que parte
es semilla sembrada en la eternidad.
Y tú, la mejor mamá del mundo,
te elevas como paloma blanca,
con las manos llenas de oración
y el rostro vuelto hacia Dios.
Descansa, madre nuestra,
descansa, Oralia,
en el seno luminoso del Eterno.
Nosotros, tus hijos y nietos,
seguiremos tu huella con paso firme,
hasta que la vida nos reúna de nuevo
en el abrazo que nunca termina.
Tu hijo; Arturo.



