Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
Para la hermosa Alejandra, 7 añitos y muy enojada, de las niñas más hermosas del mundo, con la promesa de no hacer nada de nuevo que le enoje tanto.
Alejandra dice que seguirá enojada conmigo los próximos 914,243 años.
Esa es la cifra exacta, redonda y contundente. No un día menos, no un siglo menos. Y lo dice con la convicción absoluta de quien, en su corazón, tiene el poder de detener los soles y de dictar sentencia a las galaxias.

Yo la escucho y sonrío, porque sé que las niñas bonitas tienen ese don de enojarse como si cargaran dentro de sus ojos la fuerza de mil tormentas, y luego, cuando el enojo se les deshace como azúcar en agua, ni siquiera se dan cuenta de que ya están sonriendo otra vez y no están enojadas, aún pese que a ti te quede el entripado. Pero al fin. Las niñas son las dueñas de galaxias y planetas, sonrisas y enojos y uno, pues a uno le queda la enojación, la desenojación y la desolación.
¿Durará tanto la Tierra?
Ahora bien, yo quisiera preguntarle con cuidado, sin que se vuelva a enojar: ¿estará la Tierra aquí dentro de 333,333,333 días? Los científicos, que no son poetas pero sí anecdotarios de los tiempos, aseguran que quizá el planeta dure, pero que la humanidad, tal como la conocemos, es muy poco probable que siga en pie por tanto tiempo.
Somos frágiles, como hojas al viento. Construimos ciudades inmensas, y sin embargo una simple chispa puede reducirlas a cenizas.
Nos creemos eternos, y sin embargo somos breves, como un relámpago.
Así que, querida Alejandra, aunque me digas que tu enojo se prolongará por siglos y siglos, yo sospecho que la eternidad de tu furia durará menos que uno de tus hermosos mutis, menos que el parpadeo de una estrella, menos que una deuda de coppel.
Un día hace 914,000 años
Lo que sí puedo contarte es cómo era la Tierra hace 914,000 años. Porque para eso existen quienes escarban en la piedra, miran en el hielo y escuchan las huellas fósiles como si fueran un libro secreto.
Imagina un amanecer con el aire helado y limpio, donde el cielo parecía de cristal. El planeta respiraba distinto: praderas infinitas cubiertas de hierbas, ríos inmensos sin puentes, bosques espesos que cantaban con el viento.
En esas tierras caminaban los mastodontes, enormes como montañas que se movían lento, arrastrando trompas largas y colmillos curvados como lunas.

Alrededor galopaban manadas de caballos salvajes, veloces y nerviosos, que al correr levantaban nubes de polvo como si fueran fantasmas.
Y entre la hierba alta, invisible hasta que rugía, acechaba el tigre dientes de sable, con colmillos tan grandes que parecían dagas de marfil.
Los humanos de ese tiempo eran apenas sombras que aprendían a sobrevivir.
No sabían de ciudades ni de máquinas, pero ya cargaban en sus ojos una chispa: la del fuego y la de los sueños. Encendían hogueras en las cuevas y se reunían en silencio, quizá asombrados de estar juntos en un mundo tan gigantesco.
El tiempo y el enojo
Pienso que si te cuento todo esto, Alejandra, quizá comprendas que un millón de años es demasiado tiempo para estar enojada.
Porque ningún tigre dientes de sable sobrevivió tanto; porque ni los glaciares que parecían eternos siguen en pie hoy; porque hasta las montañas más altas cambian con los siglos.
Y si los montes se desgastan, si los ríos se desvían, si los animales gigantes desaparecen… ¿cómo podría un enojo durar tanto? Y pues si, en tu enojo dura tanto un enojo.
Pero pienso en que el desenojo pueda ver con Alejaestrellas que tenga uno que ganar para vencer y al final del túnel de estrellas esté una princesita tan hermosa tan hermosa como tú.
Yo creo que, aunque digas que serán 913,243 años, antes de que termine esta carta ya se te habrá escapado una sonrisa chiquita, como un lucero que aparece en el cielo de pronto y nadie sabe de dónde vino.
Epílogo para Alejandra
Así que no importa cuántos días queden ni cuántos siglos sumemos. El planeta girará, las estrellas seguirán naciendo y apagándose, los hombres escribirán y olvidarán sus libros, pero tu risa —esa risa breve y poderosa— es más duradera que cualquier enojo.
Y yo, desde este apunte hipnótico, solo te digo:
cuando quieras, el enojo se volverá nube,
y cuando menos lo notes, será pájaro,
y cuando sonrías otra vez,
el universo entero sabrá que la eternidad era solo un juego tuyo.
Con cariño tu ángel guardian, este viejo cascarrabias:
Arturo.



