Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
Para Margarita, abnegada.
Margarita Maza, mujer de Oaxaca.
Hay vidas que parecen haber sido escritas con la tinta invisible del sacrificio. No porque no haya memoria, sino porque durante siglos el brillo de la historia ha preferido enfocar un solo rostro —el del hombre que encarna la República— dejando a su costado, en una especie de penumbra sagrada, la figura de quien sostuvo el peso de la tragedia íntima y del deber público.
Hoy hablamos de Margarita Eustaquia Maza Parada, nacida sin el amparo de padres biológicos, entregada al azar y a la adopción de un joven de diecisiete años, don Antonio Maza, quien la acogió y le dio un apellido. Con ello se tejió el primer hilo de una vida que habría de estar marcada por la orfandad de origen, la entrega absoluta y el dolor callado.
Un matrimonio improbable
Cuando Margarita conoció a Benito Juárez, aquel indígena zapoteca que ya había sobrevivido al hambre, al exilio infantil y al rechazo social, él tenía 37 años, y ella apenas la juventud que no se sabe todavía quebrar. Juárez, hermano de Josefa —la cocinera de su propia casa—, se convirtió en su esposo en 1843. Comenzó entonces la construcción de un hogar de mujeres y esperanzas: Manuela, Felícitas, Margarita, Guadalupe y Soledad nacieron en un lapso breve, entre 1844 y 1850, como si la vida se apresurara a darles familia antes de arrebatarles también la inocencia.
Guadalupe, la pequeña, murió a los dos años, y Margarita decidió no seguir la costumbre de sepultar a los suyos dentro de un templo. Junto con su esposo, eligió el panteón civil, un acto simbólico que anticipaba las futuras batallas ideológicas de la Reforma.
Caminos de cárcel y destierro
En 1853 Juárez fue detenido en Etla, sin delito alguno, y confinado a Jalapa, Veracruz. Setenta y cinco días de encierro que terminaron con su traslado a la lúgubre prisión de San Juan de Ulúa. Fue entonces cuando Margarita, madre de niñas pequeñas, comprendió lo que significaba el compromiso con un hombre cuya vida pública lo llevaba directo al abismo: su esposo sería perseguido no por lo que hacía, sino por lo que representaba.
Cuando Juárez fue desterrado a Nueva Orleans, Margarita hizo lo que pocas mujeres de su tiempo hubieran hecho: viajar al extranjero para unirse a él, sostenerlo y esperar la caída de Santa Anna para regresar. Allí comenzó a forjarse la mujer de hierro envuelta en la piel más frágil.
Gobernador, magistrado, presidente… y perseguido
De vuelta en Oaxaca, Juárez fue gobernador (1856), luego magistrado de la Suprema Corte (1857), después ministro de Gobernación. Pero los golpes de Estado no esperan la calma doméstica. En 1858, perseguido, Juárez estableció su gobierno en Veracruz. Margarita tomó a sus hijas y atravesó la Sierra —hoy Sierra Juárez— a lomo de mulas, siguiendo a su esposo hacia el exilio político.
Un año más tarde, cuando Juárez expidió la Ley del Registro Civil, Margarita dio un gesto silencioso de modernidad: inscribió a su hija y obtuvo el primer acta de nacimiento civil. La historia suele recordar el acto del presidente; yo prefiero pensar en la madre que comprendió, antes que nadie, la dimensión de ese cambio.
Guerra, aguja e hilo
La Guerra de Reforma terminó, pero la invasión francesa abrió una nueva herida. Margarita, junto con otras mujeres, cosió ropa para el ejército liberal, 190 piezas de munición que devolverían cosidas, como si la aguja pudiera detener las balas. Cuando en 1862 el ejército invasor fue derrotado en Puebla, la alegría fue breve: a finales de ese año llegaron más de 17,000 soldados franceses, y Margarita pasó a trabajar en hospitales de sangre, cuidando cuerpos mutilados mientras su esposo luchaba por salvar la República.
En 1863, con los franceses ocupando la capital, Margarita abandonó la ciudad en una calesa tirada por mulas. En diciembre, separada de Juárez, recibió su carta: “No puedo estar tranquilo hasta que sepa que han llegado ustedes a Saltillo”. La pareja vivía la geografía de la guerra, un mapa de huida permanente.
La muerte de los hijos
El dolor de Margarita no vino solo con las balas. En 1865 murieron dos de sus hijos: José, de siete años, y Benjamín, el más pequeño. El golpe emocional fue insoportable. A Juárez le escribió una de las cartas más desgarradoras de la historia mexicana:
“…la falta de mis hijos me mata, desde que me levanto los tengo presentes y recordando sus padecimientos y culpándome siempre creyendo que yo tengo la culpa de que hayan muerto; este remordimiento me hace sufrir mucho y creo que me mata; no encuentro remedio y sólo me tranquiliza, por algunos momentos, que me he de morir y prefiero mil veces la muerte a la vida que tengo; me es insoportable sin ti y mis hijos; te acuerdas el miedo que tenía a la muerte, pues ahora es la única que me dará consuelo…”
Este no es un lamento doméstico: es la confesión de una mujer que cargó con la idea del fracaso materno en medio de una guerra que no había elegido.
Un baile y un vestido sencillo
En 1866, invitada a un baile por el presidente estadounidense Andrew Johnson, Margarita recibió reconocimientos públicos. Un periódico, el Herald, la describió “elegantemente vestida y con muchos brillantes”. Ella respondió a su esposo con pudor:
“…eso no es cierto, toda mi elegancia fue el vestido que me compraste en Monterrey y los aretes que me regalaste el día de mi santo… estando tú en el Paso con tantas miserias, que yo esté aquí gastando en lujos”.
El contraste es brutal: mientras la prensa inventaba lujos, Margarita vivía con la austeridad de quien no se permite la frivolidad en medio de la guerra.
El regreso y la despedida
Con la República restaurada en 1867, Margarita regresó a México. El pueblo, al verla, la recibió con un cariño silencioso, ese que no necesita discursos. Muchas veces ella, la mujer que había enterrado hijos y cargado en mulas sus pertenencias, no pudo contener las lágrimas.
Tres años más tarde enfermó gravemente. Pasó por una larga agonía y murió el 2 de enero de 1871, a los 44 años. Su funeral fue multitudinario; amigos de la familia cargaron el ataúd. No hubo tronos, no hubo coronas imperiales: solo el respeto profundo de un pueblo que había aprendido a querer a la esposa del presidente.
Más allá de Juárez
Hay quienes ven en Benito Juárez al más grande paladín de la República; hay quienes discuten su legado. Pero incluso quienes lo rechazan no pueden evitar mirar a Margarita con respeto. Porque ella representa algo que no depende de partidos ni ideologías: la entereza humana ante la adversidad.
Fue madre que perdió hijos, esposa de un hombre perseguido y preso, mujer que trabajó en hospitales de guerra y cosió uniformes, exiliada en Nueva Orleans y Nueva York, símbolo de la discreción en un tiempo de excesos.
Si Juárez representa la República, Margarita representa el costo emocional de la República. Fue el lado invisible de la Reforma, la mujer que lloró en silencio para que otros pudieran celebrar en público.
Un espejo de humanidad
¿Qué nos dice su vida? Que la historia no solo se hace con decretos, discursos y batallas, sino también con cartas escritas a mano en medio de la desesperación, con madres que entierran a sus hijos lejos de casa, con mujeres que cruzan montañas a lomo de mula.
Margarita no escribió leyes, pero con su ejemplo dio contenido humano a esas leyes. Cuando aceptó que sus hijas fueran inscritas en el registro civil, cuando eligió el panteón en lugar del templo, cuando asumió el duelo como algo íntimo y no ceremonial, hizo de la modernidad algo tangible.
Cierre
Hoy, mientras el bronce de Juárez sigue recibiendo flores o críticas, la figura de Margarita se erige como un recordatorio: no hay nación que se construya sin la entereza de quienes acompañan, cuidan y sostienen. Ella vivió con la sensación de culpa por la muerte de sus hijos y con el miedo —transformado en deseo— de morir para encontrar descanso. Y sin embargo, permaneció.
Su historia no es de gloria, sino de amor. Y el amor, a diferencia del poder, es lo que permanece cuando el tiempo ya ha borrado todas las fronteras.
— Subcapítulo: La propuesta
(Apunte diario sobre Letras Hipnóticas)
En el Paseo de la Reforma, arteria viva de la Ciudad de México, hubo un tiempo en que la figura de Cristóbal Colón señalaba un horizonte imaginado. Un horizonte que unos consideraron descubrimiento y otros invasión; que unos llamaron génesis y otros catástrofe. Las luchas intestinas y el combate ideológico, siempre hambrientos de símbolos, terminaron por retirar aquella estatua de bronce que vigilaba la glorieta que llevaba su nombre.
¿Que culpa tenía Colón? ¿Qué culpa tiene un hombre de haber existido en otra era, de haber sido usado por el tiempo como estandarte? Vaya usted a saber.
Hoy, sin embargo, se abre un espacio, un vacío simbólico en esa glorieta que parece un ojo sin pupila. Y aquí presentamos una propuesta: si hacer las paces con Colón resulta imposible, ¿por qué no reconciliarnos con la memoria de nuestras mujeres? ¿Por qué no elegir, en el mismo sitio, levantar una estatua de bronce dedicada a Margarita Maza de Juárez?
No una estatua fría, no una pieza para la vanidad, sino una metáfora de carne y lágrimas petrificada en metal: la mujer que lloró en silencio, la madre que entregó cinco hijos a la república, la esposa que cargó con el peso de una guerra que no había elegido.
La carta de Lincoln
En la Segunda Guerra Mundial, Hollywood filmó una película entera para salvar al último hijo de una madre: Rescatando al soldado Ryan. Y mucho antes, en la guerra de secesión de Estados Unidos, Abraham Lincoln escribió a una madre que lo había perdido todo. Su carta aún conmueve a quien la lee:
“Querida señora Bixby:
He sido informado en los archivos de la oficina de Adjunto General de que usted es la madre de cinco hijos que han muerto gloriosamente en el campo de batalla. Me siento incapaz de expresarle el consuelo que debería llevar este triste recuerdo a la República por la que murieron.
Rezo a nuestro Padre Celestial para que pueda aliviar el dolor de su duelo y dejarle sólo el recuerdo agradecido de los que dieron su vida por la libertad de nuestro país.
Muy sinceramente suyo,
Abraham Lincoln.”
Un presidente que se pronunció y marcó la vida de una nación.
¿Y nosotros?
¿Quién pronunció la palabra justa para Margarita? ¿Quién para esas madres que buscan en los desiertos de Chihuahua, para las que escarban en las fosas clandestinas con palas pequeñas y manos heridas? ¿Quién para la mujer taxista asesinada en Veracruz, para las que cargan fotografías deslavadas de hijos con tenis rotos y mochilas que ya nunca regresaron a casa?
México tiene sus propias cartas sin escribir, sus propios abrazos sin dar. Y Margarita es el rostro que puede representarlas a todas: no porque haya querido ser heroína, sino porque el dolor la hizo heroína.
La glorieta de la mujer olvidada
Imaginemos esa glorieta: un pedestal sin culpa ni disputa ideológica, con una mujer erguida pero no altiva, cargando en los brazos el vacío de sus hijos ausentes. Una estatua que llore sin lágrimas, hecha de bronce, no para la guerra ni para la conquista, sino para la memoria de quienes soportan la carga emocional de la República.

Porque si Benito Juárez es el bronce de la ley, Margarita debe ser el bronce de la ternura y el sacrificio. No la esposa del presidente, sino la mujer que, como tantas en este país, camina sola, entierra a sus muertos, cose uniformes de guerra, cruza montañas a lomo de mula y aun así se mantiene de pie.
Un bronce de Margarita sería también un bronce por todas: por las buscadoras de Sonora y Baja California, por las madres menonitas muertas en el desierto, por las mujeres que esperan autobuses de madrugada con la esperanza pegada a un bolso pequeño.
Un símbolo necesario
México necesita un símbolo de su dolor femenino transformado en dignidad. Necesita recordar que el precio de la República no fue solo batallas y decretos, sino lágrimas y ataúdes pequeños. Y Margarita, con su carta desesperada por la muerte de sus hijos, con su austeridad frente a la mentira de la prensa extranjera, con su capacidad de seguir cuando todo se había roto, es el emblema perfecto.
Proponemos entonces que en la ex glorieta de Colón se levante La estatua de Margarita, una mujer con el rostro vuelto al cielo, el corazón pesado, los brazos extendidos como quien abraza a los hijos que ya no están, con un manto que lleve grabados los nombres de todas las madres que han llorado por México.
Que el bronce no se pinte de triunfalismo, sino de luto y esperanza. Que no se trate de un monumento para la fotografía turística, sino de un espacio de silencio, un lugar donde una madre pueda dejar una flor, una cinta, una carta doblada.
Porque las naciones también necesitan llorar. Y tal vez, si un día alguien se detiene ante la estatua de Margarita y siente el nudo en la garganta, entonces la glorieta habrá recuperado su sentido: no el de descubrir mundos, sino el de recordar que el mundo que ya tenemos necesita amor y memoria.
URDIALES fundación de letras hipnóticas AC


