Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
—– Charlie el guerrero Agaporni.
Desde las seis de la mañana, antes de que el sol termine de abrir los ojos del mundo, un pequeño corazón emplumado se erige como centinela de la alegría. Mi lorito Charlie canta. No le interesan las falsedades ni las máscaras humanas; ignora las noticias envenenadas y las sombras de quienes habitan sus propias tinieblas. Canta porque ese es su destino y su manera de existir.
Pero hubo un día que la vida quiso probar su temple. La perra Laisha, con la fuerza del instinto, arremetió contra su jaula y, por un instante, pareció arrebatarle la vida. Charlie no voló a la copa de los árboles, no huyó del mundo ni del miedo: voló sobre la columna del pasillo, se posó, miró el horizonte y esperó el amanecer. Allí, sobre aquel pilar, dejó claro que su espíritu no se quiebra ante el caos.

Desde entonces, su jaula, reforzada con esmero, permanece siempre con la puerta abierta. Charlie la abre cada mañana, se asoma al universo y se permite ser libre. Va a la pecera y observa a los guppies, con quienes parece conversar en un lenguaje de ojos y destellos líquidos. Después vuela hacia el estanque donde vive Don Corleone, la tortuga centenaria —dos siglos guardados en su caparazón como un códice viviente del tiempo—, con quien charla, quizá telepáticamente, de las corrientes antiguas del mundo. Saluda también a las jóvenes tortugas de cien años, que escuchan en silencio ese intercambio que nosotros no alcanzamos a comprender.
Y, después de su travesía cotidiana, vuelve a su jaula, entra por voluntad propia y cierra su pequeña puerta. Ese acto es un poema silencioso: la libertad no se mide por la ausencia de barrotes, sino por el poder de elegir dónde y cómo habitar. Charlie canta porque es libre incluso dentro de su pequeña morada, y lo hace con la fuerza de quien no finge sonreír, sino que verdaderamente sonríe con cada nota.
Su vida enseña algo que el mundo suele olvidar: todos tenemos alguna forma de jaula, alguna circunstancia que parece limitarnos. Sin embargo, cada uno puede abrir la puerta y salir, aunque sea para conversar con los peces o con las tortugas de la eternidad, para luego regresar y encontrar el propio centro. Sonría siempre, sí, pero no con la sonrisa obligada de las fotografías, sino con la del alma que ha elegido ser feliz, como Charlie el lorito que se sabe vivo, libre y eterno en su canto.


