Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Por Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar
— Indians
“Redskins”, “Indians” y la melancolía del nombre perdido: una columna desde el centro del fuego
El nombre no es un simple ruido. Es el eco de una memoria.
Y el eco, a veces, sangra.
Una publicación reciente de Donald J. Trump, ex presidente de los Estados Unidos y eterno provocador del espíritu moderno, ha revuelto el pantano de las identidades. En su estilo acostumbrado —bélico, simplificador, incendiario— exige que el equipo de fútbol americano antes conocido como Washington Redskins recupere su viejo nombre. Alega que “nuestros grandes pueblos indios”, en “números masivos”, lo desean. Clama por el regreso de los nombres de antes: Redskins, Indians. Se duele de que les estén arrebatando “su herencia”.

Y aquí, en la penumbra de esta proclama, se enciende una pregunta legítima:
¿Tiene razón Trump?
La respuesta —como todo lo que ocurre en las tierras del alma— no cabe en un tuit ni en un grito. Requiere, como decía Octavio Paz, abrir el tiempo con palabras lentas.
I. La lengua como espejo de la herida
Durante décadas, equipos deportivos norteamericanos utilizaron nombres que evocaban pueblos originarios: Redskins, Indians, Braves, Chiefs, Seminoles. Para muchos fanáticos blancos —educados en una cultura sincrética y sin pudor histórico— esos nombres eran homenaje. Para otros, burla. Para muchos pueblos indígenas, en cambio, fueron emblemas coloniales tatuados en la frente del espectáculo.
La palabra “Redskins”, traducida literalmente como “Pieles Rojas”, tiene una historia espesa como un pantano. Fue usada en panfletos coloniales para referirse al precio pagado por los cueros cabelludos de los indígenas asesinados. Una palabra que huele a pólvora, a recompensa, a exterminio.
¿Puede un pueblo ver con orgullo su nombre convertido en mascota, su identidad encarnada en una botarga?
No es simple victimismo. Es memoria.

II. ¿Qué dicen los pueblos originarios?
Varios estudios y encuestas revelan una realidad fragmentada: hay nativos estadounidenses que no se ofenden por estos nombres, incluso algunos que los consideran parte de su orgullo cultural. Pero también hay muchas voces —de líderes tribales, intelectuales, activistas— que los consideran una forma de caricaturización y deshumanización. Como escribió el académico Cherokee Adrienne Keene: “No queremos ser tus mascotas. Queremos ser humanos.”
El movimiento por cambiar los nombres no surge de la corrección política sin raíces, sino de siglos de silencio acumulado. No es una moda. Es una fractura.
III. El caso Cleveland: los “Indians”
El equipo de béisbol de Cleveland eliminó el nombre “Indians” en 2022, tras años de protestas y debates. En su lugar, adoptaron el nombre Guardians, inspirado en estatuas art decó que flanquean un puente emblemático de la ciudad.
¿Y qué ocurrió?
Lo que siempre ocurre cuando muere un ídolo: nostalgia, rabia, negación. Algunos fanáticos se sintieron traicionados, como si les hubieran robado la infancia. Otros comprendieron que el tiempo también exige que seamos capaces de renombrar al mundo sin renunciar al juego.
IV. ¿Tiene razón Trump?
Trump habla en nombre de “los pueblos indios” sin ser uno. Habla con el pecho hinchado por una visión de nación que romantiza el pasado sin atender a sus gritos. Para él, el nombre es prestigio, no herida. Habla, en realidad, por el resentimiento de una mayoría blanca que siente que se le escapa el mundo que creía suyo. Confunde el símbolo con el alma.
Decir que “los indios quieren su nombre de vuelta” sin escuchar a los verdaderos representantes indígenas es otro acto de colonización simbólica. Hablar por el otro siempre ha sido una forma de silenciarlo.
V. Lo que queda del fuego
No se trata de borrar la historia, sino de contarla de nuevo. Un equipo no pierde su gloria por renombrarse. La memoria no está en las letras, sino en la pasión con que se juega. La palabra puede mutar sin traicionarse. Es más digno un nombre nuevo que no ofenda que un nombre viejo que duele.
Y si algún día una tribu desea usar su nombre como escudo deportivo, que lo haga por voluntad, no por folklore.
Porque el respeto no es censura. Es renacer en voz propia.
Porque renombrar al otro sin su permiso es otra forma de conquista.
Porque, como dijo el viejo sabio lakota: el silencio también habla, pero hay que saber escucharlo.
Letras Hipnóticas,
donde el verbo no grita, pero sangra.
Por Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar


