Dedicado todito a usted que trabaja con los cocos 🌴 🌴 🌴 🌴 🌴 🌴 🌴
Apunte diario sobre letras hipnóticas
Donde las palmeras sí dan cocos
Por Arturo David Vásquez Urdiales
I. Preludio vegetal: el alma vertical del trópico
Nadie olvida la sombra de una palmera. Crece recta hacia el cielo, como si supiera que allá arriba, donde el sol duele más, está el secreto de la vida. En las costas del mundo, las palmeras se han vuelto íconos sin patria, monumentos que no se esculpen, sino que nacen.
Pero no todas las palmeras son iguales.
Hay palmeras que dan coco: generosas, fecundas, símbolos de sustento, del agua dulce escondida en la dura cáscara del mundo. Y hay palmeras que no dan coco: altivas, estériles, ornamentales. Las primeras son madre, las segundas, adorno. Las primeras sobreviven ciclones, las otras se plantan en bulevares fríos para decorar nostalgias tropicales en ciudades que jamás conocieron la sal del mar.
Y así nace el sofisma de las palmeras sin coco: creer que se tiene la esencia, cuando solo se tiene la forma.
¿Qué es una palmera si no entrega fruto? ¿Qué es un símbolo si no nutre? ¿Qué sentido tiene coronar avenidas gélidas con la impostura de lo tropical? Esta es la crónica de las verdaderas palmeras, las que sí dan coco.
II. La familia de las palmeras: un linaje fósil, solar y sagrado
Las palmeras pertenecen a una sola familia botánica: la Arecaceae, también conocida como Palmae. Esta familia se compone de más de 181 géneros y alrededor de 2600 especies, muchas de las cuales son tan antiguas que podrían considerarse fósiles vivientes.
Sí, las palmeras son descendientes de linajes que ya existían en el Cretácico, cuando los dinosaurios aún dominaban la Tierra. Su existencia es un puente verde entre el tiempo antediluviano y el presente.
Existen cinco subfamilias principales:
- Arecoideae – incluye el cocotero (Cocos nucifera).
- Coryphoideae – abarca muchas de las palmas ornamentales.
- Calamoideae – incluye las palmas trepadoras como el ratán.
- Ceroxyloideae – palmas andinas de altura.
- Nypoideae – un grupo relicto con raíces en manglares.
Dentro de esta familia, Cocos nucifera es la reina solar. Es la palmera que da el coco, ese huevo cósmico que ha alimentado civilizaciones enteras, fuente de agua, aceite, fibra y carne blanca como la luna. Las demás, aunque bellas, no portan en su vientre el milagro de un alimento completo.
III. El coco: fruto de los dioses, útero de agua
El coco no es solo fruto, es arca. Su forma esférica evoca el vientre de la Tierra y su contenido es agua pura, sellada al vacío por la corteza más resistente del reino vegetal.
De ahí que en muchas culturas sea símbolo de la vida contenida, de la gracia en el exilio, del tesoro escondido en lo áspero.
En la Polinesia, en la India, en África, el coco ha sido alimento, medicina, bálsamo, moneda, mito. Su capacidad de flotar y germinar a miles de kilómetros hizo del cocotero un sembrador de orillas, un navegante sin velas que colonizó archipiélagos antes que el hombre. Su raíz se alimenta de sal, y aún así ofrece dulzura. ¿Qué otro fruto tan noble conoce el corazón de los trópicos?
IV. El sofisma de las palmeras sin fruto
En París, Berlín o Nueva York, hay avenidas enteras que han decidido coronarse con palmeras estériles, importadas y amaestradas para resistir el invierno con calefacción subterránea y cuidados que la naturaleza jamás concedería. Esas palmeras no dan sombra real ni fruto que alimente.
Y sin embargo, allí están: símbolo plástico de una exuberancia ajena. Son el eco de una idea, no su esencia.
Este fenómeno puede trasladarse al alma humana: ¿de qué sirve sostener la forma si se ha perdido el contenido? ¿No vivimos en una era de palmeras sin coco? Rostros perfectos sin sabiduría, discursos pomposos sin verdad, credos sin fe, repúblicas sin justicia.
La palmera que no da coco es el símbolo del simulacro. Es el tótem de lo vacío. Y sin embargo, hay quienes las prefieren, por su estética, por su orden, por su docilidad.

V. El símbolo y el sueño
La palmera que da coco es un árbol total. Sus hojas sirven para techar chozas. Su tronco es madero y tambor. Su savia, dulce. Su fruto, alimento. En muchas lenguas se le llama el árbol de la vida. No hay parte inútil en ella. Se podría vivir una vida entera de lo que da una palmera verdadera.
En cambio, las palmeras que adornan centros comerciales o estaciones de trenes fríos son como castillos de cartón piedra: simulan grandeza, pero nada nutren.
¿No será ese el dilema de nuestra civilización? Queremos símbolos sin responsabilidad, belleza sin utilidad, sombra sin raíz.
VI. Poética botánica: la palmera en la literatura y el alma
Desde tiempos antiguos, las palmas han sido emblema de victoria, eternidad y rectitud. En la Biblia, se alude a la palmera como símbolo de los justos:
“El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano.”
(Salmo 92:12)
En los mosaicos romanos, en las pinturas hindúes, en las profecías árabes, la palma es siempre sagrada.
En la poesía de Rubén Darío o en los cantos afroantillanos, la palmera es amante, testigo, tambor. En los boleros cubanos, “bajo la sombra de una palma” es donde el amor se confiesa.
El alma poética de la palmera es la de un ser que se inclina pero no se rompe. Que baila con el huracán y aún así mantiene su raíz firme. Es el símbolo de la resiliencia tropical, del alma que no se congela ni ante el desprecio del clima.
VII. Climas fríos, árboles tristes
En climas fríos, la naturaleza no miente. Las palmas no crecen. Pero el hombre insiste. Las importa, las entierra, las adorna, las calienta. Como si pudieran sustituir el espíritu de su tierra por una foto del trópico.
Lo mismo hace con sus valores: importa modelos democráticos sin justicia, modelos económicos sin solidaridad, religiones sin compasión.
Y así, la palmera sin coco se convierte en el símbolo más trágico del siglo XXI: una belleza que no sirve, un monumento que no alimenta, una esperanza artificial.
VIII. Epílogo de la semilla luminosa
Plantar una palmera que sí da coco es un acto revolucionario. Significa abrazar el fruto, aceptar el calor, vivir del sudor de lo que nutre. Significa desear la abundancia real, no la postal.
En este mundo que cada día se aleja más de la raíz, la palmera cocotera nos recuerda que todavía hay árboles que lo dan todo, sin pedir nada.
Que aún existen linajes enteros cuya razón de ser es alimentar, sanar, cantar al sol, y resistir el viento.
Y que en medio del desierto de símbolos vacíos, el coco sigue cayendo como un milagro cotidiano, ofreciendo su leche blanca como si fuera el último aliento de la Tierra.
El alma también necesita palmeras verdaderas, no sombras frías de algo que alguna vez fue fecundo. Por eso, lector, planta donde puedas una que sí dé coco. Y cuídala como a la memoria viva del mundo.
— Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención y felices días cocoteros©®


