Apunte diario sobre letras hipnóticas
“Vitelio: el poder tragado por su propia gula”
Por el Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
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I. El año del caos
En el calendario de los infiernos políticos, pocos años han sido tan turbulentos como el 69 d.C., conocido por la posteridad como el Año de los Cuatro Emperadores. En apenas doce meses, Roma presenció la ascensión y caída de Galba, Otón, Vitelio y, finalmente, Vespasiano. Fue un tiempo sin certeza ni brújula, en el que las legiones decidían el rumbo del Imperio, y la sangre reemplazó a las leyes.
En medio de esa tormenta apareció Aulo Vitelio, proclamado emperador por las legiones del Rin no por méritos, ni por visión de Estado, sino por su carácter complaciente y su habilidad para sobornar a los soldados con banquetes, promesas y libertades sin freno.
Roma, herida por las locuras de Nerón, no encontraba aún su redención. Y Vitelio, en vez de ser un bálsamo, fue la gangrena que siguió a la peste.
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II. El hombre sin virtud
Vitelio había nacido en el año 15 d.C. en una familia ecuestre de buena posición, hijo de un procónsul respetable. Fue cortesano bajo Calígula, adulador bajo Claudio, y complaciente bajo Nerón. Su carrera avanzó no por su inteligencia ni su ética, sino por su capacidad para congraciarse con los poderosos.
Cuando Otón se quitó la vida tras su derrota en la batalla de Bedriacum, Vitelio entró triunfal en Roma. Pero el esplendor fue inmediato y su ruina, inminente. Desde el inicio, confundió el gobierno con una orgía de excesos.
Era un hombre corpulento, de salud dudosa, entregado por completo a los placeres de la mesa. Según Suetonio, llegaba a comer cuatro o cinco veces al día, provocándose el vómito para seguir comiendo, repitiendo cenas de miles de sestercios y diseñando platos grotescos como el célebre escudo de Minerva, compuesto por cerebros de aves exóticas, hígados de peces y lenguas de flamencos.
Sus cenas, más que banquetes, eran espectáculos de dispendio. No se trataba solo de satisfacer el paladar, sino de exhibir el poder con la arrogancia del hambre imperial.
Mientras tanto, las provincias se rebelaban, el tesoro se vaciaba, y los ejércitos juraban fidelidad a otros señores.
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III. Un poder sin gobierno
Vitelio no gobernaba: delegaba, improvisaba y castigaba. Se rodeó de aduladores, libertos y antiguos esclavos que dominaban las decisiones imperiales como si fueran capataces de una villa decadente. Los hombres de Estado eran ignorados o destituidos. Los senadores le temían. Los enemigos políticos eran ejecutados sin juicio. El pueblo se volvió espectador impotente del saqueo y la impunidad.
Mientras el Imperio tambaleaba, Vespasiano, comandante de las legiones en Judea, fue proclamado emperador por sus tropas. Su campaña fue metódica. Marchó hacia Italia con fuerza y legitimidad. Y lo que hizo Vitelio fue revelador: no luchó, no se preparó, no gobernó. Siguió cenando.
El trono romano se convirtió en su último lecho de embriaguez.

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IV. La caída de un bufón coronado
Cuando las tropas de Vespasiano tomaron Roma a finales del 69, Vitelio trató de abdicar, ofreció entregar el poder a cambio de su vida, pero ni siquiera supo ejecutar su propia retirada.
Fue traicionado, hallado escondido en una casucha, arrastrado por las calles de Roma con una cuerda al cuello. Vestido con harapos, despojado de dignidad, fue conducido al Foro, donde la multitud lo golpeó, le escupió el rostro, lo insultó como él había insultado a Roma.
No hubo juicio. No hubo perdón.
En la Escalera Gemonia, lugar reservado a los criminales más abyectos, fue asesinado lentamente a cuchilladas. Su cuerpo, aún palpitante, fue arrastrado hasta el río Tíber, donde lo arrojaron como a un desecho.
Tenía 54 años.
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V. La advertencia del tiempo
Vitelio no dejó herederos, ni construyó obras, ni escribió historia. Su memoria fue la del bufón que osó ceñirse la corona, del glotón que creyó que gobernar era saciar el vientre. De él no queda sino la vergüenza.
“Murió como vivió: sin honor, sin virtud, sin propósito”, escribió Tácito con precisión.
Y Suetonio, con menos piedad, lo describió como “una bestia saciada de sí misma”.
VI. El eco en el presente
Querido lector, es hora de replegar la crítica política hacia el espejo interior, sin perder un gramo de fuerza ni de verdad. Así, en la conducta cotidiana podemos conservar el poder filosófico y simbólico, pero ahora transformemos la crítica exterior en una meditación universal —innegable por cualquier censor, ineludible para cualquier conciencia.–
Reflexión personal y autocrítica colectiva:
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VI. El espejo del estómago y del alma
Hay algo de Vitelio en todos nosotros. Un rincón que anhela el exceso, la aprobación fácil, la mesa colmada mientras otros ayunan en silencio (o a la fuerza).
Desafiar a los más débiles, hacer del poder un instrumento para resolver frustraciones personales —como quitarle a un niño la patria que por nacimiento le pertenece— es, al final, un acto de hambre mal dirigida.
Y es allí donde debe comenzar la reflexión.
No en el Vitelio de la historia, sino en el pequeño Vitelio que puede habitar nuestros gestos cotidianos:
en la ironía que humilla,
en la comida que sobra,
en el grito que impone,
en la copa que no se detiene,
en el corazón endurecido por el éxito,
en la lengua que degusta cerebros mientras otros mastican desesperanza, (o miseria: humana, intelectual, material).
No siempre necesitamos un tirano externo para vivir oprimidos. A veces basta con no detener nuestros propios excesos.
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VII. Aniquilar al Vitelio que llevamos dentro
Es fácil burlarse de los dictadores del pasado. Más difícil es reconocer cuánta tiranía puede caber en un alma ordinaria. Porque hay quien vive como emperador en su casa: – Miles de pequeños emperadores- que deciden quién come, quién calla, quién vale, con un apetito insaciable.
Aquí no me refiero a la mesa displiciente, sino, quizá, a la conducta de quienes pueden destrozar a los demás con la ironía, la burla, el desdén, el despotismo, la grosería. No solo eres el glotón de la mesa, puedes ser el despiadado de las redes o de la lengua. El huérfano de la piedad y entonces puedes ser un Gran Vitelio.
Hasta tiene nombre de camioneta carísima de gran gama: Gran Vitelio.
No. La humanidad siempre te convocará a su origen. La gentileza y la humildad: homo in nomini homo ( “homo in nomini homo”: Calamandrei).
Hay quien convierte su pequeño poder —una oficina, un micrófono, un escritorio, una red social— en el escudo de Minerva donde sacrifica el alma de los demás.
Y no se trata de política. Se trata de humanidad.
Aniquilar al Vitelio que llevamos dentro es un acto de higiene moral.
Es vaciar el ego que engorda,
es dejar de usar la vida como plato de banquetes ajenos.
Y no me refiero a la acumulación de la riqueza o de un escaño “social” mal entendido. Me refiero a tu alma y tu conducta. Ahí hay que extirpar a ese pequeño Vitelio mal portado.
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Vitelio, en efecto, murió sin tumba, sin epitafio, sin canción.
Y sin embargo, vive cada vez que permitimos que el exceso reine sobre la compasión, o el ego sobre la ternura.
Destruirlo —en nosotros, no en otros—
es quizás la más alta forma de redención.
Urdiales fundación de letras hipnóticas AC ©® quienes les invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.


