🌀 Apunte Diario sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

— Poemas Místicos y del Alma.

I. Introducción: Irma Pineda Santiago y la flor que no se deja arrancar.

En el cruce entre la voz antigua del viento istmeño y la reverberación del verbo poético más consciente, se alza la figura de Irma Pineda Santiago, poeta zapoteca nacida en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, en 1974. No es una poeta cualquiera: es una heredera de la lengua diidxazá, también conocida como zapoteco del Istmo, y a la vez una artífice del puente entre esa lengua de la tierra y el español, ese idioma que llegó con espada pero se quedó con la necesidad de redención.

Su obra nace marcada por la desaparición de su padre, el profesor Víctor Yodo, víctima de la represión política en los años setenta. Desde entonces, su palabra no ha sido sólo palabra: ha sido testimonio, huella, llanto, grito y rezo. Irma Pineda no escribe desde el silencio, sino desde el dolor que aprendió a hablar.

Es autora de más de diez libros bilingües y ha sido editada tanto en México como en el extranjero. Representó a México en el Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas (ONU) desde 2020, llevando el estandarte de los pueblos originarios al corazón de la política internacional.

La obra de la que hoy nos ocupamos, “La flor que se llevó” (Pluralia Ediciones, 2013), no es sólo una antología de poemas, sino un ritual. En ella se entrelazan dos lenguas, dos almas, dos memorias: la colectiva (de un pueblo dolido pero vivo) y la íntima (de una hija que escribe con los huesos del ausente). El título es una ofrenda a lo que el viento no puede llevarse del todo: el recuerdo, la raíz, la palabra.

En sus versos vibra la historia de los pueblos oprimidos, el reclamo de los desaparecidos, la sangre no llorada, la justicia no cumplida, y el cuerpo que vuelve —aunque sea en sueños— a exigir memoria. Pero también germina la esperanza, el deseo, la resiliencia, el erotismo que sana y reconstruye el cuerpo roto por la violencia.

Este poema que analizamos, dividido en su forma natural —primero en zapoteco, luego en español—, no es una traducción. Es una doble ofrenda. Como quien habla con dos voces al mismo tiempo. Una, la de los abuelos que enseñaron a pronunciar el mundo. Otra, la del mestizaje inevitable que ahora intenta entenderlo.

El resultado es poesía que duele y al mismo tiempo consuela, que nombra a los muertos y también los hace regresar, que recuerda con la lengua de los dioses pero también con la lengua del conquistador, redimida por la poesía.

Así, Irma Pineda se une —desde el sur de México y desde el corazón de la poesía indígena— a las grandes voces del mundo: las que no sólo escriben, sino que custodian la verdad de los pueblos con la tinta viva de la memoria.

Este es un poema que a su servidor, en particular, le ha gustado mucho.

I. Introducción: Lengua, raíz y voz

Desde las arcillas del Istmo y las aulas venerables de Salamanca, resuena un poema que es herida y canto, lengua madre y espada de luz. Irma Pineda Santiago, poeta zapoteca de alto linaje literario, entrega con voz firme este fragmento de su libro La flor que se llevó, una obra escrita con tinta de duelo y esperanza, de memoria y advertencia.

Este poema no habla: invoca. No describe: reclama. Se planta con la dignidad de un canto ceremonial en diidxazá —la lengua zapoteca del Istmo— y luego se ofrece en español, como si lo que fue pronunciado en secreto necesitara también quemar en la lengua del invasor transformado.

Aquí no hay traducción, sino transfiguración. El poema se reencarna, no se repite. Y lo hace con el poder de lo sagrado.

Ofrezco, entonces, este apunte en honor a la poesía como arma, como semilla, como bálsamo y como clamor.

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II. Transcripción precisa en zapoteco del Istmo

Biiya chaahui’ ngui’ naculu’ lari beenda’
Biiya chaahui’ dxu’
gupa ndaani’ iquelu’ ca banda’ biaani’ ni qui nibeelu’
sti’ ca binni nexhe’ lu gubidxa
sicasi ñacaca yuze biniti lu neza
Binmilidxidu laacabe
ne ziuu dxi ziasacabe
lade ca gue’tu’ ca
ne zabiguetacabe ra nuulu’
ti guchacabe lulu’ na’ ni bigá
guebeyani ni gucaná
dxitacue’ ni guche
yuubaïque ni bixii
ne layú ni biuu gudxa ne xpacandacabe

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III. Transcripción precisa en español (como aparece en el libro)

Mira bien hombre disfrazado de serpiente
Mira bien soldado
guarda en tu memoria las fotografías que no tomaste
de los cuerpos tendidos al sol
como reses perdidas en los caminos
Son nuestros padres
los que un día se levantarán
de entre los muertos
y volverán a ti
para reclamarte los brazos mutilados
las gargantas laceradas
las costillas rotas
los sesos derramados
y la tierra regada con sus sueños

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IV. Análisis literario: la invocación como forma de justicia

Desde la primera línea, “Biiya chaahui’” / “Mira bien”, el poema exige una atención que no es visual, sino moral. Este mirar no es contemplación, sino juicio. Como un oráculo que despierta a los dioses antiguos, Irma Pineda dirige su palabra a dos figuras simbólicas: el hombre disfrazado de serpiente —el que miente, el que manipula, el que devora— y el soldado, figura del poder obediente, del ejecutor sin rostro.

El poema en zapoteco posee una cadencia oral, ritual. No es lectura de biblioteca: es lectura de fogón, de consejo comunal, de ceremonia ancestral. Cada apóstrofe en la lengua madre no es fonema: es memoria hablada. En diidxazá, el tiempo no es lineal, y así ocurre con el poema: los muertos no están atrás, están esperando su regreso.

Cuando llega el poema en español, la voz cambia de tono pero no de fuerza. Se vuelve fuego que arde en palabras conocidas. No suaviza, no explica, no decora. Denuncia.

Las imágenes —“los cuerpos tendidos al sol”, “las costillas rotas”, “los sesos derramados”— son brutales, directas, sin atenuantes. Es una elegía sin perfume. El poema no se enreda en metáforas bucólicas: muestra la sangre, la fractura, la injusticia.

Y en su centro, una frase que todo lo resignifica:

“Son nuestros padres”

Es decir: no son los otros. Son nosotros. Los que murieron no están muertos, están esperando levantarse. El poema afirma —con una fe que no es religiosa sino ancestral— que habrá regreso. Pero no para redención: para reclamación.

En ese momento el poema se vuelve profético. Una especie de Dies Irae indígena.


V. El poder doble de la lengua

Aquí, la poesía funciona como reparación de una doble herida: la de la muerte injusta y la del olvido lingüístico. El uso del zapoteco no es un gesto identitario: es una afirmación del alma. Pineda no está escribiendo en zapoteco: está soñando en zapoteco, y luego nos entrega la visión en español.

La traducción, insisto, no es literal. Es litúrgica. Se trata de una poética del alma que viaja de una lengua a otra como un espíritu que cambia de cuerpo pero no de esencia.


VI. Conclusión: la tierra no olvida

Este poema es un conjuro contra la desmemoria. Un acto político sin panfleto. Un manifiesto sin eslogan. Y, por sobre todo, una oración indígena, lanzada al viento como las semillas que no esperan flor inmediata, sino eternidad en el surco.

Desde el Istmo hasta Salamanca, desde el silencio hasta la palabra, desde el dolor hasta la poesía, esta obra de Irma Pineda es una flecha que no se detiene hasta dar en el corazón del que calla.

Que la flor que se llevó el viento…
regrese hecha raíz.

Con gusto les he de dejar por aquí una pequeña prosa poética:

🌀 Oda final a la interculturalidad

(Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales)

Madre Tierra y Gran Incógnita

Oh tú,
lengua que no moriste,
aunque te arrastraron con cadenas al silencio,
te alzaste en los labios de una mujer
como se alza el maíz en la milpa que recuerda
cada trueno de sus abuelos.

Tú, lengua antigua,
no eres ruina ni fósil,
sino canto que fermenta en dos vasijas:
una de barro istmeño,
otra de papel con tilde y tilín de Castilla.

Interculturalidad:
no eres mezcla,
sino encuentro de fuegos.
No eres folclor,
sino sístole y diástole de mundos que se reconocen
en sus cicatrices.

Eres el abrazo
donde la palabra que resistió la conquista
y la palabra que la impuso
se sientan juntas,
a llorar por los ausentes,
a recordar los nombres verdaderos de las cosas,
a resembrar la flor que se llevó el viento
pero no la raíz.

Eres la voz bilingüe
que no traduce, sino transfigura.
La poesía que no explica, sino exhuma.
La justicia que no grita, sino canta
con lenguas de obsidiana y alfabeto.

Porque no hay muerte más honda
que olvidar la lengua del alma,
y no hay resurrección más gloriosa
que ver al castellano y al diidxazá
tejiendo juntos un poema
para que el mundo no se duerma jamás.

¡Oh flor múltiple,
flor palabra,
flor madre que no se deja llevar!
Aquí estás.
Aquí estamos.
Aquí seguimos:
hablando en las lenguas de todos nuestros muertos
para que mañana hablen los vivos.


🌀
Y que así florezca, cada día, el verbo en su forma más hipnótica.

El mundo y Juchitán, en un mismo temblor del alma.

–––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––A los momentos infernales que padece hoy mi hermana ciudad de Juchitán y mi querido Istmo de Tehuantepec:

Arturo.

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