🌀 Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
✍🏻 Por Arturo David Vásquez Urdiales.
“El caso Gregorio Cárdenas: El estrangulador de Tacuba o la redención en la celda del alma”
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I. Introducción: Una sombra bajo el sol del México que se fue
En una casa modesta de la calle Mar del Norte núm. 20, en la Colonia Tacuba —cuando aún se escuchaban las campanas de la Basílica vieja y el silbido de los trenes hacia Buenavista—, cuatro tumbas improvisadas dormitaban bajo tierra. No había cruces, ni epitafios, ni plegarias. Solo tierra, y debajo, silencio. Así comenzó uno de los capítulos más insólitos, abismales y contradictorios del México del siglo XX: el caso de Gregorio “Goyo” Cárdenas Hernández.
Un joven estudiante de química, de modales finos y discurso elegante, se convirtió en asesino múltiple entre el 15 de agosto y el 2 de septiembre de 1942. Las víctimas: cuatro mujeres estranguladas y sepultadas en su propio hogar. Pero esta no es la historia de un monstruo sin alma, sino el espejo fragmentado de un sistema penal, de un país que oscilaba entre el castigo y la redención, entre el morbo y la compasión, entre la justicia y el espectáculo.
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II. Reseña histórica: Entre el crimen y el mito
El 8 de septiembre de 1942 fue detenido. México ardía en rumores. Un joven apuesto, que hablaba de Freud y de química orgánica, confesaba crímenes con frialdad quirúrgica. La prensa de la época lo convirtió en un emblema del mal moderno, en el hijo enfermo de la ciudad que crecía sin alma. Lo internaron en La Castañeda, el manicomio nacional por antonomasia, y ahí —como en una novela de Dostoievski escrita en Nahuatl—, no se volvió loco, sino psiquiatra.
Poco después, protagonizó una fuga navideña rumbo a Oaxaca, junto con otro interno, como si la enfermedad mental tuviera calendario de vacaciones. “No me escapé, me fui de asueto”, diría con elocuencia tan absurda como real.
Capturado nuevamente, sería trasladado al Palacio Negro de Lecumberri en diciembre de 1948, donde pasaría casi tres décadas. Pero aquí empieza la segunda historia: la del Goyo abogado, redentor, escritor, tendero, padre de familia. ¿Era todo eso posible en la misma carne que había sofocado cuatro vidas?
En 1976, tras 34 años en prisión, fue indultado. El Congreso de la Unión lo ovacionó. México lo vio subir al estrado con toga y verbo. El asesino de cuatro mujeres fue presentado como ejemplo de readaptación. La paradoja se volvió rito nacional.
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III. Estudio psicológico: El asesino autodidacta y la doble conciencia

Gregorio Cárdenas representa un caso clínico sin paralelo. No sólo por su personalidad narcisista disfrazada de brillantez, sino por su capacidad de adaptación y mimetismo social. La mayoría de los psiquiatras que lo evaluaron lo diagnosticaron con trastorno esquizoide y posible psicopatía, pero con altas capacidades cognitivas.
Su capacidad de aprendizaje —se aprendió el código penal de memoria—, su uso del lenguaje, su inteligencia emocional (limitada pero efectiva en ambientes carcelarios) y su habilidad para manipular tanto a jueces como a internos, lo convierten en una figura inquietante. Era tanto el criminal como el abogado defensor. El paciente como el terapeuta. El asesino como el salvador de otros presos.
La prisión, lejos de quebrarlo, lo reveló. La jaula no encerró a un animal, sino que incubó una criatura diferente. Y quizá, más peligrosa.
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IV. Estudio jurídico: ¿Redención o circo de Estado?
Desde el punto de vista del derecho penal contemporáneo, el caso Goyo Cárdenas desafía la teoría de la pena. ¿Cuál fue el verdadero objetivo del castigo? ¿La reinserción, la contención, o el ejemplo político?
El Estado mexicano, al indultar a un asesino múltiple y elevarlo como figura ejemplar, incurrió en una teatralización jurídica. Se trató más de una narrativa institucional que de un proceso genuino de justicia restaurativa. ¿Qué mensaje se envió a las víctimas, al país, al derecho?
Que bastaba con estudiar derecho, escribir una revista, y vender abarrotes para limpiar la memoria de cuatro vidas enterradas sin justicia. Que el monstruo también podía tener toga.
Pero hay que decirlo: Goyo no escapó al derecho, sino que se mimetizó con él. Se volvió la ley desde dentro. Y ese es su triunfo y nuestro fracaso.
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V. Estudio espiritual: ¿Puede el alma florecer entre muros?
Aquí no hay dogma que responda con certeza. ¿Puede el alma del asesino regenerarse? ¿Puede la inteligencia volverse redención? ¿Puede un hombre —aunque sea uno solo— purgar su condena a través de la palabra?
Quizá el único juez en esta historia es el silencio. El que aún pesa sobre las cuatro tumbas sin nombre. El que aún cuelga sobre la calle Mar del Norte. El que aún flota en los archivos del Congreso de la Unión.
Gregorio Cárdenas fue muchas cosas: asesino, preso, doctor, abogado, esposo, padre, cronista, héroe de los pasillos grises de Lecumberri. Pero nunca, quizás, fue perdonado del todo. Ni por el país. Ni por sus víctimas. Ni por Dios.
Y sin embargo, fue —como dijo alguna vez al micrófono— “un hombre nuevo”. ¿Se puede renacer después del infierno?
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VI. Epílogo: El Goyo y el México que se fue
El México que aplaudió a Goyo Cárdenas en el Congreso es el mismo que enterró bajo la alfombra los nombres de las mujeres que murieron a sus manos. Es el mismo México que confunde redención con espectáculo, y pedagogía carcelaria con expiación absoluta.
Pero también es el México que guarda, en su entraña, una obsesión por la dualidad: el santo y el bandido, el preso y el profeta, el asesino y el abogado.
Y es que Goyo no fue solo un hombre. Fue una metáfora. Un país que se estranguló a sí mismo, lo enterró en su patio, y luego le puso toga, aplauso y un indulto firmado.
“Y el alma no muere entre barrotes,” escribió alguna vez en su revista. Tal vez. Pero tampoco las memorias que claman desde la tierra.
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Imagen sugerida:
Un retrato simbólico: Gregorio Cárdenas en el patio de Lecumberri, vestido de toga, con los barrotes fundiéndose en bibliotecas. Detrás de él, cuatro sombras femeninas se proyectan sobre el muro. La luz no llega al suelo. Solo al rostro.
Una flor crece entre las grietas de piedra. Pero el eco del crimen aún late en el aire.
Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC ©® quienes les invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor, llenitito de buenos lectores agradezco mucho su atención.


