Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo David Vásquez Urdiales
“La vida es un ángel a la medida”
Hoy el día se abrió como una flor que sabe que será efímera,
y en su breve esplendor contiene toda la eternidad.
Escribí mi columna al alba,
con la tinta aún tibia del sueño,
y las palabras se dejaron caer como hojas de jacaranda,
mientras el mundo aún bostezaba en silencio.
Leí con fervor antiguo, como quien busca
no solo sabiduría,
sino consuelo,
como quien abre un libro esperando
que una sola frase le responda
todas las preguntas que aún no se ha atrevido a pronunciar.
Estudié sobre los ángeles.
No con la frialdad de un teólogo,
sino con la esperanza de un niño
que quiere saber si su amigo invisible
tiene alas de verdad.
Y comprendí —más allá del dogma y el catecismo—
que las tareas más sencillas,
esas que el mundo llama pequeñas,
son, en verdad, oraciones sin palabras:
lavar un vaso, barrer una esquina,
acomodar los libros por color o por memoria,
tocar con un dedo la vida,
y dejarse tocar por ella.
Observé, con la atención de los antiguos sabios,
a unas aves que jugaban con el viento,
a unos bichitos voladores que danzan sin partitura,
a los rayos que desgarran el cielo como versos impacientes,
y a las gotas de lluvia que no son todas iguales:

las gordas, que suenan como verdades;
las medianas, que nos enseñan constancia;
y las chiquitas,
que son las que realmente ponen a prueba nuestros límites.
Porque la vida —como la lluvia—
no cae para hacernos daño,
sino para recordarnos
que todo lo que nos moja,
también nos despierta.
Así llegué a la noche.
A esa oscuridad que no da miedo,
porque en ella también estoy yo,
y tú,
y ese otro que aún no hemos conocido,
pero que también camina bajo las estrellas.
En el trayecto hablé con gente amable,
de esas que no traen respuestas,
pero cuya sonrisa basta
para que uno entienda que la vida
es hermosa y breve,
y que entre más breve,
más hermosa,
como un relámpago que enciende todo por un segundo
y luego desaparece,
dejándonos un poco más vivos.
Por eso hoy creo —sin ironía ni duda—
que la vida es un ángel a la medida,
una comedia celestial
con risas que se mezclan con truenos,
y silencios que susurran revelaciones.
Y esa comedia feliz,
tiene magia.
Y esa magia eres tú.
Y soy yo.
Como las mandarinas,
que son sol disfrazado de fruta,
como las frutas,
que son la promesa del Edén
cada vez que las partimos con las manos.
Porque en este mundo,
aunque parezca lo contrario,
no estamos solos.
Y aunque el camino sea terrenal,
el buen Dios nos ha dado compañía:
un Ángel de la Guarda,
que a veces tiene forma de madre,
de amigo,
de palabra amable,
de bichito que se posa en nuestra mano sin miedo.
Y en ese bichito —sí, justo en ese—
vi al buen Dios.
Como un relámpago breve.
Como una nota olvidada que regresa al piano.
Como el eco de una risa en medio de la tormenta.
Como tú.
Como yo.
Como todo lo que vale la pena vivir.


